Crónica de un cosmopolita – Le Nouvel Observateur

Artículo traducido por Jorge Tanarro Colodrón
El artículo original está disponible aquí, en la web del Grupo Spinelli.

Soy de los que consideran justificado el Nobel de la Paz entregado el lunes 10 de diciembre a la Unión Europea. Sé que varios ganadores anteriores como Lech Walesa y Desmond Tutu, se mostraron escépticos. Pero hay que ser un poco amnésico para olvidar lo que la construcción europea ha conseguido en los últimos sesenta años. Nunca antes se había visto tal proyecto de reconciliación, tal esfuerzo de comprensión mutua entre pueblos que fueron enemigos. El concepto político en torno al cual se ideó el proyecto europeo de la década de 1950 fue el establecimiento mediante el derecho de una paz duradera y una zona de prosperidad compartida, más allá de las fronteras de la antigua nación-estado que la guerra había desacreditado. Imaginada por la resistencia anti-totalitaria y forjada en el corazón de los campos de concentración por sus presos, merece seguro ser celebrada, aunque la Unión Europea se enfrente hoy a grandes dificultades.

Pero no se trata de decir que el edificio está libre de defectos ¡Como la ceremonia en Oslo! Lo tocaré rápidamente por encima, un poco anticuada y con animaciones sucesivas que dieron al conjunto un aire de Eurovisión de los años 1970. En revancha, podemos permitirnos el enfado por la decisión de enviar como representantes de la Unión sólo a los Presidentes del Consejo, la Comisión y el Parlamento Europeo ¡Podría haber sido un grupo mucho más simbólico! Por ejemplo, personalidades que hayan contribuido a la construcción de Europa en un momento crucial de la misma, como Jacques Delors o Simone Veil, Helmut Kohl o Helmut Schmidt – por mencionar sólo a unos pocos. O un grupo de ciudadanos de todas las edades que representaran a los 27 estados de la Unión… En un caso, habríamos tenido en escena encarnaciones vivientes de la aventura europea, tal como sucedió en las últimas décadas, en el otro, la Europa de los ciudadanos a la que cada uno aspira. En este caso, hemos dado una representación de Europa tecnocrática e institucional, y hay que reconocer que no había motivos para albergar alguna otra esperanza.

Lo peor del trío Van Rompuy-Barroso-Schulz ¡es que encima una de las cabezas había sido amputada para la ocasión! Bueno, más bien una lengua ya que sólo se les permitió hablar a los dos primeros. Martin Schulz, Presidente del Parlamento Europeo, se subió a la tribuna sólo para hacer bulto ¡Es difícil imaginar cómo el carácter inacabado y todavía inmaduro de la democracia europea podría haber resultado más obvio! ya que precisamente la única institución elegida democráticamente por sufragio universal y en el ámbito federal de la Unión, se ha visto privada de la palabra. Lo más preocupante de este gesto simbólico es que resulta profundamente contradictorio con lo que justifica el Nobel de la Paz… Paradójicamente, esta recompensa y el cómo ha sido recibida por nuestras queridas instituciones ha permitido poner en evidencia que todavía queda mucho por hacer. Europa es Nobel de la Paz, pero todavía no ha conseguido asumir la Paz social y todavía menos el bienestar social. Europa es esencialmente democrática, pero no ha conseguido funcionar de forma plenamente democrática. Produce políticas – buenas o malas – pero se niega a pensarse y encarnarse en un objeto político verdadero. Esta es una de sus mayores debilidades… Al final, este premio no es sólo un triunfo, sino también un recado del comité Nobel. Un recado que pide tan solo fidelidad a los valores fundacionales y a la plena realización del proyecto del que la Unión Europea es portadora.