Putin: el cisne negro de la diplomacia europea

Por: Álvaro Ibáñez Fagoaga

La tensión en Europa del Este aumenta cada día. La guerra civil ucraniana no solo esta dejando huellas en su propio suelo, sino que continuos los batacazos diplomáticos han desdibujado la idea concebida tanto de la Europa oriental como de la comunitaria.  La Unión Europea y la Federación Rusa han comenzado a entrecruzar sanciones económicas, un panorama que en el contexto internacional resulta poco alentador.

Nadie cabía esperar hace apenas un año que la nueva estrategia diplomática abordada por Putin tras el giro de los acontecimientos acaecidos en suelo ucraniano lograría generar tal impacto en la sociedad europea. Emulando al término económico del «cisne negro», el nuevo rol diplomático tomado por Rusia está cambiando drásticamente las relaciones políticas y diplomáticas de Rusia y Europa Oriental con la Unión Europea.

Putin, haciendo alarde de un maquiavélico ingenio diplomático, ha logrado utilizar el turbulento conflicto ucraniano tanto para reforzar su presencia en Europa del Este como para volver a  su anterior política, una más que evidente postura agresiva y de confrontación. Con el pretexto de una Ucrania partida en dos, la Rusia de Putin pretende recuperar el poderío y la influencia diplomática que desde la caída del bloque soviético prácticamente no ha cesado de mermar hasta nuestros días.

Tras el golpe de estado perpetrado por los hombres del Euromaidán, Putin y todas sus delegaciones diplomáticas presionaron enormemente para que aquellas zonas que se sintiesen descontentas con el golpe se rebelasen frente a lo que consideraba un intolerable atropello. En apenas unos meses, Crimea, la emblemática región en la que turcos, rusos e incluso británicos disputaron largas y cruentas guerras, volvió una vez más a manos rusas. El sentimiento de proximidad cultural con Rusia era más que evidente, y el derrocamiento del presidente prorruso unido a la habilidad diplomática de Putin logro otorgar a Rusia de una manera pacífica lo que durante siglos de cruentas guerras apenas habían logrado mantener.

Pese a todo, el asunto no quedó resuelto tras este altercado:  otras regiones con una similar proximidad identitaria rusa en el este de Ucrania proclamaron su independencia del poder central ucraniano en lo que ellos consideraron como las «Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk » con una clara intención de imitar a la anterior región de Crimea. Pronto, las milicias prorrusas comenzaron a proliferar en todo aquel territorio, y en menos de lo que la comunidad internacional logró darse cuenta, varias de las más importantes bases militares del este ucraniano pasaron a estar del lado de estas tres repúblicas. Los tanques y el armamento pesado que poseían pasaron a engrosar parte de un «ejército popular» que contó a partir de entonces con un imponente arsenal bélico. Sin embargo, estas milicias comenzaron a ondear las antiguas banderas de la Unión Soviética, y el abierto apoyo que Rusia mostró en los inicios de la confrontación en el Este menguó de una manera súbita y palpable. Putin fue consciente de que en ningún caso podría apoyar a unas milicias abanderadas con el antiguo estandarte soviético, el negro recuerdo que aquel país dejó en el subconsciente colectivo fue enorme, y es consciente de que su intento de ascenso en el panorama internacional se vería totalmente sacrificado si se enlazase la nueva política rusa con la tradicional injerencia soviética que tanto odio despertó en el imaginario colectivo. Así pues, Putin se desentendió completamente de la ilusión de las «repúblicas autónomas» del Este de Ucrania de formar parte del Estado Ruso. Sin embargo, todo el colectivo diplomático sabe que para una resolución verdaderamente fructífera del conflicto será totalmente indispensable el contar con el apoyo y la cooperación de la federación rusa, y que a pesar de su aparente neutralidad, su colaboración será a la larga totalmente necesaria.

Las verdaderas causas del conflicto.

