Europa, ¿hacia una Federación? (II): nuestros tiempos críticos

por Óliver Soto Sainz

 

“No niego que los Estados Unidos de Europa son una de las fantasías más módicas que existen, y no me hago solidario de lo que otros han pensado bajo estos signos verbales. Mas, por otra parte, es sumamente improbable que una sociedad, una colectividad tan madura como la que ya forman los pueblos europeos, no ande cerca de crearse su artefacto estatal mediante el cual formalice el ejercicio del poder público europeo ya existente. No es, pues, debilidad ante las solicitaciones de la fantasía ni propensión a un «idealismo» que detesto, y contra el cual he combatido toda mi vida, lo que me lleva a pensar así. Ha sido el realismo histórico el que me ha enseñado a ver que la unidad de Europa como sociedad no es un «ideal», sino un hecho y de muy vieja cotidianidad. Ahora bien: una vez que se ha visto esto, la probabilidad de un Estado general europeo se impone necesariamente. La ocasión que lleve súbitamente a término el proceso puede ser cualquiera: por ejemplo, la coleta de un chino que asome por los Urales o bien una sacudida del gran magma islámico.”

 

Comúnmente, una crisis es considerada como el momento en que la economía o la política comienzan a declinar. Sin embargo, los momentos críticos son aquellos en los que el futuro está en juego, el punto de inflexión en el que cambia la tendencia. Esta vez no fue, como sugiere Ortega, una amenaza militar china o un levantamiento islámico. Esta vez se trataba de una crisis económica, producto de los fallos en nuestros sistemas de vigilancia, de nuestra falta de control democrático. La crisis nos ha hecho conscientes de las debilidades de la construcción europea. Considerando que la crisis puede ser el principio del fin, este caso particular también puede ser el comienzo de un futuro nuevo y prometedor. Es ahora que Europa afronta sus tiempos críticos, en los que debe por fin invertir las tendencias. Y esto pasa por un replanteamiento del proyecto político y una asunción de que más Europa o una Unión Política no puede significar en este contexto otra cosa que una Federación, hacia la que hay que poner urgentemente los medios necesarios si no queremos perder el pulso de los tiempos.

La escasez de recursos saca lo peor de la gente. En las últimas  elecciones finlandesas el papel en la Unión Europea se ha cuestionado más que nunca. En las elecciones alemanas el debate por la cancillería incluyó un amplio contenido sobre Europa y no son pocas las voces que presionan, desde el amarillismo mediático, por una solución alemana a la crisis. En Reino Unido la maniobra de Cameron corre el riesgo de estallarle en las narices. El  populismo euroescéptico, hasta la fecha, se ha aprovechado de la situación con el rescate de algunas economías del Sur para inflar ánimos para desintegrar la Unión sin pararse a pensar si quiera en los efectos que esto puede tener. A primera vista, su discurso parece convincente: «si no pagan y no son competitivos, ¿por qué debemos sacar de apuros a los países que pagan menos impuestos?»

El problema de Europa viene por tratar de resolver temas complejos de forma independiente el uno del otro sin que podamos ver la imagen completa, que es la que siempre hemos intentado detallar desde el federalismo europeo. Es esa gran imagen de la que hemos carecido. Así, los rescates han pasado más como medidas de caridad que como una política europea. Es cierto que el rescate es una transferencia directa de renta de unos países a otros, pero también es cierto que el dinero no se da de forma gratuita, sino con un rendimiento esperado. De hecho, una gran parte del dinero se destinó a permitir a los países intervenidos a pagar su deuda, que, curiosamente, es en su mayoría realizada frente a acreedores de los países que pagan. No es de extrañar que el rescate haya sido vendido como un mecanismo de solidaridad cuando, en muchos casos ha servido a  algunos países europeos para asegurarse de que sus propios sistemas financieros permanecieran estables. Una estructura federal nos hubiera ahorrado muchos quebraderos de cabeza al respecto. La experiencia nos dice que las recetas de éxito de algunos países pueden tener efectos desastrosos en los demás. Algunas intervenciones del FMI no dieron respuestas válidas a causa de una total falta de comprensión acerca de cómo funcionan las economías del Sur. El extremo ha sido el propio reconocimiento del FMI de su «fallo de cálculos».

