«La Creación de las identidades nacionales» de Anne Marie Thiesse

De Thomas Lepeltier

Título original: «La Création des identités nationales» d’Anne-Marie Thiesse

Traducido por Íñigo Cruz

LG-CreationIdentites

El origen de las naciones europeas no se remonta a la noche de los tiempos, como nos cuentan sus historias oficiales. Su verdadero nacimiento, o más exactamente, su invención no es anterior al siglo XVIII. Lejos de ser fruto de un largo proceso histórico, nacieron cuando un puñado de hombres declaró que existían y se pusieron a demostrarlo.

La primera etapa consistió en buscar unos ancestros comunes, una población que viviese sobre un mismo territorio y a postular una continuidad histórica hasta la época moderna. A continuación, era necesario encontrar héroes para simbolizar la nación y elegir una lengua nacional. Finalmente, fue necesario establecer monumentos culturales, un folclore, unos emblemas, una mentalidad particular, etc… Una vez inventado este patrimonio “común” e “indivisible”, construido cada vez sobre el mismo modelo, no queda más que hacerlo reverenciar por las poblaciones a las que se dirige; las naciones, fruto de la imaginación y del proselitismo, habían nacido.  Se entiende así porque las referencias a unos grandes ancestros, tales como nuestros ancestros los Galos, una larga historia hecha de esfuerzos, sacrificios y devoción, hacia una vieja herencia a la vez simbólica y material , no crean más que la mitología. Es en todo caso lo que nos recuerda Ann-Marie Thiese en su estimulante libro, que muestra que no es la nación  la que da origen al nacionalismo, sino el nacionalismo quien da origen a la nación.

En 1761, un joven poeta escocés, James Macpherson, publicó un viejo poema épico traducido por él mismo del gaélico, pretendía haberlo recuperado de los habitantes de las Tierras altas de Escocia. El autor habría sido el bardo Ossian, hijo de un héroe epónimo de la epopeya y habría vivido a comienzos de la era cristiana, en la época de los antiguos celtas y sus druidas. El éxito fue inmediato. La crítica se entusiasmó y comparó este largo poema épico  a la Ilíada. Rápidamente las traducciones se extendieron por toda Europa y se reconoce en la épica ossianesca el momento fundacional de una revolución estética y cultural.

Algunos comenzaban a afirmar que la cultura  europea reposaba sobre otros monumentos culturales distintos a aquellos del mundo greco-latino. El clasicismo, fiel heredero y que se extendía por los salones, sobretodo franceses,  se veía abandonado a favor de una estética dirigida hacia las edades “bárbaras” , La Europa del norte y  los chabolas rústicas. Ahora bien, la epopeya de Ossian era una obra maestra que justificaba plenamente el cambio de referencia y Europa encontraba en la persona del viejo bardo un nuevo Homero, un Homero cuya memoria el pueblo escocés había sabido mantener viva. Al mismo tiempo, la cultura popular quedaba rehabilitada, erigida guardiana de las grandes obras del pasado, la cultura sabia y refinada del clasicismo quedaba declarada moribunda.

O bien, es necesario saber que la epopeya de Ossian era un libelo. Algunas críticas, desde su publicación, habían juzgado que el poema épico rescatado por Macpherson había sido, en gran parte, una invención. Estas objeciones no tuvieron prácticamente efecto, la idea del descubrimiento era demasiado seductora. Y además, Macpherson no estaba solo. En Berna, en Zúrich, en Copenhague… se había comenzado a publicar unos fragmentos de viejos poemas o de viejas sagas. Los bardos antiguos tenían, un poco por todo el continente, unos modernos emuladores que publicaban unas epopeyas u odas inspirándose en viejas leyendas. La invención de Macpherson venía tan bien traída en el combate contra la cultura clásica para que estos nuevos caciques del patrimonio europeo dieran crédito a aquellos que denunciaban la ausencia de autenticidad de este poema. Por ello, cuando en 1795, Rusia se vio dotada de una epopeya nacional de tipo ossianesco, la primera de su género en el continente. Las dudas formuladas en cuanto a su autenticidad no fueron, ahí tampoco, escuchadas. La obra, atribuida a un autor desconocido del silgo XII, fue considerada, inmediatamente, de una calidad igual a aquella de la Epopeya de Osssian. Los eslavos tenían de este modo su Ossian, o mejor aún, su Homero.

 

El sector editorial no era el único implicado por este gran movimiento de resurrección del pasado. En las reuniones de artistas encargados  de continuar la tradición de justas oratorias entre bardos, se organizaban cursos medievales. La religión de los druidas, dotada de una mitología y una liturgia evocadora de los megalitos, fue  también “resucitada”.  Se crearon academias de sabiduría.  En París, la Academia celta (1805) se proponía de este modo reconstituir las antigüedades nacionales a partir de los vestigios que se podían aún hoy encontrar en la cultura popular y los idiomas locales. En 1811, es en Suecia donde se creó la Sociedad gótica. Que tenía por misión estudiar las sagas y las crónicas de los antiguos Godos, queriendo reintroducir los usos de los antiguos escandinavos, los miembros se reunían en los bosques para beber hidromiel en cuernos y adoptaban nombres de héroes legendarios.

