Manifiesto de Ventotene – 6ª Entrada

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Todos los hombres razonables reconocen que ya no se puede mantener un equilibrio de Estados europeos independientes, conviviendo con una Alemania militarista en igualdad de condiciones que el resto de países, ni se puede despedazar a Alemania para tenerla bajo yugo una vez vencida. Parece evidente que ningún país de Europa quedó al margen mientras los demás combatían, haciendo inútiles las declaraciones de neutralidad y los pactos de no agresión. Está ya demostrada la inutilidad, así como lo pernicioso de organismos como la Sociedad de Naciones, que pretendía garantizar un derecho internacional sin una fuerza militar capaz de imponer sus decisiones respetando la soberanía absoluta de los Estados participantes. Absurdo resultó el principio de no intervención, según el cual cada pueblo debería ser libre de elegir el gobierno déspota que mejor creyese como si la constitución interna de cada Estado no constituyera un interés vital para todos los países europeos que lo rodean. Los múltiples problemas que envenenan la vida internacional del continente resultan insolubles mientras sigan trazadas las fronteras en zonas de población mixta: La defensa de las minorías alógenas, el desbloqueo al mar de los países situados en el interior, la cuestión balcánica, la cuestión irlandesa etc… Encontrarían en una Federación Europea la misma eficaz y sencilla solución que encontraron las regiones pequeñas al formar parte de una vasta unidad nacional; perdiendo la mayoría sus asperezas al transformarse éstas en meros problemas de relación entre sus diversas provincias.

 

Por otra parte, el final del sentido de seguridad debido a la supuesta intocabilidad de Gran Bretaña, que aconsejaba a los ingleses la «splendid isolation«. La disolución del ejército y de la misma república francesa en el primer ataque de las fuerzas alemanas (que es de esperar que como resultado acabe con la convicción chovinista de la absurda superioridad gálica) y que además despierte la conciencia de la gravedad de ello por el peligro corrido por la servidumbre posterior. Son todas estas circunstancias las que favorecerán la constitución de un régimen federal, que ponga fin a la actual autarquía. Y el hecho de que Inglaterra haya aceptado ya el principio de la independencia India y Francia haya potencialmente perdido prácticamente todo su imperio, hacen más fácil encontrar una base de acuerdo para una sistematización europea en las posesiones coloniales.

 

A todo esto va unida la desaparición de algunas de las principales dinastías, y la fragilidad de las bases que sostiene aquellas supervivientes. Se toma en cuenta que las dinastías que consideraban los distintos países como sus pertenencias tradicionales representan, junto a los poderosos intereses de los que les apoyaban, el más serio obstáculo para la organización racional de los Estados Unidos de Europa; ya que estos no pueden basarse únicamente en una federación de países republicanos. Y cuando superando el horizonte del viejo continente, se abracen en una visión conjunta todos los pueblos que constituyen la humanidad; será necesario reconocer que la Federación Europea es la única garantía concebible para que las relaciones con los pueblos asiáticos y americanos se puedan desarrollar sobre una base de cooperación pacífica, en espera de un futuro lejano aún por venir en el que sea posible la unidad de todo el globo.

 

La línea divisoria entre partidos progresistas y partidos revolucionarios no pasa, por consiguiente, en la línea formal de la mayor o la menor democracia, del mayor o del menor socialismo que instituir, sino a lo largo de la novísima y sustancial línea que separa a aquellos que conciben como fin esencial de la lucha, lo antiguo, es decir la conquista del poder político nacional – Lo cual sólo sigue el juego a las fuerzas reaccionarias, dejando enfriar la lava incandescente de las pasiones populares y logra que resurjan los viejos disparates – y aquellos que verán como deber central la creación de un sólido Estado europeo como meta de las fuerzas populares; las cuáles, en caso de conquistar el poder nacional sería sólo para utilizarlo como instrumento para lograr la unidad internacional.

 

Mediante la propaganda y la acción, buscando establecer de todos modos posibles los acuerdos entre los distintos movimientos que se van formando en varios países, es necesario desde ahora echar los cimientos de un movimiento que sepa movilizar todas las fuerzas para hacer nacer un nuevo organismo y que será la creación más grandiosa  e innovadora jamás surgida desde hace siglos en Europa. Un sólido Estado federal europeo debe disponer de una fuerte armada europea que sustituya a los ejércitos nacionales, para así poder destruir la espina dorsal de los regímenes totalitarios; también debe tener órganos políticos y medios suficientes para ejecutar en cada Estado federal unas deliberaciones dirigidas a mantener un orden común, dejando a los Estados que lo compondrían una autonomía que permita una articulación eficaz y el desarrollo de una vida política adaptada a las peculiaridades características de los distintos pueblos.

Si llega a haber en los principales países europeos un número suficiente de hombres que comprendan esto, la victoria estará en poco tiempo en sus manos, porque la situación y los ánimos siempre serán favorables a su obra. Tendrán en contra a partidos y tendencias desacreditadas por su desastrosa experiencia de los últimos 20 años, pero entonces ya será la hora de obras nuevas, de hombres y mujeres nuevos, será la hora de un MOVIMIENTO PARA UNA EUROPA LIBRE Y UNIDA.

 

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