Manifiesto de Ventotene – 8ª Entrada

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Resultaría inútil detenerse en hablar de las instituciones constitucionales, dado que no se pueden prever las condiciones en que surgirán y actuarán, no haríamos otra cosa que repetir lo que todos ya saben sobre la necesidad de órganos representativos, la formación de leyes, la independencia de la magistratura que ocupará el puesto de la actual para la aplicación imparcial de las leyes emanadas, así como para lograr una libertad de prensa y asociación que ilumine la opinión pública y que dará a todos los ciudadanos la posibilidad de participar efectivamente en la vida del Estado. Sólo sobre dos cuestiones es necesario precisar mejor las ideas de las leyes actuales, por su particular importancia en este momento en algunos países; éstas son las relaciones del Estado con la Iglesia y sobre el carácter de la representación política:

 

a) El concordato con el que en Italia, el Vaticano, concluyó la alianza con el fascismo, debe ser sin duda alguna abolido para afirmar el carácter puramente laico del Estado. Todas las creencias religiosas deberán ser igualmente respetadas, pero el estado no deberá financiar los cultos.

 

b) La barraca de cartón piedra que el fascismo constituyó con el corporativismo deberá caer junto con el resto de aspectos del Estado totalitario. Hay quien sostiene que de estos restos se podrá mañana obtener el material para crear un nuevo orden constitucional. Nosotros no lo creemos. En los estados totalitarios  las cámaras corporativas son sólo una burla encaminada al control policial de los trabajadores. Incluso si las cámaras fuesen una expresión sincera de las distintas categorías de productores; unos órganos de representación de diversas categorías profesionales jamás podrían estar cualificadas para tratar cuestiones de política general, y en las cuestiones puramente económicas los grupos profesionales más débiles se convertirían en sujetos de abuso por parte de las categorías profesionales más potentes. A los sindicatos les corresponderán amplias funciones de colaboración con los órganos estatales encargados de resolver los problemas que más directamente les afectan, pero sin duda habría que excluir que les vaya ligada alguna función legislativa, por lo que el resultado sería una anarquía feudal en lo económico, concluyendo en un renovado despotismo político. Muchos de los que se dejaron llevar ingenuamente por el mito del corporativismo, podrán y deberán ser atraídos por medio de la renovación de estructuras; para que entonces se den cuenta de lo absurdo de su antigua solución soñada. El corporativismo no puede tener una vida concreta más allá de la que les puedan ofrecer unos estados totalitarios; que organicen a los trabajadores bajo el mandato de funcionarios y que controlen todos sus movimientos conforme a los intereses de la clase gobernante.

 

Un partido revolucionario no puede ser torpemente improvisado en el momento decisivo, sino que debe empezar desde ahora a formar al menos su filosofía política central, sus líderes y directores. Las primeras acciones que hará este, no será representar a una masa heterogénea de tendencias reunidas transitoriamente por su pasado antifascista, que estén dispuestas a dispersarse una vez caído el régimen totalitario. Un partido revolucionario sabe, sin embargo, que sólo entonces comenzará verdaderamente su obra; para ello debe estar formado por hombres que estén de acuerdo en cuáles son los principales problemas a solucionar en el futuro.

 

Debe penetrar con su propaganda metódicamente dondequiera que estén los oprimidos por el presente régimen, tomando como punto de partida los problemas más dolorosos de cada persona y clase, conectando estos problemas entre si y ver cuáles pueden ser sus verdaderas soluciones. En esta esfera gradualmente creciente de simpatizantes, sólo aquellos que han aceptado e identificado la revolución europea como el principal propósito de sus vidas, pueden ser reclutados por el movimiento: realizando día a día el trabajo necesario, encargándose cuidadosamente de la seguridad de éste incluso frente a situaciones de peligrosa ilegalidad, constituyendo de esta manera una sólida red que dé fortaleza a las esferas más frágiles de sus simpatizantes.

 

No se debe descuidar ninguna ocasión ni sector dónde divulgar su palabra, acudiendo en primer lugar a los ambientes que se consideren más importantes como centros de difusión de ideas y centros de reclutamiento de hombres combativos, debiendo acudir sobretodo hacia los dos grupos sociales más sensibles y decisivos en la situación de nuestro tiempo y en las circunstancias decisivas del mañana; baste decir la clase trabajadora y las clases intelectuales. La primera es la que menos se ha sometido a las disciplinas totalitarias y será la primera en reorganizar sus propias filas. Los intelectuales, en particular los más jóvenes, son aquellos que se sienten espiritualmente más oprimidos y repelidos por el despotismo reinante. Poco a poco las demás clases serán inevitablemente atraídas por el movimiento general.

 

Cualquier movimiento que fracase en la tarea de aliar estas fuerzas, está condenado a la esterilidad; por poner unos ejemplos: un movimiento únicamente de intelectuales no tendrá la fuerza de masa necesaria para convencer a todas las resistencias reaccionarias, será desconfiado y receloso frente a la clase obrera; y aunque esté animado por sentimientos democráticos, será proclive a resbalar ante las dificultades, en el terreno de la movilización de todas las demás clases contra los obreros, es decir hacia una restauración fascista. Si se apoyará sólo en el proletariado se le privará de la claridad de pensamiento que sólo tienen los intelectuales, y que es necesaria para distinguir bien los nuevos deberes y las nuevas vías; permanecerá prisionero del viejo clasismo, verá enemigos en todas partes, y patinará hacia la solución de la doctrina comunista.

 

Durante la crisis revolucionaria, compete a este movimiento organizar y dirigir las fuerzas progresistas, utilizando todos los órganos populares que se forman espontáneamente, como crisol ardiente en el que van a mezclarse las masas revolucionarias, no para realizar plebiscitos, sino en espera de ser guiados.  Éste recogerá la visión y seguridad de lo que hay que hacer, no mediante una preventiva consagración de la todavía inexistente conciencia popular, sino desde la conciencia de representar las profundas exigencias de la sociedad moderna. De este modo se darán las nuevas directrices del nuevo orden europeo, la primera disciplina social de las masas informes. A través de esta dictadura del partido revolucionario se formará el nuevo Estado, y en torno a él la nueva democracia.

