Navidad de 1914: 100 años de un rayo de esperanza

Escrito por: Álvaro Ibañez Fagoaga

 

Este artículo no es un artículo cualquiera. Desde El Nuevo Federalista pensamos en su momento que sería idóneo escribir un artículo relacionado con las fechas Navideñas. Un artículo que intentase sacar algo en claro dentro de estos momentos tan difíciles. Porque siempre es ardua tarea buscar el optimismo entre las dificultades. Crisis económica, Ébola, euroescepticismo, Charlie Hebdo, Estado Islámico… conceptos como estos aparecen día si y día también entre nuestras conversaciones. Y es precisamente por eso, porque las tragedias no cesan de aparecer, por lo que vemos realmente necesario hacer un artículo como este. Porque desde El Nuevo Federalista, nunca permitiremos que el optimismo camine en soledad.

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100 años se cumplen ya de la injustamente desconocida Tregua de Navidad. Eran tiempos de sangre y dolor, en los que la cruenta Primera Guerra Mundial había llegado para quedarse. Los tiempos en los que la juventud de Europa sangraba y moría en los campos. Tiempos de dolor y sufrimiento. Sin embargo, también fueron tiempos de humanidad y festejo. En aquellas Navidades de hace justamente un siglo, Europa demostró que, incluso en el fragor del combate más implacable, el hombre era capaz de vencer a la muerte, de confraternizar, de ser lo que verdaderamente es, un ser humano. En medio del conflicto que pasó a la historia por la brutalidad y la insensatez de la guerra total, un hecho insólito, inesperado y espontáneo aconteció una de las mayores victorias de la historia de la humanidad. Un triunfo que no dependió de los generales ni de sus armas, sino de la propia condición humana.

Apenas unos meses antes, el terrorífico potencial de la maquinaria bélica europea había comenzado a mostrarse en su rostro más crudo. La era de las ametralladoras, los aviones, y las trincheras había comenzado. La ingenuidad o el desconocimiento inicial hizo creer a las masas que la guerra terminaría pronto, y que, con un poco de suerte, incluso volverían a casa por Navidad. Nadie esperaba una guerra larga y sangrante, y todos estaban absolutamente convencidos de que su bando sería claramente el vencedor. Sin embargo, nada estuvo más lejos de la realidad. Alemania, obsesionada por la guerra en dos frentes, fue la primera en actuar. El conocido como plan Schlieffen aspiraba conquistar París y forzar la rendición francesa en apenas unos meses. Sólo así podrían hacer frente después al imponente ejército ruso. Inicialmente, y pese a la obstinada resistencia belga, los alemanes avanzaban inmisericordemente hacia París. Pronto, el descalabro francés parecía inminente, pero un desesperado contraataque galo a las orillas del Marne consiguió frenar la apabullante envestida germana. París quedaba aún a unos cuantos kilómetros, y la ventaja de la movilidad y la sorpresa se había desvanecido. Aquella guerra, que se avecinaba efímera y transitoria, comenzaba a adquirir cuerpo.

Poco a poco, la tropa comenzó a percatarse de que aquel conflicto llevaría mucho más tiempo del que había alcanzado a imaginar. Las trincheras se extendieron desde el Mar del Norte hasta Suiza, superándose los 1000km de extensión. Millones de hombres se adentraron entonces en aquel infernal mundo subterráneo, en el que incluso asomar la cabeza podía suponer la más segura de las muertes. Aquella “excursión del 14” había terminado por convertirse en un conflicto con empate técnico, en el que sólo una larga y cruenta contienda podría desatascar el atolladero. En aquel preciso momento, se hizo evidente que esta guerra necesitaba de novedosas e innovadoras motivaciones. los soldados necesitaban nuevos alicientes para poder soportar aquella crueldad sin igual. Este fue el momento de la propaganda. La nación debía ser motivada, y los folletos haciendo alusión a explícitas violaciones o a macabras matanzas por parte del enemigo fueron tan sólo una parte de todo el arsenal propagandístico del que se hizo uso durante la guerra. Se debía hacer calar en lo mas hondo de los corazones el miedo y el odio más irracional. Aquello debía ser el motor de esta nueva guerra, en la que todo sentimiento o límite preestablecido parecía desvanecerse a cada día que pasaba.

En este contexto se llegó al mes de Diciembre de 1914. La guerra efímera, desvanecida. El avance, estancado. Y las muertes, pulverizando cualquier marca hasta entonces conocida. La desesperanza comenzaba a calar en lo más hondo de ambos bandos. La Navidad se acercaba cada día más, así como se distanciaba la motivación por el combate. La soldadesca de ambos contendientes comenzó a pensar que no podían ser tan diferentes de aquel contra el que se enfrentaban. Su enemigo también sufría el hambre y el frío, sufría por la muerte de sus compañeros, y, sobretodo, sufría enormemente por pasar las Navidades en aquella fría e inhóspita llanura. Una llanura con olor a muerte y desolación, en la que la estampa navideña brillaba por su ausencia.

