El peligro de la secesión o del independentismo: Un paso atrás

Por: Simone Corvatta

 

El problema de la secesión o de la independencia no solo afecta quién ha decidido independizarse, sino a todo el conjunto de ciudadanos, incluso de pueblos, que a este grupo independentista o secesionista esté vinculado de una u otra forma. Si la entidad estatal nació con el objetivo de unificar toda una serie de fuerzas individualistas e independientes bajo el Derecho, que con sus intereses generaba una anarquía política y cuyo medio reconocido para imponer sus pretensiones era la fuerza, la disgregación de esta entidad se convierte en un atentado a la seguridad y al crecimiento de la colectividad. En un mundo que galopa cada vez más hacia la Globalización, las fuerzas disgregadoras son generadoras de nuevos competidores y, por consecuencia, reducen la efectividad a la hora de enfrentarse a los grandes retos globales que la Historia nos propone. La respuesta a la disgregación es la unión; una unión de estados bajo una estructura con objeto de garantizar todas las instancias de sus ciudadanos, incluso los secesionistas o independentistas.

En el siglo XVI, los pueblos de Europa, agotados por las sangrientas guerras dinásticas y de religión, deciden de poner fin a una concepción milenaria de administrar la vida basada en la fuerza arbitraria y el sentimiento religioso. Nace otra forma de concebir el espacio y la entidad pública. En 1651 Thomas Hobbes define esta nueva forma en su obra maestra “El Leviatán”:

«Autorizo y transfiero a este hombre o asamblea de hombres mí derecho de gobernarme a mí mismo, con la condición de que vosotros transferiréis a él vuestro derecho, y autorizaréis todos sus actos de la misma manera. Hecho esto, la multitud así unida en una persona se denomina ESTADO, en latín, CIVITAS»[1].

Pasarán muchos años antes de que este concepto moderno pudiese perfeccionarse y asegurar a cada uno de sus ciudadanos unas condiciones de justicia e igualdad a las que estamos acostumbrados en la Europa de hoy en día. Cien años después, en 1762, Jean-Jacques Rousseau escribió en su obra “El contrato social: o los principios del derecho político” que para poder garantizar estos derechos y asegurar la protección a sus ciudadanos debemos:

«Encontrar una forma de asociación capaz de defender y proteger con toda la fuerza común la persona y bienes de cada uno de los asociados, pero de modo que cada uno de éstos, uniéndose a todos, sólo obedezca a sí mismo, y quede tan libre como antes…

Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; recibiendo también a cada miembro como parte indivisible del todo»[2].

El Estado empieza a evolucionar, la Historia nos lleva entonces a las dos grandes Revoluciones, la americana y  la francesa. Bajo  este contexto internacional nace por primera vez el concepto de Nación tal como lo conocemos. La Nación es un invento europeo, una palabra revolucionaria que introduce en su connotación el concepto de Patria. A partir de este momento Europa empieza organizar sus relaciones, antes interiores y luego exteriores, sobre el principio nacional que genera también el concepto de raza y el de la historia “gloriosa” de cada pueblo, de sus orígenes y de sus mitos.

Las Naciones se miran como antagonistas, depositaria cada una de una historia y de un orgullo patrio que tiene que prevalecer sobre los demás. Europa como entidad geopolítica se queda al margen de este contexto, y viene considerada por lo tanto solo como un escenario donde estos nuevos protagonistas, los Estados-Nación, se encuentran o chocan y se relacionan entre sí[3].

Los pueblos europeos aceptan el nuevo modelo y pronto lo exportarán al resto del mundo. La Nación se convierte en la gran protagonista de nuestra historia más reciente. Ella es la garante de la paz, de la justicia, de la prosperidad económica y de un modelo social y cultural, adentro de sus confines, administrado por un gobierno elegido y que represente cada uno de sus ciudadanos. La Nación se convierte en la expresión popular del concepto de Estado – entidad única que se hace cargo de garantizar los derechos y las aspiraciones de los individuos que la forman. Para lograr este objetivo hace uso de todo el poder que el mismo pueblo le otorga mediante elección democrática, enfrentándose a las amenazas internas como a las del exterior. Pero ninguno de estos derechos pueden ser ejercido o garantizado si antes no se cumple con la más alta obligación hacia la humanidad: el derecho a la vida. Sólo después es posible garantizar los otros derechos fundamentales como la libertad y la igualdad.