 

Es absurdo pensar que un régimen revolucionario como este deba desembocar necesariamente en un despotismo renovado. Desemboca en ello sólo si se ha ido modelando un tipo de sociedad servil. Pero si este partido revolucionario irá creando con pulso firme, desde sus primeros pasos, las condiciones para una vida libre en la que todos los ciudadanos puedan participar realmente en la vida del Estado, su evolución continuará incluso atravesando crisis políticas eventuales de carácter secundario, provocadas por la progresiva comprensión y aceptación por parte de todos del nuevo orden,  por eso en el sentido de una creciente posibilidad de funcionamiento, de instituciones políticas libres.

 

Hoy es el momento en que hay que dejar de lado los viejos estorbos y estar preparados para lo nuevo que llega, tan distinto a todo aquello que se había imaginado, descartando a los ineptos entre los viejos y suscitar nuevas energías entre los jóvenes. Hoy se ha comenzado a tejer la trama del futuro, tejida por aquellos que comprendieron los motivos de la actual crisis de la civilización europea, recogiendo así la herencia de todos los movimientos revolucionarios del pasado de la humanidad, los cuáles naufragaron por la incomprensión del fin a alcanzar o de los medios de cómo saberlos lorgrar.

 

La vía que hay que recorrer no es fácil ni segura: ¡Pero debe y será recorrida!

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III- OBLIGACIONES DE DESPUÉS DE LA GUERRA: REFORMA DE LA SOCIEDAD.

 

Una Europa libre y unida es premisa necesaria para el fortalecimiento de la civilización moderna, de la cual la era totalitaria representó una interrupción. El final de esta era, hará retomar inmediatamente de pleno el proceso histórico contra la desigualdad y los privilegios sociales. Todas las viejas instituciones conservadoras que impedían la actuación de las fuerzas progresistas serán colapsadas o estarán en vías de serlo; y su crisis deberá ser explotada con valentía y decisión.

 

La revolución europea, para responder a nuestras exigencias deberá ser socialista, esto significa que deberá proponerse la emancipación de la clase trabajadora y la obtención para ésta de condiciones de vida más humanas. La orientación para tomar disposiciones en dicha dirección, no puede ser únicamente un principio puramente doctrinario, según el cual la propiedad privada de los medios materiales de producción debe ser abolida y tolerada sólo de forma provisional cuando no sea posible otra alternativa. La estatalización general de la economía fue la primera forma utópica en la que las clases trabajadoras representaron su liberación del yugo capitalista; pero una vez realizada en pleno, no lleva a los resultados soñados, sino a la constitución de un régimen en el que toda la población está al servicio de la clase restringida de los gestores burócratas de la economía.

 

El principio verdaderamente fundamental del socialismo es aquel según el cual las fuerzas económicas no deben dominar a los hombres; sino ser sometidas, guiadas y controladas por éstos del modo más racional posible hasta que las grandes masas dejen de ser las víctimas. Las gigantescas fuerzas del progreso que broten de los intereses individuales no deben ser extinguidas por la rutina, para luego encontrarse a continuación frente al indisoluble problema de tener que resucitar el espíritu de iniciativa, mediante las diferencias salariales y con otras medidas del estilo; ya que, en cambio, esas fuerzas deben ser exaltadas y extendidas, ofreciendo una mayor oportunidad de desarrollo y empleo, al mismo tiempo que se perfeccionan y consolidan los cimientos que las encaminen hacia objetivos de mayor ventaja para la colectividad.

 

La propiedad privada debe ser abolida, limitada, corregida, pero de forma observada y distinta caso por caso, y no dogmáticamente de acuerdo con una ideología. Esta directiva se inserta en el proceso de formación de una vida económica europea liberada de las pesadillas del militarismo o burocratismo nacional. La solución racional debe tomar el puesto de la irracional, incluso en la conciencia de los trabajadores. En un intento de describir con mayor detalle el contenido de esta directiva, y advirtiendo que la conveniencia y modalidad de cada punto programático deberá ser juzgados en relación con el presupuesto ya indispensable de la unidad europea, destacaré a continuación los siguientes puntos:

 

 

a) No se puede dejar a las empresas que, desarrollando una actividad necesariamente monopolista, estén en condiciones de explotar a las masas de consumidores, como por ejemplo hacen las eléctricas o las metalúrgicas. Estas corporaciones existen por razones de interés colectivo, pero que para administrarse necesitan de clientes protectores, de subsidios, de favores etc. Estas empresas, por la grandeza de los capitales invertidos y el número de trabajadores ocupados, o por la importancia del sector que dominan, pueden llegar a chantajear a los órganos del Estado, imponiendo la política para ellos más ventajosa (ej.: industrias mineras, grandes institutos bancarios, grandes armamentos). Este es el campo en el que deberán proceder sin duda las nacionalizaciones en una escala vastísima, sin prestar atención a los derechos adquiridos.

 

b) Los que tuvieron en el pasado el derecho de sucesión, permitieron acumular unas riquezas en manos de unos pocos privilegiados que convendrá redistribuir de modo igualitario durante una crisis revolucionaria; para así eliminar las clases parasitarias y para dar a los trabajadores los instrumentos de producción que necesitan, así como mejorar las condiciones económicas y hacerles alcanzar una mayor independencia de vida. Pensamos que una reforma agraria haría que, pasando la tierra a quién la cultiva, aumentaría enormemente el número de propietarios, extendiendo la propiedad a los trabajadores en sectores no estatalizados con gestiones de cooperativas, acciones etc.

 

c) Los jóvenes deben ser asistidos con las herramientas necesarias para reducir al mínimo las distancias entre las posiciones de partida en la lucha por la vida. En particular, la enseñanza pública deberá dar a los alumnos las posibilidades efectivas de proseguir los estudios desde los cursos obligatorios hasta los superiores, no sólo a los ricos; y deberá preparar a los estudiantes de cada rama de los distintos oficios y de las diversas actividades liberales y científicas en un número de individuos correspondiente a la demanda del mercado, de modo que las remuneraciones medias resulten equiparables en todas las categorías profesionales, sea cual sea la divergencia entre las remuneraciones en el interior de cada categoría y dependiendo de las capacidades individuales.