Las políticas fiscales deben ser manejadas por aquellos que conocen mejor el país y no es raro que en algunos contextos menos impuestos signifiquen más ingresos para el sector público (por ejemplo, para disminuir la economía del mercado negro). En todo este proceso, ha faltado una claridad en la toma de decisiones pues a Europa le falta estructura. Es esta carencia de estructura la que es el caldo de cultivo perfecto para el euroescepticismo creciente. Asimismo es motivo de zozobra para los ciudadanos, que sienten que su voto cuenta menos a nivel nacional pero no se les ofrece mayores herramientas para decantar las políticas a nivel de la Unión.

Por otro lado, la integración económica ha crecido de tal manera que, por ejemplo, más del cincuenta por ciento del comercio de Finlandia o Alemania se encuentra dentro de Europa y esto es cierto para la mayor parte de los países exportadores europeos. Las respuestas a la crisis en el sur tendrán un impacto en el norte, pero sólo es cuestión de tiempo que esto se vea, tarde quizá si no se ataja. En este contexto los especuladores buscan incrementar su margen de beneficios a corto en un contexto que puede dar lugar a malas decisiones a largo plazo para la economía. Los políticos también están trabajando a corto plazo a nivel nacional pero con repercusiones transnacionales de largo recorrido. Frente a este funcionamiento a corto de los agentes económicos y políticos, las potencias emergentes están sobrepasando a los europeos por mantener una planificación, por tener claro su futuro. A pesar de las palabras grandilocuentes con soluciones comunes, se sigue diciendo lo contrario en Bruselas y en las capitales de los países miembros por razones electorales. No creo necesario buscar un culpable aquí, pero el encadenamiento de decisiones a corto plazo está creando un caldo de cultivo antieuropeo con repercusiones a medio plazo importantes que pueden hacer languidecer el proyecto europeo por décadas. En este momento la política es nacional, pero los mercados y los medios de comunicación son globales. La Unión Europea ha sido el proyecto necesario para dar respuesta a estos desafíos globales, pero los europeos nos damos cuenta a trompicones. Ha llegado el momento en que no puede haber más cambios graduales, sino que Europa debe afrontar cuál es este futuro que quiere. Frente al proyecto federal, ¿cuáles son las opciones? Ciertamente, hasta ahora, salvo la vuelta a los Estados nación, no se ha postulado ninguna…

Europa, ¿hacia una Federación? (I): El equilibrio de poder

por Óliver Soto Sainz

“Sería recaer en la limitación antigua no descubrir unidad de poder público más que donde éste ha tomado máscaras ya conocidas y como solidificadas de Estado; esto es, en las naciones particulares de Europa. Niego rotundamente que el poder público decisivo actuante en cada una de ellas consista exclusivamente en su poder público inferior o nacional. Conviene caer de una vez en la cuenta de que desde hace muchos siglos — y con conciencia de ello desde hace cuatro — viven todos los pueblos de Europa sometidos a un poder público que por su misma pureza dinámica no tolera otra denominación que la extraída de la ciencia mecánica: el «equilibrio europeo» o balance of power.”
(José Ortega y Gasset, extracto del ‘Preludio para los franceses’ en La rebelión de las masas)

Corría 1931 cuando José Ortega y Gasset escribió estas palabras, pero ochenta años más tarde siguen siendo tan válidas como entonces. Nosotros, los europeos, nos hemos enfrentado durante siglos para resolver nuestras disputas internas a través del sistema que bien advirtió el filósofo español. Las potencias europeas han tenido una actitud a lo largo de la historia muy diferente dependiendo de si se trataba de un enemigo europeo o de otros continentes. Mientras que hacia otros continentes Europa exportaba el imperialismo, hacia sí misma la relación ente los grandes poderes era de rivalidad y avenencia. Así, el equilibrio europeo de poderes consiste en un sistema de alianzas que hizo que los países se agruparan para evitar la hegemonía de uno solo.