Sin embargo para cumplir con el derecho a la vida es imprescindible crear una situación en que cada enfrentamiento venga reglamentado por el derecho y no por la fuerza. Es decir, hay que crear las condiciones para superar la anarquía internacional, consecuencia de la división del mundo en Estados soberanos e independientes. De hecho, cuanto más es elevado el número de sujetos en competencia entre sí, más alto es el riesgo de hostilidad de una o de otra forma. Como consecuencia, el más típico de los medios para garantizar la máxima cohesión del Estado en actitud defensiva y en visión de un enfrentamiento con otros Estados, rasgo inequívoco del nacionalismo, con todas sus consecuencias[4]. Por tales razones, un grupo perteneciente a un Estado, pretendiendo la secesión o la independencia de él, se revela una amenaza no sólo para el mismo sino para el equilibrio internacional.

La disgregación de la compaginación estatal reduce la capacidad de un Estado de cumplir con el rol pacificador, y  consecuencia de esto, le pone en la condición de no poder garantizar más los derechos de sus ciudadanos  –  fundamentos del contrato social por el cual él Estado mismo existe. Esto le llevaría tanto a una pérdida de seguridad en el exterior, debida a la reducción de territorios y recursos, como a una menor  credibilidad frente al concierto internacional en que se halla inmerso; alentándole incluso a posibles acciones de revancha. Pero el factor más importante no es otro que cuando un estado que se independiza de otro no hace sino crear un nuevo competidor en el cuadro internacional, aumentando la tensión nacionalista y complicando las relaciones entre grupos existentes[5].

La secesión, aunque justificada y aprobada a nivel institucional, es un acto de individualismo, circunscripto en el tiempo y en el espacio, de un grupo o un sector dentro de la entera compaginación estatal. Y como tal,  es movido por intereses sectoriales que no miran al bien de la colectividad. De hecho, con la secesión se viene abajo la estructura principal que garantiza el derecho fundamental del hombre, el derecho a la vida, en cuanto la separación genera siempre tensiones y motivos de enfrentamientos, exponiendo además a este riesgo no sólo al viejo Estado del que quieren independizarse sino a los mismos ciudadanos del nuevo Estado que quieren crear.

En un contexto mundial donde los medios y las comunicaciones hacen que los derechos se conviertan cada vez más en derechos cosmopolitas, el destino individual de los ciudadanos entra en la responsabilidad de todos hacia todos. Un grupo que crispa el equilibrio internacional en un Estado democrático de Derecho amenaza a la seguridad de todos. Por eso es menester encontrar una forma de defensa a estos riesgos que vaya más allá de los Estados existentes.

Para concluir, nada mejor que las palabras de Nicoletta Mosconi cuando afirma las garantías necesarias para lograr este fin:

«…solo cuando una única constitución abrazará todos los pueblos de la Tierra en una unión voluntaria y cuando una estructura federal, la Federación mundial, hará efectiva la división de los poderes entre distintos niveles de gobierno, donde cada individuo o grupo tendrá la posibilidad de encontrar una defensa equilibrada para sus propias instancias»[6]


[3]LuciénFebvre: “Europa Génesis de una civilización” – Crítica, Barcelona 2001; pag. 188-221

[4]Mosconi, Nicoletta: “Il diritto di secessione” in “Il Federalista” Anno XXXVII, 1995, Nº 1; pag. 40

[5]Mosconi, Nicoletta: Ibidem

[6] Mosconi, Nicoletta: Ibidem