 

d) La potencialidad casi sin límite de la producción en masa de géneros de primera necesidad con la técnica moderna, permite asegurar a todos con un costo social relativamente pequeño; la comida, el alojamiento y el vestido, con el mínimo de comodidad necesaria para conservar el sentido de la dignidad humana. La solidaridad hacia aquellos que sucumbieron ante la lucha económica, no deberá por ello manifestarse en forma de caridad humillante y generadora de los mismos males que vanamente intenta remediar, sino que se deben tomar medidas serias que garanticen un estándar de vida decente para todos, incondicionalmente, sin reducir el estímulo al trabajo y al ahorro. De este modo ninguno sería forzado por la miseria a aceptar contratos de trabajo injustos.

 

 

e) La liberación de las clases trabajadoras sólo puede tener lugar llevando a cabo las condiciones anteriormente expuestas; sin dejarlas caer en poder de la política económica de los sindicatos nacionalistas, que transportan al ámbito obrero los métodos característicos del gran capital. Los trabajadores deben de ser libres de elegir a sus propios representantes para tratar colectivamente las condiciones en que están dispuestos a trabajar, y el Estado deberá poner los medios jurídicos para garantizar el cumplimientos de los convenios acordados; así todas las tendencias monopolistas podrán ser eficazmente combatidas una vez que se hayan realizado las transformaciones sociales.

 

Estos son los cambios necesarios para crear en torno al nuevo orden europeo,  un amplio estrato de ciudadanos interesados en su mantenimiento, y para dar a la vida política a una consolidada impronta de libertad, impregnada de un fuerte sentido de solidaridad social. Sobre estas bases, las libertades políticas podrán realmente tener un contenido concreto, y no sólo formal, en cuanto a que la masa de ciudadanos tendrá una independencia y conocimiento suficiente para ejercitar un continuo y eficaz control sobre la clase gobernante.

 

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Todos los hombres razonables reconocen que ya no se puede mantener un equilibrio de Estados europeos independientes, conviviendo con una Alemania militarista en igualdad de condiciones que el resto de países, ni se puede despedazar a Alemania para tenerla bajo yugo una vez vencida. Parece evidente que ningún país de Europa quedó al margen mientras los demás combatían, haciendo inútiles las declaraciones de neutralidad y los pactos de no agresión. Está ya demostrada la inutilidad, así como lo pernicioso de organismos como la Sociedad de Naciones, que pretendía garantizar un derecho internacional sin una fuerza militar capaz de imponer sus decisiones respetando la soberanía absoluta de los Estados participantes. Absurdo resultó el principio de no intervención, según el cual cada pueblo debería ser libre de elegir el gobierno déspota que mejor creyese como si la constitución interna de cada Estado no constituyera un interés vital para todos los países europeos que lo rodean. Los múltiples problemas que envenenan la vida internacional del continente resultan insolubles mientras sigan trazadas las fronteras en zonas de población mixta: La defensa de las minorías alógenas, el desbloqueo al mar de los países situados en el interior, la cuestión balcánica, la cuestión irlandesa etc… Encontrarían en una Federación Europea la misma eficaz y sencilla solución que encontraron las regiones pequeñas al formar parte de una vasta unidad nacional; perdiendo la mayoría sus asperezas al transformarse éstas en meros problemas de relación entre sus diversas provincias.

 

Por otra parte, el final del sentido de seguridad debido a la supuesta intocabilidad de Gran Bretaña, que aconsejaba a los ingleses la «splendid isolation«. La disolución del ejército y de la misma república francesa en el primer ataque de las fuerzas alemanas (que es de esperar que como resultado acabe con la convicción chovinista de la absurda superioridad gálica) y que además despierte la conciencia de la gravedad de ello por el peligro corrido por la servidumbre posterior. Son todas estas circunstancias las que favorecerán la constitución de un régimen federal, que ponga fin a la actual autarquía. Y el hecho de que Inglaterra haya aceptado ya el principio de la independencia India y Francia haya potencialmente perdido prácticamente todo su imperio, hacen más fácil encontrar una base de acuerdo para una sistematización europea en las posesiones coloniales.

 

A todo esto va unida la desaparición de algunas de las principales dinastías, y la fragilidad de las bases que sostiene aquellas supervivientes. Se toma en cuenta que las dinastías que consideraban los distintos países como sus pertenencias tradicionales representan, junto a los poderosos intereses de los que les apoyaban, el más serio obstáculo para la organización racional de los Estados Unidos de Europa; ya que estos no pueden basarse únicamente en una federación de países republicanos. Y cuando superando el horizonte del viejo continente, se abracen en una visión conjunta todos los pueblos que constituyen la humanidad; será necesario reconocer que la Federación Europea es la única garantía concebible para que las relaciones con los pueblos asiáticos y americanos se puedan desarrollar sobre una base de cooperación pacífica, en espera de un futuro lejano aún por venir en el que sea posible la unidad de todo el globo.

 

La línea divisoria entre partidos progresistas y partidos revolucionarios no pasa, por consiguiente, en la línea formal de la mayor o la menor democracia, del mayor o del menor socialismo que instituir, sino a lo largo de la novísima y sustancial línea que separa a aquellos que conciben como fin esencial de la lucha, lo antiguo, es decir la conquista del poder político nacional – Lo cual sólo sigue el juego a las fuerzas reaccionarias, dejando enfriar la lava incandescente de las pasiones populares y logra que resurjan los viejos disparates – y aquellos que verán como deber central la creación de un sólido Estado europeo como meta de las fuerzas populares; las cuáles, en caso de conquistar el poder nacional sería sólo para utilizarlo como instrumento para lograr la unidad internacional.