Esta nueva sensibilidad no se apoya únicamente en el trabajo de los poetas y los coleccionadores. Algunos y particularmente Johann Gottfried, intentarán darle un giro más teórico. La obra filosófica de este último se desplazó hacia una glorificación de la cultura popular. Para dar vida a la cultura, consideraba que en efecto, era necesario inspirarse en los restos de una poesía original, surgida de una época donde la lengua, la poesía y el pueblo eran uno; de ahí la necesidad de recolectar los cantos populares que habían preservado la historia heroica de los ancestros de cada pueblo. Este fantasma de los origines desembocaba naturalmente en el surgimiento de un sentimiento nacional. Herder exhortaba de esta manera a aquellos que tenían por lengua materna el alemán para tomar consciencia que formaban una nación. Y fustigaba el uso del francés por las élites de su país natal por la misma razón, quienes usaban el alemán para dirigirse al servicio. Pero aun siendo un patriota alemán, Herder no era menos universalista ya que afirmaba la igual dignidad de cada nación. Su obra pudo,  de este modo, convertirse rápidamente en una referencia para toda Europa. La idea de una nación que reposaba sobre la lengua y una tradición específica encontraba su justificación. Iba a dar un apoyo a todos aquellos que, después del triunfo de la epopeya de Machpherson, se habían puesto a buscar las glorias pasadas nacionales.

Así, este movimiento, situado bajo el signo de la urgencia por temor a ver desaparecer rápidamente los vestigios del pasado, comenzaba a cambiar de orientación. Inicialmente orientado contra el clasicismo, fue concebido a partir de los primeros años del siglo XIX, como  un proyecto educativo que buscaba unir a toda la población en la conciencia de su destino común. El pueblo, es decir el paisanaje. No era solo un fósil viviente de una tradición ancestral, se convirtió cada vez más, en expresión inamovible del genio nacional. En relación íntima con la tierra, el paisanaje podía servir en adelante, para demostrar que a pesar de todos los cambios observables la nación permanecía idéntica a ella misma. Es por lo que este movimiento de creación de las identidades nacionales, nacido con el desarrollo industrial, expresando a la vez un rechazo por esta modernidad, por exaltación del pasado y del mundo rural y al mismo tiempo permitía, como lo sugiere Ann-Marie Thiesse, esta entrada en la modernidad tranquilizando a una población a través de la afirmación de permanencia de su identidad.

En todo caso, para suministrar a cada nación el conocimiento de su pasado necesario a la consciencia de su unidad, era necesario sumergirse en la historia de toda Europa. El nacionalísimo se inscribía en un cosmopolitismo, al menos para los intelectuales. Este fue, en efecto en una gran emulación internacional que estos últimos suministraron a cada población, todos los elementos que les permitían definirse en tanto que nación. Los dos hermanos Grimm se convirtieron en este plano, una referencia inevitable. Portadores de una proyección patriótica claramente anunciada, llevaron a cabo investigaciones sobre el conjunto del patrimonio europeo. Sus publicaciones sobre el patrimonio germánico (sobre los cuentos populares, la lengua, el derecho, las costumbres y tradiciones) alternando así con sus escritos sobre los patrimonios escandinavos, inglés, finés, español… fueron tomados como modelos por todas las construcciones identitarias.

He aquí, sucintamente desglosado, el contexto cultural en el seno del cual la Europa de las naciones sustituyó a la de los príncipes. Analizándolo con detalle, Ann-Marie Thiesse despliega con elegancia un gran volumen de información para contarnos como poetas, lingüistas, historiadores y también élites políticas se pusieron a trabajar a la par para convencer a vastos y dispares grupos de población que existía un nexo primordial superior a todo lo que les dividía. Así descubre cómo han sido elaboradas las lenguas nacionales cuando la ecuación “una lengua = un pueblo” no tenían nada de evidente vista la diversidad de hablas locales.  Descubrimos como los grandes ancestros han sido reivindicados por ciertas poblaciones a pesar de la ausencia de lazos históricos claramente establecidos (destacan los Dacios con los rumanos y los hunos con los húngaros…) o a pesar de la diversidad de poblaciones reunidas en una misma nación. Así fueron designados los ancestros comunes a los auverginenses y a los normandos, o a los sicilianos y a los piamonteses, por ejemplo. Igualmente descubrimos como a continuación de la epopeya de Macpherson, aparecieron varias epopeyas nacionales marcadas ellas también como provenientes del “abismo de los tiempos”. Descubrimos como las poblaciones paisanas fueron elevadas al estatus de guardianes de las tradiciones ancestrales que ellas  ignoraban muy a menudo y como las nuevas naciones se han inventado todas un folclore. Descubrimos como las vestimentas recientes se han puesto a representar el traje tradicional de ciertas poblaciones (el más célebre el kilt escocés). En fin, se descubre, entre tantas otras cosas, como se  impuso y continúa imponiéndose, por la prensa, la literatura, la escuela el deporte… este sentimiento nacional. Tantas informaciones que invitan a posar una mirada crítica sobre la historia de Europa y sobre el fantasma de la identidad….