El Manifiesto de Ventotene – 4ª Entrada

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II – LAS OBLIGACIONES DE DESPUÉS DE LA GUERRA – LA UNIDAD EUROPEA

 

La derrota de Alemania no llevaría automáticamente al reordenamiento de Europa según nuestro ideal de civilización.

Durante el breve e intenso período de crisis general posterior (durante el cual los gobiernos y las masas populares esperarán ansiosamente nuevos mensajes ardientes, susceptibles de ser modelados de nuevo, capaces de dar la bienvenida a las directrices de auténticos internacionalistas) las clases que fueron privilegiadas durante los antiguos sistemas nacionales, buscarán clandestinamente o mediante la violencia, el extinguir la oleada de sentimientos y pasiones europeístas, y se darán ostentadamente a reconstruir los viejos organismo estatales. Siendo probable, que algunos dirigentes ingleses, quizás de acuerdo con los americanos, intenten empujar las cosas en esa dirección para retomar la política de equilibrio de poderes en interés de sus respectivos imperios.

 

Las fuerzas conservadoras son los dirigentes de las instituciones fundamentales de los estados-nación como: Los cuadros superiores de las fuerzas armadas, las monarquías, los capitalistas monopolistas, las altas jerarquías eclesiásticas, así como la innumerable multitud de gente que dependen de ellos o que están cegados por el poder tradicional; los cuáles sólo pueden asegurar sus rentas parasitarias en una sociedad conservadora estable. Todas estas fuerzas reaccionarias ya están sintiendo que desde hoy su sistema se viene abajo y por ello intentan salvarse; ya que este colapso les privaría de golpe de todas las garantías que tuvieron hasta entonces y les expondría al ataque de fuerzas progresistas.

 

 

La situación revolucionaria: viejas y nuevas corrientes

 

La caída de los regímenes nacionales significará sentimentalmente, para pueblos enteros, la llegada de la «libertad»; desapareciendo toda clase de censura, reinando auténticamente la verdadera libertad de palabra y de asociación y significando el triunfo de las verdaderas tendencias democráticas. Dichas tendencias tienen innumerables matices, que van desde un liberalismo muy conservador hasta el socialismo y la anarquía. Todos ellos creerán en la «generación espontánea» de los acontecimientos y de las instituciones y en la bondad absoluta de los impulsos que vienen de la base, sin querer forzar la «historia», al «pueblo» o al «proletariado», esperando el fin de las dictaduras como la natural restitución al pueblo de sus imprescindibles derechos de autodeterminación. El sueño más alto de estos nuevos demócratas será una asamblea constitucional elegida por el más amplio sufragio y con escrupuloso respeto a los derechos de los electores, quienes deberán decidir la nueva constitución que desean: Si el pueblo es inmaduro, puede que la constitución resultante sea mala, pero ésta se podrá corregir mediante un debate constante.

Los nuevos demócratas no niegan por principio la violencia; pero la quieren únicamente cuando la mayoría piense que es indispensable, esto es propiamente, cuando supone únicamente un superfluo punto que añadir a la «i». Son por ello dirigentes adecuados para épocas en las que el pueblo entero está de acuerdo con las instituciones, las cuales sólo serán retocadas en aspectos relativamente secundarios. Sin embargo en épocas revolucionarias, en las que las instituciones no deben ser administradas sino creadas, la praxis democrática fracasa estrepitosamente. La compasiva impotencia de los defensores de los regímenes nacionales en los golpes de estado ruso, alemán, o español son tres de los más recientes ejemplos. En tales situaciones, una vez caído el viejo aparato estatal junto con sus leyes y administración, empiezan inmediatamente a surgir, semejantes a la vieja legalidad o despreciándola, un gran número de asambleas y representaciones populares en las que convergen y se agitan todas las fuerzas sociales progresistas. En estos momentos es cuando la población tiene algunas necesidades fundamentales que satisfacer, pero no sabe qué quiere o qué hacer. Miles de campanas sonarán en los oídos de la gente que en millones de mentes no son capaces de orientarse disgregándose en muchas tendencias que lucharán entre sí.

 

Ese será el momento en que se debe tener la máxima decisión y audacia; ya que los defensores del régimen nacional se sentirán extraviados sin tener tras de sí un espontáneo consenso popular, sino sólo un turbio alboroto de pasiones. Ellos pensarán que su deber será controlar dicho consenso y se presentarán como predicadores exhortativos, allí dónde se necesitan líderes para guiar a los ciudadanos, sabiendo dónde llegar. Se perderán las ocasiones favorables a la consolidación de un nuevo régimen, buscando hacer funcionar inmediatamente órganos que necesitan una larga preparación y que sólo sirven para períodos de relativa tranquilidad, dando así las armas a sus adversarios que más tarde les servirán para rebelarse; los cuáles representarán en suma, en sus miles de tendencias, no ya a la voluntad de renovación, sino las confusas veleidades reinantes en todas las mentes que movilizándose preparan el terreno propicio para el desarrollo de una resistencia. La metodología política nacional será entonces un peso muerto en esta crisis revolucionaria.

 

A medida que los defensores del régimen pierdan su credibilidad como defensores de la libertad, debido a sus polémicas conclusiones y la carencia de un programa de medidas sociales y de una política seria, provocarán que las políticas pre-totalitarias sean inevitablemente reconstruidas y que la lucha vuelva a desencadenarse según los viejos esquemas de la oposición de clases.

 

  El principio según el cual la lucha de clases es el fin al que se reducen todos los problemas políticos, constituyó la directiva fundamental, especialmente para los trabajadores de las fábricas, y favoreció la consistencia de su política hasta el punto en que sus ideas fundamentales ya no se cuestionaban. Esta línea ideológica llega a ser un instrumento para aislar al proletariado, cuando sin embargo se impone la necesidad de transformar toda organización social. Los trabajadores, educados en un sistema clasista, no ven más allá de sus reivindicaciones como clase, sin preocuparse de como conectarlos con los intereses de las demás clases, es decir; aspiran a una dictadura unilateral del proletariado para realizar así la utópica colectivización de todos los medios de producción, indicada por la propaganda secular como el remedio de todos sus males. Esta política en realidad no llega a hacer mella en ningún otro estrato social, excepto en el de los trabajadores, privando al resto de las fuerzas progresistas de su apoyo o dejándola en manos de una resistencia hábilmente organizada para destruir al movimiento proletario.

 

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