 

Mediante la propaganda y la acción, buscando establecer de todos modos posibles los acuerdos entre los distintos movimientos que se van formando en varios países, es necesario desde ahora echar los cimientos de un movimiento que sepa movilizar todas las fuerzas para hacer nacer un nuevo organismo y que será la creación más grandiosa  e innovadora jamás surgida desde hace siglos en Europa. Un sólido Estado federal europeo debe disponer de una fuerte armada europea que sustituya a los ejércitos nacionales, para así poder destruir la espina dorsal de los regímenes totalitarios; también debe tener órganos políticos y medios suficientes para ejecutar en cada Estado federal unas deliberaciones dirigidas a mantener un orden común, dejando a los Estados que lo compondrían una autonomía que permita una articulación eficaz y el desarrollo de una vida política adaptada a las peculiaridades características de los distintos pueblos.

Si llega a haber en los principales países europeos un número suficiente de hombres que comprendan esto, la victoria estará en poco tiempo en sus manos, porque la situación y los ánimos siempre serán favorables a su obra. Tendrán en contra a partidos y tendencias desacreditadas por su desastrosa experiencia de los últimos 20 años, pero entonces ya será la hora de obras nuevas, de hombres y mujeres nuevos, será la hora de un MOVIMIENTO PARA UNA EUROPA LIBRE Y UNIDA.

 

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Entre las diversas tendencias proletarias, seguidoras de la política clasista y del ideal colectivista, los comunistas reconocieron la dificultad de obtener un seguimiento de fuerzas suficientes para vencer, y por ello – a diferencia de los otros partidos – se transformaron en un movimiento rígidamente disciplinado que explota el mito ruso para organizar a los trabajadores, pero de quienes no aceptan sus derechos y a quienes utilizan en las más variadas maniobras.

 

Este comportamiento hace en una crisis revolucionaria más eficientes a los comunistas que a los demócratas; pero entonces tratarán de diferenciarse lo máximo posible las clases trabajadoras de otras fuerzas revolucionarias – predicando que su «verdadera» revolución está todavía por llegar – por lo cual constituirán, en estos momentos decisivos, un elemento sectario con absoluta dependencia de los estados comunistas ya establecidos, que repetidamente los utilizarán para la consecución de su política internacional; impidiéndoles hacer una política con un mínimo de coherencia. Tendrán la necesidad de esconderse detrás de un Karoly, de un Blum, de un Negrín para luego terminar yendo fácilmente a la ruina junto con estos fantoches; ya que el poder se puede conseguir mediante la astucia pero no se puede mantener sino con la capacidad de responder en modo orgánico y vital a las necesidades de la sociedad moderna.

 

Si la lucha quedara mañana limitada a los límites de los países europeos, resultaría muy difícil escapar a las viejas incertidumbres de los antiguos Estados nacionales; ya que sus elites ya tienen planificada meticulosamente la economía de su país y su única incertidumbre sería decidir a qué clase social deberían entregar el control del gobierno. Entonces el frente de las fuerzas progresistas sería fácilmente hecho añicos entre las risas de las y elites económicas. Con la mayor probabilidad, serían los reaccionarios los que sacarían mayor provecho ello.

 

Un verdadero movimiento revolucionario deberá surgir de los que supieron criticar las viejas manifestaciones políticas; sabiendo colaborar con todas las fuerzas democráticas que contribuyan a la disgregación del totalitarismo, pero sin dejarse alterar por la praxis política de ninguna de ellas.

 

Las fuerzas reaccionarias tienen hombres y mandos hábiles y educados para dirigir, que se batirán enfurecidamente por conservar su supremacía. Éstas, en los momentos claves, sabrán camuflarse en fuerzas amantes de la libertad, de la paz, del bienestar general y de los más pobres. Ya en el pasado vimos como los reaccionarios se ocultaron detrás de movimientos populares, convirtiéndose en la fuerza más peligrosa con la que enfrentarse.

 

Aquellos que querrán conseguir la restauración de los estados nacionales, influirán sobre el sentimiento popular más difundido, el más ofendido por los recientes acontecimientos y el más usualmente utilizado para propósitos reaccionarios: El sentimiento patriótico. De este modo pueden también esperar confundir las ideas de sus adversarios más fácilmente, dado que las masas populares tienen como única experiencia política adquirida, la desarrollada dentro del ámbito nacional, y es por esto bastante más fácil de controlar a sus dirigentes más miopes en la tarea de la reconstrucción de los países desolados por la guerra. Incluso estos nuevos Estados nacionales podrían ser en apariencia ampliamente demócratas y socialistas; pero el retorno de los reaccionarios al poder sería sólo cuestión de tiempo: Pronto resurgirían los celos entre países y cada Estado contaría de nuevo con las armas para satisfacer sus propias exigencias nacionales. En un breve período de tiempo convertirían a los pueblo en ejércitos: Los generales volverían a mandar, los monopolistas a aprovecharse de la autarquía, los cuerpos burocráticos a vanagloriarse y los clérigos a mantener dóciles a las masas. Todas las conquistas sociales de los primeros momentos se marchitarían frente a la necesidad de prepararse para una futura guerra.

 

 

El problema que en un primer lugar debe ser resuelto, ya que fallando este cualquier otro progreso sería sólo algo superfluo, sería la definitiva abolición de las divisiones de Europa en Estados nacionales soberanos. El colapso de la mayor parte de los países del continente bajo el opresor alemán, estableció la suerte de los pueblos europeos, ya que, o acabaron bajo el dominio hitleriano o todos juntos entrarán, con la caída de este, en un cambio revolucionario que no se encontrará dentro de las sólidas estructuras estatales. Los espíritus están ahora mucho mejor dispuestos que en el pasado para una reorganización federal de Europa; la dura experiencia de los últimos decenios abrirán los ojos, incluso a aquellos que no quieran ver, y hará madurar muchas circunstancias favorables a nuestro ideal.

 

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II – LAS OBLIGACIONES DE DESPUÉS DE LA GUERRA – LA UNIDAD EUROPEA

 

La derrota de Alemania no llevaría automáticamente al reordenamiento de Europa según nuestro ideal de civilización.

