«Si los partidos asumen cotas de poder propias de la sociedad civil es porque esta es anémica»

Entrevista por: Angel Satué

Artículo original en páginasDigitales.es

José María Gil-Robles es jurista y político. Nacido en 1935, vivió en el exilio de Estoril, con su familia, hasta que volvió a España. Ingresó en el Cuerpo de Letrados de las Cortes Generales en 1959 y comenzó su actividad política durante el franquismo dentro de la formación Democracia Social Cristiana. Fue elegido diputado al Parlamento Europeo como independiente en 1989, siendo su presidente desde el 14 de abril de 1997 al 19 de julio de 1999. Siguió siendo eurodiputado hasta 2004. Es afiliado del Partido Popular desde 1990.

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Los partidos políticos en España han asumido cotas de poder, no ya en las instituciones sino en el propio tejido social, que peligrosamente nos acercan a un régimen partitocrático. Desde un punto de vista liberal-conservador es evidente que no es algo deseable. En el nivel europeo, que usted conoce tan bien, ¿podría llegar a pasar esto dado que es inexistente una opinión pública europea, o no digamos un pueblo europeo, que puedan actuar de contrapeso?

Los partidos políticos son esenciales para el buen funcionamiento de la democracia. Si en España estos asumen cotas de poder que debían responder a la sociedad civil es porque esta es anémica, no por culpa de los partidos sino porque muchos ciudadanos no quieren asumir su responsabilidad sino que el poder les resuelva todos sus problemas. Cuarenta años de régimen autoritario tienen unos efectos que no se desvanecen así como así. En el nivel europeo eso no pasa porque precisamente la multiplicidad y variedad de opiniones públicas y la mayor tradición democrática de los países más influyentes lo impide. Pero riesgo de partitocracia siempre hay y solo se combate con una educación ciudadana y el ejercicio de la democracia.

Como dijo Madariaga, parte de Europa ya tuvo antes una unión monetaria en los primeros años del siglo XX y las personas podían circular libremente por Europa. Ahora, de nuevo, esto sucede en Europa, pero ¿existe el riesgo de darlo por hecho, de no dar razones para un compromiso europeo? ¿Qué razones serían estas que evitarían una involución?

La diferencia con la época a que se refería Madariaga es que el actual proceso de integración se hace con instituciones comunes con poder directo sobre los ciudadanos y en representación de estos, y que viene exigida por la evolución del mundo. En un mundo globalizado ninguna nación europea viviría mejor sola.

Muchos europeos temen, por un lado, una Europa abierta, diversa, multiétnica, multirreligiosa… En definitiva, existe miedo a los retos del nuevo mundo global. ¿Cómo puede el europeo de hoy recuperar la confianza en sí mismo, en sus conciudadanos y ver en ellos un bien?

El miedo a la libertad solo se supera ejerciéndola y palpando que los bienes que trae son superiores a los males. Para ello hay que ser optimista, estar abierto a lo nuevo, al futuro.

A primeros del siglo XX uno de cada cuatro habitantes de La Tierra era europeo. En pocos años, solo seremos 1/6 de la población mundial. ¿Qué forma político-administrativa debería adoptar Europa en este mundo interdependiente e hiperconectado?

Evidentemente la de una federación, que es la que mejor responde a su característica que es la unidad en la diversidad y también la más acorde con las exigencias de un gobierno multinivel que es el que requiere un mundo cada vez más complejo.

¿Qué le movió a usted a entrar en política y a cooperar con otros europeos en la construcción de Europa?

La convicción de que para España la democracia y la incorporación a la Unión Europea eran las dos caras de una misma moneda y que ambas resultaban indispensables para nuestra patria. Es una convicción generacional.

Hace años, se estudiaba que la montaña más alta de Europa era el Montblanc. Ahora parece ser que es el monte Elbrús, cercano a la frontera de Georgia. Turquía, Israel, Suiza, Noruega, Marruecos, Georgia, Ucrania… ¿Dónde cree que está realmente Europa?

