El Manifiesto de Ventotene – 3ª Entrada

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3) Contra el dogmatismo autoritario, se afirmó el valor permanente del espíritu crítico: Todo aquello que había sido corroborado debía dar razón de sí de nuevo o desaparecer; ya que las mayores conquistas de nuestra sociedad que se hicieron en este campo fueron debidas a la metodicidad de la actitud imparcial. Pero dicha libertad científica, no resistió a la crisis que hizo surgir a los estados totalitarios. Así nuevos dogmas fueron aceptados como artículos de fe, o fueron aceptados hipócritamente, para terminar estableciéndose en todos los ámbitos de la ciencia.

 

Aunque nadie sepa exactamente que es una raza, y las más elementales nociones de historia enfaticen lo absurdo del término, se exigió a los fisiologistas creer, demostrar y convencer de que uno pertenece a la raza elegida, sólo porque el imperialismo necesita este mito para exaltar en las masas el odio y el orgullo. Los conceptos más evidentes de la ciencia económica, tuvieron que ser presentados como anatemas para dejar a la política autárquica como superior al libre mercado. Está claro que a causa de la interdependencia económica de todas las partes del mundo, el espacio vital necesario para que cada pueblo pueda mantener un nivel de vida correspondiente a la civilización moderna debe considerarse el globo entero; pero entonces se creó una pseudociencia de la geopolítica que quiso demostrar la teoría de los espacios vitales, con la intención de dar cobertura teórica a la voluntad de poder del imperialismo.

 

La historia fue falsificada en sus datos esenciales en interés de la clase gobernante, las bibliotecas y librerías fueron depuradas de todas las obras no consideradas ortodoxas, las sombras del oscurantismo de nuevo amenazaban con acabar con el espíritu humano. La misma ética social de la libertad y de la igualdad fue socavada. No se consideraba ya a los hombres como ciudadanos libres que se sirven del Estado para alcanzar del mejor modo sus fines; sino que entonces fueron servidores del Estado, que estableció cuáles deben ser sus fines, y la voluntad del Estado vino además unida a la voluntad de los que detentan el poder. Los hombres ya eran sujetos de derecho, sino que jerárquicamente dispuestos, estaban obligados a obedecer sin rechistar a autoridades superiores a cuya cabeza se encontraba el líder debidamente divinizado. Así el régimen estamental renació prepotente desde sus mismas cenizas.

 

Esta reaccionaria y totalitaria civilización, después de haber triunfado en una serie de países, finalmente encontró en la Alemania Nazi el poder que estaba buscando para ser capaz de llevarse a cabo hasta las últimas consecuencias. Después de una meticulosa preparación, aprovechándose con audacia y sin escrúpulos de las rivalidades nacionales producidas por el egoísmo estúpido, arrastrando tras de sí a otros Estados vasallos europeos (entre ellos España) y aliándose con Japón, que perseguía fines idénticos en Asia; se lanzó a la empresa de la dominación de su continente. Su victoria significó la definitiva consolidación del totalitarismo en el mundo. Todas sus características fueron exaltadas al máximo, y las fuerzas progresistas fueron condenadas durante mucho tiempo a ser una simple oposición clandestina.

 

La tradicional arrogancia e intransigencia de las clases militares alemanas puede ya darnos una idea de cuál sería el carácter de su dominio después de una guerra victoriosa. Los alemanes, si hubieran vencido, se podrían haber permitido un lustro de generosidad con los demás países europeos, respetando formalmente sus territorios e instituciones políticas, para así poder gobernar satisfaciendo el sentimiento nacionalista y patriótico de aquellos que prefieren los límites de su país y su nacionalidad en lugar de la igualdad de las fuerzas políticas y el contenido efectivo de los organismos del Estado. A pesar de estar camuflada, la realidad sería siempre la misma: Una renovada división de la humanidad entre espartanos e ilotas, entre vencedores y vencidos.

 

Incluso una solución de compromiso entre las dos partes en lucha significaría un paso más para el totalitarismo, puesto que todos los países que escaparon al dominio de Alemania, serían forzados a adoptar sus mismas formas de organización política, para prepararse adecuadamente para la continuación de una posible guerra.

 

La Alemania de Hitler pudo derribar uno a uno a los sistemas menores construyendo fuerzas cada vez más potentes para ganar las trincheras. El gran espíritu combatiente de Gran Bretaña, e incluso en los momentos más críticos, fue la causa que llevó a los alemanes a toparse con la valerosa resistencia del ejército rojo, y dio tiempo a América para movilizar sus recursos productivos. Esta batalla contra el imperialismo alemán estuvo íntimamente ligada con la que el pueblo chino realizó contra el imperio japonés.

 

Inmensas masas de hombres y riquezas se lanzaron contra las potencias totalitarias; cuyos ejércitos entonces alcanzaron su cumbre y no pudo hacer otra cosa más que consumirse progresivamente. Las fuerzas aliadas, sin embargo, superaron su momento de depresión y se encontraron entonces en un momento de ascenso.

 

La guerra en los aliados avivó cada día más la voluntad de liberación en los países sometidos a la violencia y extraviados a causa del golpe recibido; incluso en muchos países del Asia en los que se dieron cuenta de que estaban envueltos en una situación desesperada sólo por satisfacer el ansia de poder de sus gobernantes.

 

El lento proceso, gracias al cual grandes masas de hombres pasivamente se dejaban formar y educar por el nuevo régimen, se paralizó; iniciándose el proceso contrario. En esta inmensa ola que lentamente se levanta, se encuentran todas las fuerzas progresistas; las partes más iluminadas de las clases trabajadoras que no se dejaron seducir por el terror y adulaciones para aspirar a una vida mejor; los elementos más cultivados de las clases intelectuales, ofendidos por la degradación a la que fue sometida la inteligencia; emprendedores que sintiéndose capaces de nuevas iniciativas, querían librarse de los arneses de una burocracia y autarquía nacional que estorbaban cada movimiento que hacían; y todos aquellos que debido a un innato sentido de dignidad, no se sometieron a la humillación de la servidumbre.

 

A todas estas fuerzas se ha confiado la salvación de nuestra civilización.

 

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