Los retos de Lady PESC

Autor: Paolo Acunzo, Salvatore Sinagra

Traducción: Simone Corvatta

Título Original: Le Sfide di Lady PESC

Federica Mogherini ha sido designada Alto Representante de la Política Exterior de la Unión Europea, obteniendo un reconocimiento importante gracias al resultado conseguido por el PD en las europeas y a su posición en el PSE (Partido Socialdemócrata Europeo). Pero su tarea será ardua, a causa de un embrutecimiento del contexto internacional,  de los poderes que tiene y de aquellos de los que carece.

Muchos esperaban que la caída del muro de Berlín y el colapso del URSS fuesen el preludio de una época de paz y prosperidad, pero desde  1989 la situación se ha venido abajo. Todo nos viene bien hoy menos que la nostalgia de la Guerra Fría, mas es necesario darse cuenta que el mundo es evidentemente más inestable que hace veinticinco años: el número de conflictos ha crecido notablemente y se han multiplicado las formas de violencia; han proliferado los Estados que han quebrado; se ha hecho siempre más evidente que a las guerras entre Estados se ha sumado las amenazas internacionales del terrorismo, del contrabando, del tráfico de armas y de seres humanos. Con el fin del Comunismo la primera gran privatización ha afectado a la guerra.  Poco a poco se ha comprendido que los Estados Unidos en solitario no son capaces de garantizar la paz, y en muchos casos Occidente se ha encontrado en grandes dificultades sin entender muy bien cual posición tomar. ¿A quién hay que apoyar en Egipto? ¿Al partido islámico que no se sabe muy bien cuán conservador fuese o a los militares? ¿Y en Ucrania? ¿A los nacionalistas rusos o a un amplio frente que incluye también fascistas? ¿Y en Siria? ¿Al dictador que hace una matanza con su pueblo o a los islamistas y a los contrabandistas?

Nunca antes las relaciones con(tra) la Rusia de Putin y con los  Estados Unidos de Obama han tenido tal influencia  sobre la designación de los componentes de la nueva Comisión. Es la primera vez que EEUU reconoce su incapacidad, que un mundo monopolar no es posible, y que la contribución de una UE políticamente relevante podría ser significativa en el nuevo mundo multipolar.

Si en Estados Unidos coordinar la diplomacia se ha convertido en una pesadilla, en Europa las cosas está yendo aún peor. Desde el principio de los años noventa, con las guerras en la antigua Yugoslavia, se han manifestado claramente los límites de la vieja Europa a la hora de relacionarse en un mundo que ya no era bipolar. Así, en los peores momentos , bajo la presión de Bush hijo por ejemplo, nos hemos dividido sobre decisiones importantes, como la de invadir o no Irak; en los momentos de bonanza, cuando Clinton y Obama no han pedido flanqueadores a los europeos, sino un aliado valioso,  nosotros, los europeos,que  hubiéramos tenido la posibilidad de crecer, nos hemos visto incapaces de hablar con una sola voz. Todavía son demasiado los que piensan que es mucho más conveniente aceptar una relación subordinada a Washington más que tener una política europea. ¿El resultado de esta estrategia? Desde Gaza y Donetsk, pasando por Damasco y Mosul, tenemos la guerra a un paso de nuestra casa. El próximo año celebramos setenta años de paz dentro de los confines de la UE, sería bonito que lo hiciéramos preguntándonos cuales serían los riesgos de tolerar la guerra apenas fuera de los confines de la misma UE.

De nuevo los  Estados Unidos nos piden una vez más cumplir con nuestro cometido, dado que en este precario sistema geopolítico no es más suficiente alguien que aplique la doctrina Bush u Obama, sino una contraparte en grado de dar aquella estabilidad en las relaciones internacionales que la escalada de una Globalización salvaje ha hecho siempre más improbable.

Incluso después del tratado de Lisboa, también después de la fusión del cargo de alto representante y comisario de los asuntos exteriores, la política exterior de Bruselas sigue caracterizada por grandes contradicciones, y la madre de todas las contradicciones es el intento de crear una política europea exterior sin pedir a los Estados de renunciar a su derecho de veto en la elaboración de las decisiones comunes. Es como si en un equipo de fútbol todos los jugadores se fueran al ataque en la búsqueda del gol personal, sin pensar en el resultado del equipo. Solo con la abolición del derecho de veto podrá nacer una verdadera política exterior común europea, pero aún queda mucho por hacer para lograr semejante resultado.

Federica Mogherini tendrá que escribir casi de la nada una política exterior, que tendrá que ir mucho más allá de la dicotomía americanismo/antiamericanismo y lamentablemente encontrará enormes obstáculos mucho más antes de salir de los confines de la UE: tendrá que hacer entender a los británicos y a algún vecino de los rusos que la OTAN ya no es suficiente, tendrá que hacer entender a los franceses que tampoco París tiene una política exterior y que no basta con liberar Tumbuctù para celebrar el resurgimiento de la África Francesa, y deberá hacer entender a los alemanes que la política comercial no es un subrogado de la política exterior. Finalmente tendrá que trabajar para que la política exterior de la UE esté coordenada con las demás, desde la comercial hasta la de inmigración, porque como ha recientemente recordado Draghi, políticas de signos opuestos pueden neutralizarse mutuamente y no obtener ningún efecto, incluso siendo técnicamente buenas. Tal coordinación difícilmente podrá ser eficaz si las prerrogativas de las relaciones exteriores de la Comisión se encontraran desparramadas entre muchas carteras, y Lady PESC tuviera que limitarse a “juntar las piezas fabricadas” por diferentes comisarios. De hecho, en este caso, Lady PSEC tendrá no sólo que buscar una síntesis entre los intereses nacionales, sino limitar las pretensiones de muchos otros comisarios.

Claramente una política exterior común tendrá que mirar a realizar la Europa potencia civil esbozada por Mario Telò en el libro homónimo. La necesidad de un ejército europeo no es por tanto hija del deseo de crear una superpotencia militar, sino de la necesidad de optimizar la eficacia estratégica de la defensa europea y recortar los gastos de la “no Europa”, de la defensa común. La vía diplomática será entonces fundamental para encontrar una solución en el medio entre una Europa neutral “che si fa i fattisuoi” (que se deja llevar)  y una Europa que replica, incluso de manera autónoma, a las políticas neoconservadoras de la administración Bush. Para cambiar realmente Europa hay que empezar por su política exterior. Sólo con un sistema nuevo de relaciones internacionales donde la UE pueda jugar de manera autónoma un papel de protagonista será posible aportar una contribución de pacificación que el actual (des)orden mundial tiene necesidad urgente.

Considerando que hoy en día no existe una política exterior europea, no nos queda otra que esperar que Lady PESC agote su mandato por completo, consiguiendo  recuperar el tiempo perdido con la salida en falso del pasado, logrando arrancarla cuanto antes. Entonces, le deseamos un buen trabajo a Federica Mogherini, pero sobre todos nosotros, ciudadanos del mundo.