Este panorama fue el reinante en aquella Navidad de 1914. Los mandos británicos, sabedores del escaso ímpetu combativo de sus tropas, prohibieron la ingesta de cualquier bebida alcohólica. Sin embargo, no fue así en el bando alemán. Pronto, los británicos se percataron de que un ruido cada vez mayor se acercaba proveniente de las trincheras alemanas. Los alemanes cantaban, y cantaban Noche de Paz. Aquello marcó profundamente a sus antagonistas británicos. Puede que no entendiesen la letra, pero el ritmo era idéntico en todos los países. No sabían exactamente que es lo que decían, pero bastaba con entender lo que ya entendían en ese momento. Y fue aquí donde comenzó el milagro. De pronto, los británicos comenzaron a cantar también Noche de Paz. Y a pesar de que se cantase en diferentes idiomas, el ritmo era el mismo. En el frente de Ypres, Bélgica, británicos y alemanes cantaban conjuntamente aquella canción navideña. Se constató en ambos bandos que nadie quería ya luchar, que esta guerra estaba acabando con cualquier rastro de humanidad. “Esto debía terminar”, pensaban muchos de los soldados , y debía terminar en aquel preciso momento.

Al día siguiente, los británicos asomaron tímidamente sus cabezas por encima de las trincheras. Aquella insensatez solía costarle la cabeza al incauto que lo intentase. Sin embargo, no fueron disparos, sino amigables saludos, lo que recibieron desde el otro lado. Para sorpresa de los británicos, los alemanes ondeaban ostensiblemente sus brazos desde sus trincheras. Espontáneamente, y desoyendo claramente las órdenes de sus mandos, la tropa decidió que aquel día era un día de festejo, un día de confraternización con el enemigo, un día para recordar en los anales de la historia. La soldadesca de ambos bandos se alzó en aquel instante y comenzó a andar hacia la aterradora tierra de nadie. Británicos y alemanes se juntaron en medio de estas tierras, y sin mediar apenas palabra, los apretones de manos y los abrazos se fueron multiplicando. Nadie entendía bien que estaba sucediendo, pero una cosa quedaba ya del todo clara, el día de Navidad de 1914 no habría combates en el frente occidental. Aún y todo, el panorama era absolutamente aterrador. Los combates se habían alargado durante semanas, y en ningún momento se dio pie a poder recoger a los cientos y cientos de muertos que asolaban estas tierras. Sus antiguos compañeros, hinchados y destrozados, se arremolinaban caóticamente por todo el frente. Y fue aquí donde el milagro se amplió más si cabe. Unos y otros comenzaron a dar conjuntamente sepultura a sus muertos. Los británicos, rendían honores a los alemanes caídos. Y los alemanes, hacían lo propio con sus homólogos británicos. Incluso los oficiales comenzaron a empaparse de este peculiar ambiente navideño. El tabaco, la comida, e incluso los cascos comenzaron a intercambiarse. Tal fue la confianza creada, que incluso algunos alemanes prometían dar el casco sólo tras el desfile que tendrían al día siguiente. Y así fue. Porque en Ypres, donde inicialmente se dio esta Tregua de Navidad, esta no se circunscribió tan sólo al propio día 25, sino que llegó a alargarse varios días más. Días de paz en tiempos de guerra, en los que incluso se llegaron a jugar partidos de fútbol.

Fueron tiempos de una Europa verdaderamente valiente. De unos soldados que, a sabiendas de que la confraternización con el enemigo podía llevarles a un tribunal militar, decidieron apostar por la humanidad y la comprensión. Hombres que formaron parte de esa Europa que, cuando es valiente, es capaz de mostrarnos la mejor cara de la humanidad, pero que cuando es cobarde, también es capaz de lo peor. Vivimos ahora en una Europa obsesionada por la idea de todo lo que ha sido, pero que ciertamente parece que ya no es. Una Europa que fue el faro social y cultural del mundo, pero que ve como lentamente estos faros se escapan o disgregan. Nos mostramos cada vez más escépticos respecto a nosotros mismos. Cuando esto no es más que un absoluto error. Y son ejemplos como estos los que deben hacernos recuperar la confianza. El ver que, incluso en la guerra más desoladora que jamás había conocido Europa, la condición humana se negó por un momento a seguir vertiendo sangre. Que ni siquiera con la brutal propaganda se consiguió eliminar del hombre el último rastro de humanidad. Ver que, incluso en momentos de guerra, de sangre y de sufrimiento, Europa era capaz de perdonar, de comprender, y de, en definitiva, demostrar realmente que nuestro faro aún no se había apagado. Aquel día, el ser humano en su conjunto había vencido, y ante eso, no existía ninguna discusión.