El Manifiesto de Ventotene – 5ª Entrada

 

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<—– 4ª ENTRADA

Entre las diversas tendencias proletarias, seguidoras de la política clasista y del ideal colectivista, los comunistas reconocieron la dificultad de obtener un seguimiento de fuerzas suficientes para vencer, y por ello – a diferencia de los otros partidos – se transformaron en un movimiento rígidamente disciplinado que explota el mito ruso para organizar a los trabajadores, pero de quienes no aceptan sus derechos y a quienes utilizan en las más variadas maniobras.

 

Este comportamiento hace en una crisis revolucionaria más eficientes a los comunistas que a los demócratas; pero entonces tratarán de diferenciarse lo máximo posible las clases trabajadoras de otras fuerzas revolucionarias – predicando que su «verdadera» revolución está todavía por llegar – por lo cual constituirán, en estos momentos decisivos, un elemento sectario con absoluta dependencia de los estados comunistas ya establecidos, que repetidamente los utilizarán para la consecución de su política internacional; impidiéndoles hacer una política con un mínimo de coherencia. Tendrán la necesidad de esconderse detrás de un Karoly, de un Blum, de un Negrín para luego terminar yendo fácilmente a la ruina junto con estos fantoches; ya que el poder se puede conseguir mediante la astucia pero no se puede mantener sino con la capacidad de responder en modo orgánico y vital a las necesidades de la sociedad moderna.

 

Si la lucha quedara mañana limitada a los límites de los países europeos, resultaría muy difícil escapar a las viejas incertidumbres de los antiguos Estados nacionales; ya que sus elites ya tienen planificada meticulosamente la economía de su país y su única incertidumbre sería decidir a qué clase social deberían entregar el control del gobierno. Entonces el frente de las fuerzas progresistas sería fácilmente hecho añicos entre las risas de las y elites económicas. Con la mayor probabilidad, serían los reaccionarios los que sacarían mayor provecho ello.

 

Un verdadero movimiento revolucionario deberá surgir de los que supieron criticar las viejas manifestaciones políticas; sabiendo colaborar con todas las fuerzas democráticas que contribuyan a la disgregación del totalitarismo, pero sin dejarse alterar por la praxis política de ninguna de ellas.

 

Las fuerzas reaccionarias tienen hombres y mandos hábiles y educados para dirigir, que se batirán enfurecidamente por conservar su supremacía. Éstas, en los momentos claves, sabrán camuflarse en fuerzas amantes de la libertad, de la paz, del bienestar general y de los más pobres. Ya en el pasado vimos como los reaccionarios se ocultaron detrás de movimientos populares, convirtiéndose en la fuerza más peligrosa con la que enfrentarse.

 

Aquellos que querrán conseguir la restauración de los estados nacionales, influirán sobre el sentimiento popular más difundido, el más ofendido por los recientes acontecimientos y el más usualmente utilizado para propósitos reaccionarios: El sentimiento patriótico. De este modo pueden también esperar confundir las ideas de sus adversarios más fácilmente, dado que las masas populares tienen como única experiencia política adquirida, la desarrollada dentro del ámbito nacional, y es por esto bastante más fácil de controlar a sus dirigentes más miopes en la tarea de la reconstrucción de los países desolados por la guerra. Incluso estos nuevos Estados nacionales podrían ser en apariencia ampliamente demócratas y socialistas; pero el retorno de los reaccionarios al poder sería sólo cuestión de tiempo: Pronto resurgirían los celos entre países y cada Estado contaría de nuevo con las armas para satisfacer sus propias exigencias nacionales. En un breve período de tiempo convertirían a los pueblo en ejércitos: Los generales volverían a mandar, los monopolistas a aprovecharse de la autarquía, los cuerpos burocráticos a vanagloriarse y los clérigos a mantener dóciles a las masas. Todas las conquistas sociales de los primeros momentos se marchitarían frente a la necesidad de prepararse para una futura guerra.

 

 

El problema que en un primer lugar debe ser resuelto, ya que fallando este cualquier otro progreso sería sólo algo superfluo, sería la definitiva abolición de las divisiones de Europa en Estados nacionales soberanos. El colapso de la mayor parte de los países del continente bajo el opresor alemán, estableció la suerte de los pueblos europeos, ya que, o acabaron bajo el dominio hitleriano o todos juntos entrarán, con la caída de este, en un cambio revolucionario que no se encontrará dentro de las sólidas estructuras estatales. Los espíritus están ahora mucho mejor dispuestos que en el pasado para una reorganización federal de Europa; la dura experiencia de los últimos decenios abrirán los ojos, incluso a aquellos que no quieran ver, y hará madurar muchas circunstancias favorables a nuestro ideal.

 

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