La Gran Europa la forman los cuarenta y tantos países representados en el Consejo de Europa[1]. Pero la Unión Europea ya ha llegado a sus límites razonables, que son el Mediterráneo por el sur y la actual frontera que va desde Finlandia a Bulgaria por el este.

Mis hijas de 4 y 2 años me harán algún día esta pregunta: ¿por qué la Unión Europea? ¿Podría anticiparles la respuesta?

La respuesta ha de ser la misma que cuando le pregunten ¿por qué España?

¿Qué puede aportar el humanismo cristiano al proceso constituyente europeo cuando toque?

El humanismo cristiano ha inspirado desde el principio el proceso constituyente europeo, que se basa en la colaboración en lugar de la guerra, el perdón frente al rencor. Por eso, los tres gobernantes que pusieron en marcha el proceso –Schuman, Adenauer y De Gasperi– fueron democratacristianos y ha sido el Partido Popular Europeo, el de los democratacristianos, el que más firme y constantemente ha impulsado la Unión. El humanismo cristiano no es algo que hay que añadir al proceso de unificación europea, es su esencia. Ya es hora de que cierta derecha integrista, que solo piensa en las formas, se dé cuenta.

 


[1] [NDR] El Consejo de Europa es una organización internacional de cooperación regional que gracias a la colaboración entre estados configura un espacio político y jurídico común en el continente que defienda y preserve la democracia y los derechos Humanos. No es una institución de la UE por lo tanto de confundir con el Consejo Europeo o el Consejo de la UE.

Una unión más perfecta: España y Portugal, Portugal y España

Autor: Angel Satué

Publicado originalmente en www.paginasdigital.es el 14 de octubre 2014

Portugal y España, España y Portugal, entraron de la mano en la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea, en 1986. La Unión Europea es de hecho y de derecho la expresión actual de la unidad ibérica. Ésta, ha sido por siglos temida por Portugal, temerosa de volver a caer bajo las garras del león que representa la Monarquía Hispánica, como en tiempos de Felipe II, II y IV, y ansiada, efectivamente, por España, con afán hegemónico sobre el hermano pueblo luso. Ahora, ambas comunidades nacionales, que conforman por derecho propio y por tradición una misma nación ibérica, están unidas en y por Europa.

Como se desprende de la Declaración conjunta correspondiente a la XXVII Cumbre Luso-Española, de este año 2014, Europa ha ocupado una parte sustancial de las valoraciones.

Ambos países hemos vivido de espaldas muchos siglos (desde 1640), aunque también es cierto que las dos últimas centurias han sido relaciones pacíficas, lo que no pueden decir otros europeos de sus respectivos vecinos, como bien apunta el profesor Ángel Rivero:

El conflicto entre nosotros es inimaginable, y trabajando por y para una Europa más unida, ambos Estados se hermanan cada vez más. En la actualidad hay iniciativas y proyectos de interés conjunto como la consecución del mercado interior de la energía (MIBEL), la creación del mercado del gas ibérico (MIBGAS), un plan de acciones conjuntas de 2014 en el sector turístico, la gestión conjunta de líneas de ferrocarril entre Galicia y la región del Norte de Portugal, el Laboratorio Internacional de Nanotecnología, las interconexiones del ferrocarril de mercancías, el paralizado AVE, etc.

España es hoy el primer cliente de Portugal (23%) seguido de Alemania (11.9%) y Francia (11.6%), y el primer proveedor de Portugal (32.1%) seguido de Alemania (11.3%) y Francia (6.7%). Portugal es el cuarto mercado de destino de las exportaciones españolas, tras Francia, Alemania e Italia. Somos el segundo destino del capital portugués. España representa el primer inversor en Portugal. Estas cifras no siempre fueron así. De hecho fueron casi “cero”, y se lo debemos a la Unión.

Por todo esto, y por el futuro de ambas naciones y de sus hijos, quiero proponer la creación de una plataforma que busque la unión entre ambas naciones en una unión ibérica, que al final del proceso, estaría gobernada, alternativamente, por la Jefatura de Estado portuguesa un período de tiempo, y por la Jefatura de Estado española, otro.