Durante el breve e intenso período de crisis general posterior (durante el cual los gobiernos y las masas populares esperarán ansiosamente nuevos mensajes ardientes, susceptibles de ser modelados de nuevo, capaces de dar la bienvenida a las directrices de auténticos internacionalistas) las clases que fueron privilegiadas durante los antiguos sistemas nacionales, buscarán clandestinamente o mediante la violencia, el extinguir la oleada de sentimientos y pasiones europeístas, y se darán ostentadamente a reconstruir los viejos organismo estatales. Siendo probable, que algunos dirigentes ingleses, quizás de acuerdo con los americanos, intenten empujar las cosas en esa dirección para retomar la política de equilibrio de poderes en interés de sus respectivos imperios.

 

Las fuerzas conservadoras son los dirigentes de las instituciones fundamentales de los estados-nación como: Los cuadros superiores de las fuerzas armadas, las monarquías, los capitalistas monopolistas, las altas jerarquías eclesiásticas, así como la innumerable multitud de gente que dependen de ellos o que están cegados por el poder tradicional; los cuáles sólo pueden asegurar sus rentas parasitarias en una sociedad conservadora estable. Todas estas fuerzas reaccionarias ya están sintiendo que desde hoy su sistema se viene abajo y por ello intentan salvarse; ya que este colapso les privaría de golpe de todas las garantías que tuvieron hasta entonces y les expondría al ataque de fuerzas progresistas.

 

 

La situación revolucionaria: viejas y nuevas corrientes

 

La caída de los regímenes nacionales significará sentimentalmente, para pueblos enteros, la llegada de la «libertad»; desapareciendo toda clase de censura, reinando auténticamente la verdadera libertad de palabra y de asociación y significando el triunfo de las verdaderas tendencias democráticas. Dichas tendencias tienen innumerables matices, que van desde un liberalismo muy conservador hasta el socialismo y la anarquía. Todos ellos creerán en la «generación espontánea» de los acontecimientos y de las instituciones y en la bondad absoluta de los impulsos que vienen de la base, sin querer forzar la «historia», al «pueblo» o al «proletariado», esperando el fin de las dictaduras como la natural restitución al pueblo de sus imprescindibles derechos de autodeterminación. El sueño más alto de estos nuevos demócratas será una asamblea constitucional elegida por el más amplio sufragio y con escrupuloso respeto a los derechos de los electores, quienes deberán decidir la nueva constitución que desean: Si el pueblo es inmaduro, puede que la constitución resultante sea mala, pero ésta se podrá corregir mediante un debate constante.

Los nuevos demócratas no niegan por principio la violencia; pero la quieren únicamente cuando la mayoría piense que es indispensable, esto es propiamente, cuando supone únicamente un superfluo punto que añadir a la «i». Son por ello dirigentes adecuados para épocas en las que el pueblo entero está de acuerdo con las instituciones, las cuales sólo serán retocadas en aspectos relativamente secundarios. Sin embargo en épocas revolucionarias, en las que las instituciones no deben ser administradas sino creadas, la praxis democrática fracasa estrepitosamente. La compasiva impotencia de los defensores de los regímenes nacionales en los golpes de estado ruso, alemán, o español son tres de los más recientes ejemplos. En tales situaciones, una vez caído el viejo aparato estatal junto con sus leyes y administración, empiezan inmediatamente a surgir, semejantes a la vieja legalidad o despreciándola, un gran número de asambleas y representaciones populares en las que convergen y se agitan todas las fuerzas sociales progresistas. En estos momentos es cuando la población tiene algunas necesidades fundamentales que satisfacer, pero no sabe qué quiere o qué hacer. Miles de campanas sonarán en los oídos de la gente que en millones de mentes no son capaces de orientarse disgregándose en muchas tendencias que lucharán entre sí.

 

Ese será el momento en que se debe tener la máxima decisión y audacia; ya que los defensores del régimen nacional se sentirán extraviados sin tener tras de sí un espontáneo consenso popular, sino sólo un turbio alboroto de pasiones. Ellos pensarán que su deber será controlar dicho consenso y se presentarán como predicadores exhortativos, allí dónde se necesitan líderes para guiar a los ciudadanos, sabiendo dónde llegar. Se perderán las ocasiones favorables a la consolidación de un nuevo régimen, buscando hacer funcionar inmediatamente órganos que necesitan una larga preparación y que sólo sirven para períodos de relativa tranquilidad, dando así las armas a sus adversarios que más tarde les servirán para rebelarse; los cuáles representarán en suma, en sus miles de tendencias, no ya a la voluntad de renovación, sino las confusas veleidades reinantes en todas las mentes que movilizándose preparan el terreno propicio para el desarrollo de una resistencia. La metodología política nacional será entonces un peso muerto en esta crisis revolucionaria.

 

A medida que los defensores del régimen pierdan su credibilidad como defensores de la libertad, debido a sus polémicas conclusiones y la carencia de un programa de medidas sociales y de una política seria, provocarán que las políticas pre-totalitarias sean inevitablemente reconstruidas y que la lucha vuelva a desencadenarse según los viejos esquemas de la oposición de clases.

 

  El principio según el cual la lucha de clases es el fin al que se reducen todos los problemas políticos, constituyó la directiva fundamental, especialmente para los trabajadores de las fábricas, y favoreció la consistencia de su política hasta el punto en que sus ideas fundamentales ya no se cuestionaban. Esta línea ideológica llega a ser un instrumento para aislar al proletariado, cuando sin embargo se impone la necesidad de transformar toda organización social. Los trabajadores, educados en un sistema clasista, no ven más allá de sus reivindicaciones como clase, sin preocuparse de como conectarlos con los intereses de las demás clases, es decir; aspiran a una dictadura unilateral del proletariado para realizar así la utópica colectivización de todos los medios de producción, indicada por la propaganda secular como el remedio de todos sus males. Esta política en realidad no llega a hacer mella en ningún otro estrato social, excepto en el de los trabajadores, privando al resto de las fuerzas progresistas de su apoyo o dejándola en manos de una resistencia hábilmente organizada para destruir al movimiento proletario.

