Manifiesto de Ventotene – 8ª Entrada

manifesto

<—– 7ª ENTRADA

 

Resultaría inútil detenerse en hablar de las instituciones constitucionales, dado que no se pueden prever las condiciones en que surgirán y actuarán, no haríamos otra cosa que repetir lo que todos ya saben sobre la necesidad de órganos representativos, la formación de leyes, la independencia de la magistratura que ocupará el puesto de la actual para la aplicación imparcial de las leyes emanadas, así como para lograr una libertad de prensa y asociación que ilumine la opinión pública y que dará a todos los ciudadanos la posibilidad de participar efectivamente en la vida del Estado. Sólo sobre dos cuestiones es necesario precisar mejor las ideas de las leyes actuales, por su particular importancia en este momento en algunos países; éstas son las relaciones del Estado con la Iglesia y sobre el carácter de la representación política:

 

a) El concordato con el que en Italia, el Vaticano, concluyó la alianza con el fascismo, debe ser sin duda alguna abolido para afirmar el carácter puramente laico del Estado. Todas las creencias religiosas deberán ser igualmente respetadas, pero el estado no deberá financiar los cultos.

 

b) La barraca de cartón piedra que el fascismo constituyó con el corporativismo deberá caer junto con el resto de aspectos del Estado totalitario. Hay quien sostiene que de estos restos se podrá mañana obtener el material para crear un nuevo orden constitucional. Nosotros no lo creemos. En los estados totalitarios  las cámaras corporativas son sólo una burla encaminada al control policial de los trabajadores. Incluso si las cámaras fuesen una expresión sincera de las distintas categorías de productores; unos órganos de representación de diversas categorías profesionales jamás podrían estar cualificadas para tratar cuestiones de política general, y en las cuestiones puramente económicas los grupos profesionales más débiles se convertirían en sujetos de abuso por parte de las categorías profesionales más potentes. A los sindicatos les corresponderán amplias funciones de colaboración con los órganos estatales encargados de resolver los problemas que más directamente les afectan, pero sin duda habría que excluir que les vaya ligada alguna función legislativa, por lo que el resultado sería una anarquía feudal en lo económico, concluyendo en un renovado despotismo político. Muchos de los que se dejaron llevar ingenuamente por el mito del corporativismo, podrán y deberán ser atraídos por medio de la renovación de estructuras; para que entonces se den cuenta de lo absurdo de su antigua solución soñada. El corporativismo no puede tener una vida concreta más allá de la que les puedan ofrecer unos estados totalitarios; que organicen a los trabajadores bajo el mandato de funcionarios y que controlen todos sus movimientos conforme a los intereses de la clase gobernante.

 

Un partido revolucionario no puede ser torpemente improvisado en el momento decisivo, sino que debe empezar desde ahora a formar al menos su filosofía política central, sus líderes y directores. Las primeras acciones que hará este, no será representar a una masa heterogénea de tendencias reunidas transitoriamente por su pasado antifascista, que estén dispuestas a dispersarse una vez caído el régimen totalitario. Un partido revolucionario sabe, sin embargo, que sólo entonces comenzará verdaderamente su obra; para ello debe estar formado por hombres que estén de acuerdo en cuáles son los principales problemas a solucionar en el futuro.

 

Debe penetrar con su propaganda metódicamente dondequiera que estén los oprimidos por el presente régimen, tomando como punto de partida los problemas más dolorosos de cada persona y clase, conectando estos problemas entre si y ver cuáles pueden ser sus verdaderas soluciones. En esta esfera gradualmente creciente de simpatizantes, sólo aquellos que han aceptado e identificado la revolución europea como el principal propósito de sus vidas, pueden ser reclutados por el movimiento: realizando día a día el trabajo necesario, encargándose cuidadosamente de la seguridad de éste incluso frente a situaciones de peligrosa ilegalidad, constituyendo de esta manera una sólida red que dé fortaleza a las esferas más frágiles de sus simpatizantes.

 

No se debe descuidar ninguna ocasión ni sector dónde divulgar su palabra, acudiendo en primer lugar a los ambientes que se consideren más importantes como centros de difusión de ideas y centros de reclutamiento de hombres combativos, debiendo acudir sobretodo hacia los dos grupos sociales más sensibles y decisivos en la situación de nuestro tiempo y en las circunstancias decisivas del mañana; baste decir la clase trabajadora y las clases intelectuales. La primera es la que menos se ha sometido a las disciplinas totalitarias y será la primera en reorganizar sus propias filas. Los intelectuales, en particular los más jóvenes, son aquellos que se sienten espiritualmente más oprimidos y repelidos por el despotismo reinante. Poco a poco las demás clases serán inevitablemente atraídas por el movimiento general.

 

Cualquier movimiento que fracase en la tarea de aliar estas fuerzas, está condenado a la esterilidad; por poner unos ejemplos: un movimiento únicamente de intelectuales no tendrá la fuerza de masa necesaria para convencer a todas las resistencias reaccionarias, será desconfiado y receloso frente a la clase obrera; y aunque esté animado por sentimientos democráticos, será proclive a resbalar ante las dificultades, en el terreno de la movilización de todas las demás clases contra los obreros, es decir hacia una restauración fascista. Si se apoyará sólo en el proletariado se le privará de la claridad de pensamiento que sólo tienen los intelectuales, y que es necesaria para distinguir bien los nuevos deberes y las nuevas vías; permanecerá prisionero del viejo clasismo, verá enemigos en todas partes, y patinará hacia la solución de la doctrina comunista.

 

Durante la crisis revolucionaria, compete a este movimiento organizar y dirigir las fuerzas progresistas, utilizando todos los órganos populares que se forman espontáneamente, como crisol ardiente en el que van a mezclarse las masas revolucionarias, no para realizar plebiscitos, sino en espera de ser guiados.  Éste recogerá la visión y seguridad de lo que hay que hacer, no mediante una preventiva consagración de la todavía inexistente conciencia popular, sino desde la conciencia de representar las profundas exigencias de la sociedad moderna. De este modo se darán las nuevas directrices del nuevo orden europeo, la primera disciplina social de las masas informes. A través de esta dictadura del partido revolucionario se formará el nuevo Estado, y en torno a él la nueva democracia.

 

Es absurdo pensar que un régimen revolucionario como este deba desembocar necesariamente en un despotismo renovado. Desemboca en ello sólo si se ha ido modelando un tipo de sociedad servil. Pero si este partido revolucionario irá creando con pulso firme, desde sus primeros pasos, las condiciones para una vida libre en la que todos los ciudadanos puedan participar realmente en la vida del Estado, su evolución continuará incluso atravesando crisis políticas eventuales de carácter secundario, provocadas por la progresiva comprensión y aceptación por parte de todos del nuevo orden,  por eso en el sentido de una creciente posibilidad de funcionamiento, de instituciones políticas libres.

 

Hoy es el momento en que hay que dejar de lado los viejos estorbos y estar preparados para lo nuevo que llega, tan distinto a todo aquello que se había imaginado, descartando a los ineptos entre los viejos y suscitar nuevas energías entre los jóvenes. Hoy se ha comenzado a tejer la trama del futuro, tejida por aquellos que comprendieron los motivos de la actual crisis de la civilización europea, recogiendo así la herencia de todos los movimientos revolucionarios del pasado de la humanidad, los cuáles naufragaron por la incomprensión del fin a alcanzar o de los medios de cómo saberlos lorgrar.

 

La vía que hay que recorrer no es fácil ni segura: ¡Pero debe y será recorrida!