En el ánimo estará crear una unión más perfecta entre los respectivos pueblos, a la que estarán llamados tanto Andorra como Gibraltar,  así como poder influir en Europa de una manera eficaz y coordinada, así como actuar en las Cumbres Iberoamericanas y en el mundo luso parlante (Países de lengua Oficial portuguesa, PALOP), con una sola voz.

Esta unión tendría como lenguas oficiales, en principio, el portugués y el castellano. Con Andorra, el catalán. Con Gibraltar, el inglés. Después, Portugal, tendría reconocido en su territorio el mirandés, y España, el resto de lenguas españolas en sus respectivos territorios.

Merece particular atención el caso de Andorra y Gibraltar. Si se aceptara su entrada en la alternancia en la dirección de la pretendida unión, sólo podrían serlo cuando en tales territorios coincidiera en esos años la Jefatura de Estado española, esto es, la tradicional del Obispo de Urgell – que debería de pasar a la Generalitat de Catalunya – (recordemos que Francia es el otro cosoberano) y, la novedosa y por negociar, de la Junta de Andalucía sobre Gibraltar – como territorio andaluz “especial”– (recordemos que Reino Unido sería el otro cosoberano).

El papel de Francia y Reino Unido como potencias observadora se merecería especial atención, lo que podría llevar a excluir a Andorra y Gibraltar de la Unión ibérica, por razones obvias e intereses contrapuestos entre, por un lado,  la Unión Ibérica y, por otro, Francia y Reino Unido. No olvidemos que lo importante es la unión de Portugal y España.  De este modo, esto nos lleva a pensar que sólo una Andorra y un Gibraltar independientes de Francia e Inglaterra, podría ser una solución creíble para su integración en la Unión Ibérica, siempre que se diera la cosoberanía española, o una luso-española. Eso, o que mantuvieran un estatus asociado por 100 años de la Unión ibérica, momento en que se integrarían respectivamente en Andalucía y Cataluña, sin más. En todo caso, España y Portugal deberían actuar antes, y Andorra y Gibraltar, ya se vería.

Todo este proyecto no es en absoluto novedoso. Ha habido proyectos como este. De hecho se trata del antiguo movimiento iberista o iberismo, con la distinción de que ahora estamos unidos en la Unión Europea.  No hago más que reproducir lo que Monnet y el resto de Padres de la Unión iniciaron con la creación de una Autoridad única para la gestión del carbón y del acero (CECA), en Europa occidental.

En Iberia, en Hispania, en la Península, propongo una serie de medidas que con el paso del tiempo (probablemente no menos de medio siglo), hermanen para siempre a ambos pueblos en y por Europa, y sean fuente de significado y de razones para la unidad del resto de regiones españolas y portuguesas.

1. Los alumnos y en general, resto de la población, de las CC.AA y regiones portuguesas fronterizas, aprendan portugués y español, respectivamente.

2. Constitución de la Autoridad Ibérica Hidrográfica para la gestión del Duero, Tajo y Guadiana.

3. Creación de la Liga de Futbol Ibérica.

4. Salvamento Marítimo Luso-Español (cuerpo conjunto).

5. Creación del Alto Comisionado de Asuntos Ibéricos.

Aquellos que estén dispuestos a impulsar este proyecto encontrarán asociaciones de reciente creación. No obstante, los movimientos nacionalistas catalán, vasco y gallego, a buen seguro verían en esta perfecta unión ibérica propuesta una causa para su independencia de España y, paradójicamente, una excusa para su entrada en la federación ibérica en pie de igualdad con Portugal y España. No se trata de eso, se trata de la Unión de dos naciones, la portuguesa y la española, dentro de la Unión Europea, sin mirar al pasado ni a la historia más que lo necesario para darse cuenta de que el futuro se debe mirar juntos, de la mano.