El principal objetivo de la política europea tradicionalmente fue restablecer el equilibrio, en lugar de la completa aniquilación del adversario. Precisamente los únicos intentos por la vía militar de la unificación de todo el territorio europeo no pudieron sino encontrarse con la oposición de todos los demás países. Y es que en la política de equilibrio de poderes los enemigos de hoy son probablemente los aliados del mañana y la desaparición de un gran poder podía dejar un hueco que deshacía los complicados contrapesos entre potencias. Las paces de Westfalia (1648), los acuerdos del Congreso de Viena (1815) o el Congreso de Berlín (1878) no son más que pruebas claras del restablecimiento explícito de las fronteras para mantener dicho equilibrio. Un predominio temporal podía ser tolerado e incluso aceptado, pero a condición de que no durara mucho. De esta forma, España, Francia, Austria-Hungría, Gran Bretaña, Suecia, Alemania… todos ellos tuvieron su momento de gloria.

La exageración de los tratados europeos de los conflictos franco-alemanes nos ha llevado a olvidar que nuestro sangriento pasado común es muy anterior a las guerras más recientes y que la construcción europea implica un paso mucho más profundo que la reconciliación entre Francia y Alemania. Tras el horror de la Segunda Guerra Mundial, los europeos han reformado la manera en que el equilibrio de poder se produce: en lugar de guerras, que sólo pueden conducir a la destrucción mutua debido a los desarrollos tecnológicos, eligieron la mesa de negociaciones para resolver sus controversias y mantener el equilibrio. Con el tiempo y la experiencia las reuniones se hicieron tan habituales que se solidificaron en instituciones. Lo que Schumann y Adenauer dieron fue el siguiente paso lógico para un proceso en curso: aclarar a través de instituciones relaciones crecientes entre países, descartada ya, por fortuna, la vía de la guerra.

Pero el espíritu de la política europea, el equilibrio de poder, imperceptible al público, se mantuvo y sobrevive en nuestra cultura colectiva. Alemán, francés, italiano o belga, todos se reconocieron europeos y estrecharon sus lazos para comenzar un proyecto común pero, a pesar de las palabras amistosas, los europeos fueron, y en parte siguen siendo, todavía una suma de pueblos. Una desconfianza que dura siglos no se puede borrar en una o dos generaciones, sino que permanece hasta que es detectada y combatida. La crisis ha servido más que nunca para evidenciar lo que estaba latente: no hay un enemigo exterior que impide el avance de Europa, no hay un ataque por parte de otras potencias, sino simple y llanamente un problema de confianza en el seno de Europa. Así, los europeos marchan de la mano de sus gobiernos inconscientes de que las “ayudas” a otros países no son más que préstamos, de los cuales se saca un rédito, para poder sostener sus propios sistemas bancarios. La especulación de la deuda nacional de países europeas no viene motivada por países extranjeros, sino que son europeos mismos quienes especulan para aumentar sus beneficios. La política de apretarse el cinturón no es más que la conveniencia alemana de mantener su tasa de crecimiento. El elevado precio del euro es una compensación para compensar el precio del petróleo aunque ello dañe la capacidad de exportación de determinados países. Y así un largo etcétera en el que los intereses de una parte se anteponen a las soluciones de conjunto.

Nuestra actitud diaria, sentirnos primero como españoles, finlandeses, franceses o griegos hace que la desaparición de la desconfianza sea menos probable. Incluso hoy día los Estados Unidos no han sido capaces de llegar tan lejos y elegir a su presidente en una sola elección en sufragio universal, sino que eligen compromisarios por Estados para garantizar que el presidente no nace sólo de los Estados más poblados. Si pensamos y nos sentimos europeos, si pensamos y creemos que hay un pueblo europeo, ¿podríamos ser capaces de aceptar lo que la mayoría de los europeos decida? ¿Necesitamos todavía la tranquilidad de las dobles mayorías de personas y Estados para mantener el equilibrio? ¿Somos capaces de confiar que Francia y Alemania no planean una absorción del resto de países europeos bajo sus normas? ¿Y más aún, serían Francia y Alemania capaces de aceptar otros liderazgos más decididos? Hoy nuestros gobiernos, nosotros mismos, todavía tenemos más en mente mantener el equilibrio de poder que la idea de avanzar juntos en un proyecto común que todo el mundo excepto unos pocos tienen miedo de definir. Ése es el verdadero desafío del futuro de Europa.

Publicado originariamente en EuroXpress