 

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El Manifiesto de Ventotene – 2ª Entrada

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2) Se reconoció el derecho de todos los ciudadanos a participar en la formación de la voluntad del Estado; esta voluntad debería ser la síntesis de las exigencias económicas e ideológicas de toda clase social libremente expresadas. Semejante organización política permitió corregir, o al menos atenuar, muchas de las más estridentes injusticias heredadas de regímenes pasados. Además la libertad de prensa y de asociación, y la progresiva extensión del sufragio, hicieron más difícil la defensa de los viejos privilegios, manteniendo el sistema representativo.

Las clases pobres poco a poco aprendieron a servirse de éstos instrumentos para conquistar los derechos adquiridos por las clases adineradas: Los impuestos sociales sobre las rentas y patrimonios, los impuestos progresivos sobre las mayores fortunas, la exención de rentas mínimas y de los bienes de primera necesidad, la gratuidad de la escuela pública, el aumento en gastos de asistencia y seguridad social, la reforma agraria, el control de las fábricas etc. Amenazaban a las clases privilegiadas en sus fortificadas ciudadelas.

 

Incluso las clases privilegiadas, que consintieron la igualdad de derechos políticos, no pudieron aceptar el hecho de que clases desheredadas tomaran ventaja para intentar conseguir una igualdad de hecho, que habría dado a tales derechos un contenido concreto de libertad efectiva. Al finalizar la Primera Guerra Mundial la amenaza fue muy grave, siendo natural que dichas clases apoyaran y aprobaran calurosamente la instalación de dictaduras que quitaban las armas legales a sus adversarios.

 

Por otra parte, la formación de gigantescos complejos industriales, grupos bancarios y sindicatos que presionaban al gobierno para obtener la política que más apropiadamente respondía a sus intereses, amenazaba con disolver el Estado mismo en pequeñas baronías económicas que lucharían duramente entre sí. Los instrumentos democráticos liberales perdieron su prestigio, por ser las armas que usaron estos grupos para explotar del mejor modo posible a toda la colectividad; de modo que se difundió la convicción de que sólo un estado totalitario que aboliera las libertades populares, podría de alguna manera resolver los conflictos de intereses que las instituciones políticas existentes no lograban controlar.

 

Además los regímenes totalitarios consolidaron su imposición entre las distintas clases sociales en los puntos ya nombrados e impidieron, mediante el control policiaco, toda libertad ciudadana. Además, mediante la violenta eliminación de toda disidencia, consiguieron eliminar toda posibilidad legal de una ulterior corrección del estado de cosas vigentes. Así se aseguró la existencia de la clase enteramente parasitaria de terratenientes, quienes contribuyeron a la productividad social únicamente con el valor de sus títulos; de las clases monopolistas y las sociedades que explotan a los consumidores y volatilizaban el dinero de los pequeños inversores; de los plutócratas que, escondidos entre bastidores, manipulaban a los políticos para dirigir toda la maquinaria del Estado para su exclusivo beneficio, bajo la apariencia de la persecución de los más altos intereses nacionales. Las colosales fortunas de unos pocos se preservaron, así como también la miseria de las grandes masas, excluidas del goce de los frutos de la cultura moderna. Se pasó, en líneas generales, a un régimen económico en el cuál las reservas materiales y la fuerza de trabajo, que debían ser aplicadas para la satisfacción de las necesidades fundamentales de los seres humanos, pasaron a ser utilizadas para la satisfacción de los deseos más fútiles de aquellos capaces de pagar los precios más altos; un régimen económico en el que, con el derecho de sucesión, la potencia del dinero se perpetua en la misma clase, transformándose en un privilegio sin ninguna correspondencia con el valor social de los servicios prestados; y las posibilidades de los proletarios se quedan reducidas a sobrevivir, teniendo que aceptar la explotación por parte de los que les ofrecen cualquier tipo de trabajo.

 

Para mantener a la clase trabajadora inmovilizada y subyugada, los sindicatos fueron transformados de libres organizaciones de lucha, dirigidas por individuos que gozaban de la confianza de los asociados, en órganos de vigilancia policial bajo la dirección de empleados elegidos por el grupo gobernante y responsable sólo ante ellos. Cualquier corrección hecha en este régimen económico, es siempre dictada por las exigencias del militarismo, que se unieron a las ambiciones reaccionarias de las clases privilegiadas para hacer surgir y consolidar los estados totalitarios.

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El Manifiesto de Ventotene – 1ª Entrada

Título original: Il Manifesto di Ventotene

Traducido por: Tomás Bernardo

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<—– Prólogo

 

I- LA CRISIS DE LA CIVILIZACIÓN MODERNA

 

La civilización moderna impuso, como fundamento propio, el principio de la libertad, según el cuál el hombre no debía ser un mero instrumento de otros, sino un centro de decisiones autónomas. Con la ley en la mano se fue hilvanando un grandioso proceso histórico en todos los aspectos de la vida social, que hoy en día ya no se está respetando.

 

1) Se afirmó el derecho de todas las naciones a ser organizadas en estados independientes. Cada pueblo individualizado por sus propias características étnicas, geográficas, lingüísticas, históricas y por su propio concepto particular de la vida política debía encontrar el instrumento más apropiado para satisfacer sus propias necesidades del mejor modo posible, independientemente de cualquier intervención exterior. La ideología de la independencia nacional ha sido un poderoso estímulo para el progreso; ya que ayudó a superar el parroquialismo de mente estrecha en sentido de una mayor solidaridad frente a la opresión extranjera. Ello eliminó muchos de los obstáculos que impedían la circulación de gentes y mercancías; extendiendo dentro del territorio de cada nuevo estado, las instituciones y los sistemas más modernos a aquellas poblaciones que hacían permanecido más atrasadas. Sin embargo, también trajo consigo las semillas del imperialismo capitalista que nuestra propia generación ha visto expandirse hasta el punto de formar estados totalitarios y desatar guerras mundiales.