La cooperación europea en Seguridad y Defensa

Escrito Por: Ángel Satué

Publicado en: ONE Magazine   el 24 de febrero 2015

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A comienzos del 2013, Berlín y París mantuvieron un serio desencuentro diplomático con relación a la posible exportación de dos tipos de vehículos por parte de la industria gala a Arabia Saudí. Por un lado, el Aravis, de Nexter y, por el otro, el MPCV o vehículo multipropósito de combate, de MBDA y el Grupo Lohr. En ambos vehículos, hay componentes de fabricación alemana por lo que requieren la autorización del Bundestag para poderlos exportar, autorización que, hasta la fecha, no ha llegado. Por otro lado, prácticamente al mismo tiempo, Francia y Alemania, finalizaban una cooperación en la EDA relativa a unas Guidelines sobre sistemas de protección de campamentos, habiendo financiando a la alemana Rheinmettall D&E y a la gala Thales TDA.

Esta es la dinámica de la cooperación en materia de defensa y seguridad en Europa. Existe, por tanto, una tensión en la construcción de la Europa de la defensa en torno a diferentes intensidades de cooperación, dado un mínimo interés común.

Según la RAE, cooperar es “obrar juntamente con otro u otros para un mismo fin”. Por tanto, es actuar sobre la realidad conocida con otro. Se precisa, además, una identidad en los fines, una comunidad de intereses.

Se cooperará, entonces, cuando dos o más sujetos se pongan de acuerdo para transformar la realidad que les interesa, de acuerdo a un plan para conseguir un fin que les es propio, y además común, aunque para ello desplieguen sus acciones en áreas diferenciadas pero complementarias.

Esta noción de cooperación la encontramos en la Unión Europea (UE), que es proceso e institución al tiempo. La UE, así concebida, es un modelo abierto de cooperación y de coordinación, en función de las materias y competencias. Ésta se sustenta principalmente en la existencia de una comunidad de intereses y de fines previa. Un ejemplo lo encontramos en el Tratado de Lisboa, al prever la infructuosa Cooperación Estructurada Permanente (Artículo 42.6 y Protocolo 10).

¿Existe alguna razón por la cual el Comité Económico y Social, en su dictamen sobre el tema «Necesidad de una industria europea de la defensa: aspectos industriales, innovadores y sociales» (dictamen de iniciativa) considera que es necesario un “espíritu de cooperación más estrecha en materia de defensa”, o que “debería iniciarse lo antes posible una planificación ordenada mediante la cooperación entre las instituciones europeas, los estados miembros y las industrias de la defensa”?

Jean Monnet, padre fundador de la UE, dijo que “construir Europa es construir la paz”. No puede ser de otra manera, si miramos el pasado de nuestro gran continente.

Por tanto, cooperar en Europa ha sido durante más de 50 años, y sigue siendo, sinónimo de evitar la guerra entre sus grandes potencias. Cooperar es apostar por la paz como valor. No en sí mismo, sino por cuanto permite al hombre europeo del siglo XXI construir su propio destino conforme a sus raíces. Para los europeos que han vivido en dictaduras, paz no es igual a democracia. En este sentido, la paz en libertad dentro de la UE es la mejor de las formas demostradas de convivencia. Alcanzar esta libertad exige, por supuesto, sacrificios y, además, confianza recíproca.

A menudo, el idealismo es el motor de la construcción europea. Sin embargo, a medida que descendemos por la pirámide del proceso, vemos que cada pieza es fruto de una intensa cooperación, movida muchas veces por difíciles situaciones de equilibrio, más propias del realismo, el pragmatismo y los intereses nacionales. No obstante, siempre subyace “algo” que impulsa la cooperación y es capaz de alterar las políticas nacionales. Es el “mismo algo” que motiva el entendimiento entre las personas, como apuntaba en 1934 Albert Einstein: “La supervivencia de Europa depende de su éxito (…) Lo fundamental para crear la atmósfera adecuada es la cooperación personal entre los que creemos en ello. ¡Ojalá nuestros esfuerzos logren tender un puente de mutua confianza entre las naciones!”.

Así, la cooperación europea en materia de seguridad y defensa tiene ese vértice idealista, pero tiene unas profundas bases realistas. Es fruto de una puesta en común y confiada de una serie de necesidades. Estas necesidades hacen ver las carencias y debilidades. Y cuando compartimos las necesidades propias con los demás, y viceversa, es cuando el destino del otro –estado europeo- pasa ser considerado como propio.

