Demos y Democracia por Sylvie Goulard

Artículo traducido por Jorge Tanarro Colodrón
El artículo original está disponible aquí, en la web del Grupo Spinelli.

Para los que se oponen a una Europa unida no existe lo que entendemos como el pueblo o ‘el demos’. Por eso, les es imposible imaginar una democracia que sobrepase los estados soberanos.

La verdad histórica es diferente. En Atenas, pertenecer a un demos pre-existente no era la justificación para el ejercicio de los privilegios democráticos, de hecho ocurrió a la inversa: fueron decisiones comúnmente compartidas las que dieron lugar a un nuevo demos. Fue gracias a un político con visión de futuro en el siglo VI aC, Clístenes, quién comenzó a liberar la política ateniense de los vínculos familiares, considerados hasta entonces como «naturales», para crear finalmente un nuevo pueblo. Por supuesto, no es de extrañar que los instintos «tribales» se opusieran a la emergencia de una sociedad abierta. En un mundo que cambia rápidamente, sin embargo, no es posible continuar viendo al pueblo como una entidad inmutable, un punto fijo eternamente. Como el historiador francés Pierre Rosanvallon escribe, en el interés colectivo, excluir «un grupo humano que sólo se contempla en términos de una dada homogeneidad (…) no sólo es antidemocrático sino que ni siquiera es político … Comparado al concepto de identidad, la noción de comunidad se reduce generalmente a un catálogo de nostalgia y clichés. (…) Así es como se vuelve pasiva, conservadora, incapaz de iluminar el futuro y dar sentido a un mundo nuevo «.

Ver la identidad como un hecho también es extraño cuando se considera la historia de Europa. «La mayoría de las historias nacionales», escribió Emmanuel Berl, un historiador francés del siglo pasado, «son mitologías que fueron concebidas con una increíble potencia lírica y un atractivo emocional extraordinariamente eficaz en el siglo XIX. No sólo sirven para glorificar a la nación, sino también para justificar y reavivar la rivalidad entre los países (…) «.

Los nacionalistas están convencidos de que Europa es una entidad «artificial». Como si nuestras historias nacionales no estuvieran literalmente repletas de mentiras y escenificaciones. No sólo se ‘hicieron’ los italianos: las naciones francesa y alemana también surgieron gracias a la propaganda difundida en escuelas y en el ejercito. El objetivo de dos libros como Cuore [corazón] de Edmondo De Amicis y Le Tour de France par deux enfants de Agustín Fouillée (publicado bajo el seudónimo G. Bruno), ambos publicados en la década de 1870, era muy parecido. Como vivimos en este contexto, estamos convencidos de que será difícil ‘construir’ Europa. En realidad, es difícil desmontar los mitos que perduran y los prejuicios miopes que nos impiden descubrir la existencia de estos mitos. Citando a Berl de nuevo, para crear Europa «no hay necesidad de ocultar la verdad, sólo hay que decirla en voz alta». Los bordes nacionales no han puesto freno a las grandes aventuras de este continente, como la construcción de las abadías, el esplendor de las catedrales góticas, la Reforma protestante y los excesos del barroco de la Contrarreforma. No tiene mucho sentido separar la pintura flamenca de la italiana cuando se estimularon mutuamente entre sí. Antonello da Messina y Jan Van Eyck lo habrían encontrado extraño cuanto menos.

En la época de la Ilustración francesa, los intercambios entre los filósofos no conocían fronteras nacionales. En cualquier caso, hay una razón muy sencilla que debería empujar a la gente hacia la unión europea: el euro. Si queremos mantener la moneda única, y si es cierto que esto requerirá políticas económicas, sociales, fiscales y presupuestarias convergentes; entonces estas áreas de interés también deberían cumplir con las necesidades democráticas.

El Consejo de Europa está haciendo evidente que sin un debate democrático sobre las decisiones importantes que se deben tomar, sin que el ejecutivo rinda cuentas ante un parlamento, Europa no puede ser eficaz y perderá su legitimidad con el tiempo. La respuesta a la crisis financiera requería la toma rápida de decisiones, pero no se puede manejar así una crisis social a largo plazo, que es lo que los estados miembros de la UE están tratando de hacer.

Si no cambia nada en la gobernanza europea, no sólo Europa se arriesga a su colapso, las democracias nacionales también estarían en peligro. Pedir a los ciudadanos que elijan un gobierno a nivel nacional, donde ya no hay decisiones que tomar, y no permitirles elegir a las personas que toman las decisiones reales (en este caso, la Comisión Europea) sólo puede degenerar en frustración y populismo. Creo que este es el desafío número uno de Europa.