Ya no se sigue considerando que la «nación» sea el producto histórico de la convivencia de los hombres y mujeres, resultado de un largo proceso y de una mayor unidad de costumbres y aspiraciones, que encuentran en el estado la forma más eficaz de organizar la vida colectiva dentro del marco de una sociedad humana. En cambio, hoy en día, se ha convertido en una entidad divina, un organismo, que tiende a considerar solamente su propio desarrollo, sin importarle lo más mínimo el perjuicio que pueda causar en otros. La soberanía absoluta que los estados nacionales, le ha dado a cada país el deseo de imponerse, ya que cada uno se siente amenazado por la fuerza de los otros, y considera como su «espacio vital» un vasto territorio en expansión, en el cuál tenga derecho a moverse libremente y pueda asegurarse los medios de una existencia prácticamente autónoma. Este deseo de dominio de las naciones sólo puede ser aplacado por un país aún más fuerte que las termine invadiendo a su vez.

 

Como consecuencia de todo esto, el Estado pasó de ser protector de la libertad de los ciudadanos a ser señor de unos súbditos que quedaron reducidos a la servidumbre. Actualmente, incluso los tiempos de paz son considerados por los estados como pausas para prepararse a guerras sucesivas e inevitables, predominando la voluntad de la clase militar sobre la sociedad civil en muchos países, haciendo siempre más difícil el funcionamiento de políticas progresistas en la administración del Estado, en el trabajo, en la enseñanza o incluso en la investigación; la cual está dirigida principalmente a incrementar el poderío militar. Las mujeres son consideradas como meras productoras de soldados, y los derechos que van obteniendo son sólo un premio que se da usando los mismos criterios con los que se entregan premios al ganado prolífico en las exposiciones ganaderas. Desde edad temprana, mediante su educación y juegos, se enseña a los niños el manejo de las armas y a odiar a todo aquello que sea extranjero. La libertad individual se reduce prácticamente a nada, ya que todo el mundo es parte de la clase militar y está sujeto constantemente a ser llamado a servir a las fuerzas armadas; las guerras sucesivas obligan a los soldados a abandonar a su familia, su hogar y a sacrificar la vida misma por objetivos en lugares lejanos de los que nadie entiende verdaderamente su valor; en pocos días se destruyen los resultados de años de esfuerzos para aumentar un supuesto bienestar colectivo.

 

Los estados totalitarios fueron aquellos que más coherentemente realizaron la unificación de todas las fuerzas a favor de una mayor concentración y mayor grado de autarquía propia. Estas son las organizaciones que han probado ser las más adecuadas en el clima internacional anterior a las guerras. Basta que una nación dé un paso hacia una política imperialista acentuada, para que otras naciones la sigan, bien por miedo o por mera voluntad de supervivencia.

 

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El Manifiesto de Ventotene – Prólogo

CONOCIENDO UN POCO A ALTIERO SPINELLI Y SU OBRA

Texto de: Simone Corvatta

manifesto

 

Mientras se va consolidando el mito de Spinelli, se queda por lo general desconocido su pensamiento y no plenamente apreciada su contribución teórica y práctica a la unificación europea. A pesar que no hayan sido muchas las personas que han leído las obras de Spinelli, la historia, por vías subterráneas y en parte misteriosas, le han reconocido el sitio que corresponde a los protagonistas del siglo pasado y en particular de la unificación europea”.[1]

 

Este es el análisis que Lucio Levi, presidente del Movimiento Federalista Europeo en Italia, hace de la figura y del pensamiento de Altiero Spienelli. De hecho, aunque poco se conozca su obra, su nombre viene incluido entre aquellos que cuentan como los padres fundadores de la Unión Europea, tanto que en Bruselas, el mismo palacio del hemiciclo del Parlamento Europeo, con un letrero en la entrada, a él viene dedicado.

 

Para introducirnos en su obra más importante “El Manifiesto de Ventotene” vamos a conocer un poco más su vida y aquellas etapas fundamentales que le convirtieron en uno de los hombres más clarividentes del siglo pasado.

 

Spinelli nació en Roma en 1907 y ya adolescente fue influenciado por las ideas socialistas del padre. En 1924, con diecisiete años, se afilió al Partido Comunista Italiano, y pronto asumió el cargo de secretario juvenil, antes de Italia central luego para Italia norte-occidental. A causa del fascismo con dieciocho años entró en la clandestinidad y en 1927 fue detenido en Milán y condenado por el Tribunal especial a dieciséis años de cárcel.

En total expió diez años de cárcel y ocho de confinamiento: dos en la isla de Ponza y finalmente cuatro en la isla de Ventotene. Es aquí donde, en 1941, redactó con Ernesto Rossi el famoso Manifiesto, cuyo título completo es Para una Europa liberal y unida. Proyecto de un manifiesto.

Este documento es el resultado de una larga reflexión teórica y personal que cambió a sí mismo y a su percepción del mundo, como testimonia su autobiografía “Come ho tentato di diventare saggio” escrito en 1984. Este proceso terminó con sus dimisiones del Partido Comunista, de donde venía expulsado en 1937 cuando aún estaba confinado en la isla de Ponza. El motivo fue, como él mismo declaró, el resultado de un “monólogo con la libertad” empezado al cerrarse las puertas de la cárcel a sus espaldas. De hecho ya se había distanciado de Stalin, de los Procesos de Moscó y del comunismo soviético. Su libertad en la crítica al comunismo le llevó inevitablemente a la expulsión, sin por eso perder el empeño a la lucha contra el fascismo, el capitalismo y el imperialismo mundiales.

Fue el encuentro con Ernesto Rossi que le abrió los ojos sobre una nueva manera de hacer política. Recibió de él una importante lección de método:

 

Una vez aceptados como axiomas ciertos ideales de civilización, […] el deber supremo era para Ernesto Rossi la aplicación de la grande regla del pensamiento iluminista que exigía que cada cosa humana que le apareciera de algún modo no conforme con aquellos ideales, fuera llevada delante del tribunal de la razón; si el juicio hubiera sido de condena, se hubiera tenido que proponer algo mejor para corregirla o sustituirla del todo”[2].