Ahora bien, no se puede tratar de construir Europa empezando por los programas de cooperación de armamento. Es, más bien, al contrario. Estos programas, necesarios para preservar en el mundo nuestros intereses, libertades e identidad, han de ser el resultado de una construcción política, económica, cultural, social, etc., más amplia y previa. Creando, pues, una solidaridad de hecho y de derecho, y preservando una comunidad de valores compartidos y compatibles, forjados a lo largo de los siglos, se puede poner el acento con éxito en la seguridad. De lo contrario, incurriríamos en un error fundamental, pues la seguridad y la defensa no son, ni puede serlo nunca, un fin en sí mismo para la construcción europea. Es un medio subsidiario para su defensa y protección, que garantiza nuestra paz en libertad.

No se trata de cooperar por cooperar. Así como la ausencia de recursos no es la causa de la cooperación entre europeos (para distribuir los altos costes de los programas), su abundancia no legitima el abandono de cualquier fórmula cooperativa.

El incentivo de buscar la defensa común de lo que se ha construido por la Política podrá dar el fruto futuro de un reparto y distribución de la tarea de la defensa y la seguridad, entre los estados europeos y sus industrias. La diferencia es casi imperceptible, pero convierte a la Unión en la mayor suma de democracias del mundo, y en la mayor potencia civil. Esta es la clave para interpretar adecuadamente la cooperación en Europa.

¿Qué razones motivan la cooperación europea en armamento?

Políticas. Consolidación de lazos políticos entre países amigos. La Europa de la defensa, debemos afirmar que ya existe, y está en la Alianza Atlántica, a pesar de la cláusula 42.7, de asistencia mutua, del Tratado de Lisboa. Además, no es necesario centrarnos exclusivamente en el ámbito de una Europa Unida o en la UE para consolidar lazos entre estados europeos. Los europeos hemos tejido una compleja malla de relaciones sobre un poso común, de modo que avanzamos a una unión más intensa a diferentes velocidades y desde distintas iniciativas. Así, las hay ajenas, pero relacionadas con la Unión, como la LOI o la OCCAR, o bien, de la propia Unión, como la cooperación estructurada permanente, la cooperación reforzada, la EDA, etc.

El impulso político (tan necesario como una opinión pública que comprenda el sector) exige decisiones valientes, dados los riesgos y nuevos adversarios globales. Deberá dirigirse a:

a) Consolidar una relación más equilibrada con EEUU, reforzando las industrias de defensa europeas para lograr una Europa cada vez más integrada, con el objetivo de lograr, con el paso del tiempo, un nivel óptimo de cooperación industrial transatlántica más allá del nivel de subcontratistas.

b) Trabajar por una redistribución de poder en el seno de la OTAN, otorgando a los países europeos mayor responsabilidad (y autonomía) en la defensa de sus intereses. Esto mejoraría la cooperación UE – OTAN.

c) Introducir la colaboración público-privada por razones de eficiencia y, sobre todo, por responsabilizar a la propia sociedad en la defensa de sus libertades y bienestar.

Económico-presupuestarias. La comunalidad e interoperabilidad de los sistemas de armas y la reducción del coste de los programas, gracias a las economías de escala; la revolución tecnológica de las últimas décadas aplicada al armamento; el aumento de calidad de los productos y procedimientos logísticos y de fabricación; los altos costes hundidos de I+D; la escasez presupuestaria; un enemigo difuso -en lenguaje de la Guerra Fría-; ciclos de vida más cortos; costes de mantenimiento en ascenso; el riesgo de la obsolescencia; todo ello ha encarecido progresivamente los programas de armamento. Para evitar la paradoja del desarme estructural (más gasto y menos sistemas de armas), es preciso sistemas más versátiles y flexibles, con menos costes hundidos, adaptables al uso civil y a otro tipo de tecnologías que vaya surgiendo y, en definitiva, que respondan a las nuevas necesidades y amenazas. Estas razones, unidas a otras propias de las relaciones internacionales, hacen fructífera también la cooperación en la exportación de material de defensa y seguridad, creando fuentes complementarias de suministro vía offset y generando, al tiempo, fuerzas armadas extranjeras operando sistemas europeos.