Pero si analizamos el conflicto desde su inicio, veremos que semejante turbación  bélica tuvo su chispa en una negación del gobierno de Victor Yanukovich a firmar un acuerdo comercial con la Unión Europea debido a que su homólogo ruso consideraba aquel tratado como una traición a la tradicional amistad comercial que caracterizaba a los 2 países del este. A partir de entonces, las amenazas de sanciones comerciales recíprocas entre la Unión Europea y Rusia comenzaron a acrecentarse a la par que las tensiones militares sufrían una escalada ya prácticamente insalvable en suelo ucranio.

Y en lo referente a la aplicación de sanciones económicas, esta política  ha terminado por revelarse muy poco fructífera para los intereses europeos. Y es que la inicial connivencia con el movimiento antigubernamental del Euromaidán ha terminado por mostrarnos la cara menos afable de la olvidada Federación Rusa. Tras las iniciales sanciones tanto por parte de la UE como de los EE.UU a diversos magnates de la industria rusa, Putin respondió con una restricción comercial de todos los productos agrícolas europeos en suelo ruso, e incluso llegó a amenazar a la Comunidad Europea con una restricción del gas ruso del que la UE mantiene una especial dependencia. La estrategia comercial y diplomática europea ha resultado escasamente fructífera debido a la aparente negación de la evidencia de que es harto preferible una situación de normalidad en el trato económico tanto con Ucrania como con la Federación Rusa  a una mejora de las relaciones comerciales con el gobierno ucranio a cambio de un claro distanciamiento económico con Rusia. Resulta desconcertante apreciar que la diplomacia europea ha parecido obviar el hecho de que la dependencia energética de la Unión con Rusia nos impide mantener una relación de hostilidad comercial de igual a igual. Aún y todo, España propuso una ampliación de los gaseoductos que tradicionalmente nutrían de gas argelino al país ibérico, y así poder ampliar el suministro a países como Francia o incluso Alemania, pero lamentablemente aquel asunto ha parecido quedarse en agua de borrajas. Algunos afirman ahora que con el mandato del español Miguel Arias Cañete como encargado de asuntos energéticos de la UE esta última vía podría otorgarle una nueva oportunidad al proyecto del gas argelino, pero aún es pronto para confirmarlo. En ocasiones como ésta se echa en falta una mayor determinación de los delegados diplomáticos europeos para atajar de una manera rápida y eficaz sus conflictos de especial importancia.

¿Hacia un nuevo modelo energético?

Así pues, el Cisne Negro que Putin encarna en estos tiempos para los intereses de la Unión Europea podría hacernos ver nuevas posibilidades para el panorama tanto político como económico. La compra de gas a un país como Argelia podría otorgarnos una mayor laxitud en las reglas del juego de los recursos energéticos.  Su poderío político y económico apenas llega a rozar al que ostenta Rusia en estos momentos, y siguiendo este razonamiento se podría afirmar que en ningún caso Argelia podría ocasionarnos las tribulaciones que la Federación Rusa está ocasionando en estos momentos a toda la Comunidad Europea.

 Por otro lado, la apuesta por una política energética orientada hacia las energías renovables generadas en territorio europeo podría rebajar de una vez por todas la dependencia energética de la que tradicionalmente jamás ha podido librarse la UE y que nos impide tener la libertad de acción que otras grandes potencias como la propia Federación Rusa, EE.UU o China ejercen sin miedo a posibles restricciones energéticas. Resulta un asunto que a primera vista podría no parecer de una importancia tan capital, pero que visto en perspectiva podría incluso afirmarse que si la Unión Europea llegara a autoabastecerse en materia de energía prácticamente no acusaría de ninguna dependencia económica de ningún tipo ni de ningún otro país.

En toda Europa se afirma que vivimos  tiempos de cambio y de transición, y que los cambios acaecidos tras estos procesos de crisis tanto económica como política conformarán la Unión Europea que nos deparará en el futuro, futuro en el que se prevé una inminente crisis de oferta energética que la Comunidad Europea debería saber solucionar con el único futuro seguro y convincente: Las energías renovables.