 

Y a partir de ese momento esta forma tan sencilla y eficaz haría limpieza de sus viejos pensamiento y le abriría la mente para la elaboración de nuevas ideas y nuevos métodos. Llegó al punto de renunciar al intento de sustituir el capitalismo con el socialismo, reconociendo en los razonamientos del amigo, los servicios insustituible aportados por la economía de mercado, el vínculo lógico no eliminable entre propiedad pública de todos los medios de producción y despotismo político, la inconsistencia lógica de cada forma de sociedad sindicalista, corporativa o de autogestión, que fueran sustitutiva del mercado. Este método le llevó también a decretar la inconsistencia de la Sociedad de Naciones, basada sobre la relación de entidades nacionales y soberanas, entonces antagónicas, que faltaban de una unión de carácter constitucional. En fin, acercándose al federalismo come la posible solución, decidió de alejarse del federalismo ideológico proudhoniano o mazziniano, y coger como modelo el pensamiento “limpio y preciso” de los federalistas ingleses, donde en sus escritos encontró un método eficaz para analizar la situación en que Europa se estaba derribando, y elaborar perspectivas alternativas[3].

 

El Manifiesto de Ventotene es el resultado de un debate entre Spinelli, Rossi y Colorni, con la participación de Ursula Hirschmann (futura mujer de Spinelli) y otros confinados en la isla y pertenecientes a distintas formación política y nacionalidades, reunidos todos en una mensa federalista en la isla de confino; tal como otras de más grupos políticos allí presentes. El manifiesto fue redactado en 1941 y modificado con la entrada en guerra de la Unión Soviética para tener un cuadro político más actualizado.

El modo con que el manifiesto salió clandestinamente de la isla de confino nunca fue aclarado, quedándose relegado un poco en la leyenda, pero entre 1941 y 1943 de alguna forma el manifiesto empezó a circular entre los ambientes clandestinos de Italia. La primera edición impresa es de 1943 después de la constitución del Movimiento federalista europeo el 27-28 agosto del mismo año en Milán. Sin embargo algunos aspectos tratados sobre la reforma de la sociedad italiana ya resultaban superados y poco convincentes, tanto que el mismo Spinelli quiso reescribirlos de principio. Así que el Manifiesto no fue debatido en las reuniones de Milán y por consecuencia no se convirtió en el manifiesto del MFE[4].

La segunda edición fue publicada clandestinamente en 1944 en Roma cuando la ciudad estaba ocupada por los nazis y Spinelli y Rossi viajaban a Suisa para tomar contacto con los demás federalistas de otros países europeos. Lo que podemos leer hoy nosotros es el resultados de muchas revisiones por los mismos autores y sin falta la más completa.

El fin perseguido por Spinelli con el Manifiesto de Ventotene no era algo de arbitrario, sino correspondía a las necesidades de una fase de la historia y pertenecía a las reales posibilidades de nuestro tiempo. Sin embargo el mensaje federalista no hubo mucha repercusión en principio. De hecho, de los más de ochocientos confinados en la isla de Ventotene sólo 5 adhirieron al federalismo europeo.

Como siempre las nuevas ideas no vienen entendidas a la primera y por eso acogidas con indiferencia y hostilidad. Todos pensaban en la reconstrucción de los viejos Estados nacionales según los principios de los respetivos partidos. La mayoría de los confinados se quedaba demasiado vinculada a los principios del viejo pensamiento político, no dispuesta además en aceptar que hubiera alguien a indicarle la vía para recorrer. La misma acogida recibía en el continente, sobre todo por parte del movimiento antifascista aun vinculado a una perspectiva estadocéntrica y no preparado a atribuir como prioritario el objetivo de la unificación europea respecto a las reformas políticas nacionales.[5]

 

A pesar de esto la obra de Spinelli, Rossi e Colorni se revela extremamente innovadora en el campo de la acción política. En el Manifiesto de Ventotene viene desarrollada una teoría de la acción democrática para unificar un conjunto de estados. Las principales orientaciones son[6]:

a)      La necesidad de actualidad de la Federación Europea;

b)      La prioridad estratégica del objetivo de la Federación europea con respecto a la reforma del Estado nacional;

c)       El desplazamiento del centro de la lucha política desde un plan nacional a uno internacional;

d)      La constitución de una fuerza federalista independiente como vehículo de la batalla para la Federación europea;

e)      La asamblea constituyente europea como medio para construir un poder democrático europeo.

 

La inspiración política de Spinelli se basa sobre una idea central que es la de la actualidad de la Federación europea, un objetivo que se ha convertido en posible a partir de la Segunda guerra mundial. Hoy como nunca se queda la actualidad y la exigencia del cumplimiento de este proceso, y sobre todo, son los federalistas lo que pueden llevarlo a cumplimiento, porque ellos, tal como escribía el mismo Spinelli:

 

Los federalistas quieren formar el núcleo de una clase dirigente progresista, que tenga las capacidades revolucionarias de los comunistas, sin tener sus taras. Sus enemigos son las fuerzas reaccionarias que quieren conservar los privilegios de los estados soberanos, de los egoísmos seccionales, de la riqueza parasitaria, es decir el militarismo imperialista, el desorden económico y la explotación de los débiles[7].

 

A nosotros, federalistas de hoy, nos queda el legado de mantener siempre actual el discurso federalista y trabajar para que no se pierda nunca entre las incrustaciones de la historia.

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[1] Levi Lucio, “Altiero Spinelli, fondatore del movimento per l’unità europea” in Spinelli Altiero – Rossi Ernesto, “Il Manifesto di Ventotene” – Arnoldo Mondadori Editore, Milano 2006; pag. 137-138

[2] Spinelli Alteiro, “Come ho tentato di diventare saggio” – Il Mulino, Bologna 1999; pag. 254

[3] Ibid. pag 307-308

[4] Paolini, E. “Altiero Spinelli. Dalla lotto antifascista alla battaglia per la Federazione europea. 190-1948: documenti e testimonianze” – Il Mulino, Bologna 1996; pag. 329

[5] Levi, Lucio op. Cit. Pag. 155-156

[6] Ibid. pag. 162

[7] Spinelli, Altiero “Politica marxista e politica federalista” in Spinelli Altiero – Rossi Ernesto, “Il Manifesto di Ventotene” – Arnoldo Mondadori Editore, Milano 2006; pag. 133-134