Militares. “Son las razones de pura eficacia operativa”. Así lo decía Jan Van Houwelingen, antiguo presidente del Grupo Europeo Independiente de Programas (GEIP). Lo relevante es la definición de las capacidades militares que se tienen y las que se quieren. A partir de esta fotografía, se puede completar el ciclo de la cooperación en su vertiente tecnológica-industrial, en el marco de las otras vertientes política y económica.

Detectada la necesidad de actuar conjuntamente por parte de los países, ante escenarios estratégicos iguales o similares, está la necesidad de trabajar en la coordinación de los diferentes ejércitos, sus culturas e idiomas. Esto quiere decir que, si hubiera un Ejército europeo –más allá de los Battlegroups, que son batallones nacionales bajo bandera de la Unión-, la cooperación sería más fácil que si no lo hubiera. Al no haberlo, hay que trabajar intensamente en áreas donde coexisten diferencias, por ejemplo, en doctrina, pasando por los requerimientos militares, o en las distintas culturas estratégicas. Félix Arteaga lo mencionaba respecto a las relaciones entre la UE y la OTAN, difíciles, por cuanto la verdadera seguridad colectiva de Europa se encuentra, de momento, en la OTAN, pese a las cláusulas de asistencia mutua (42.7) y de solidaridad (222) del Tratado de Lisboa.

Política industrial. Estas razones siempre están sobre la mesa. En Europa, es el momento del reparto de cuotas industriales en áreas tecnológicas de defensa, existentes y por venir. Sería la mejor noticia para el concepto “Made in & by Europe”. Crearíamos dependencias estructurales, con ánimo de acceder a nuevas capacidades industriales, superando los escollos de la seguridad del suministro y de la información. Los estados asumirían diferentes intensidades de liderazgo en nichos de especialización, centros de excelencia, etc., en áreas como: espacio, tecnologías de doble uso, fuentes de aprovechamiento energético, sistemas ágiles capaces de interactuar entre ellos, tecnologías simples multipropósito, plataformas adaptables a nuevos desarrollos, demostradores “evolutivos” hacia riesgos desconocidos…

Las cuotas, por tanto, son un legítimo instrumento de cooperación, capaz de aunar interés nacional e interés europeo, aunque el óptimo nacional evidentemente no será el europeo.

La política industrial europea sobre el sistema de cuotas nacionales negociadas buscaría la mejora de la eficiencia, el aprovechamiento y aumento de las capacidades actuales, y best value for money para el contribuyente. Sería una medida estructural y global, superadora del “retorno exacto” (‘just retour’) y del ‘workshare/costshare’.

En la ejecución de esta política, existe el riesgo de dejar a las fuerzas del mercado la reestructuración y la política de especialización no negociada, a través de fusiones y adquisiciones, a golpe de reforma liberalizadora de Bruselas. Evidentemente, solo beneficiaría a las industrias de los más grandes. Éstas mantendrían o ampliarían los puestos de trabajo de alta cualificación técnica y alto valor añadido, al producirse una expansión de los mercados de defensa, actualmente muy cerrados, en detrimento de naciones como España. Para evitarlo, los estados son los que deberían marcar las pautas a la industria (y no al revés), en función de sus escenarios de seguridad, señalando los pasos de la reconversión industrial europea de defensa.

CONCLUSIÓN

En conclusión, el reto de la cooperación en programas de armamento en Europa no es solo el reto de poder construir algo duradero y conforme a nuestra historia. Es el reto de defenderlo y darlo a las generaciones futuras. Es un proceso que exige imaginación y pragmatismo a partes iguales. Esto es Europa hoy: esperanza, ilusión e imaginación, con mucha paciencia y respeto fraterno. Es el mejor valor que tenemos en un mundo global moldeado por nosotros, los europeos, desde hace más de 500 años.