25M: Europa en nuestras manos

por Miguel García Barea

Cada vez queda menos. En los distintos medios de comunicación el espacio y el tiempo dedicado a las elecciones europeas continúa en aumento. Aunque las noticias que nos llegan no son, por lo general, optimistas (predominio de la abstención, aumento del populismo, de los extremistas y euroescépticos, descontento general hacia los partidos tradicionales….). no podemos olvidar un factor a tener en cuenta. Y es que, pase lo que pase el 25 de Mayo, las próximas elecciones europeas servirán como punto de inflexión en el debate sobre las competencias, los problemas y el futuro de la Unión Europea.

En los últimos meses se ha hablado de la crisis de la diplomacia europea. Asuntos relativamente recientes como el caso Snowden o la aún vigente insurrección en Ucrania así lo corroboran. Europa no ha sabido dar una respuesta conjunta a tiempo. Llega tarde y mal. También se habla de una fractura, de orden económica(aunque algunos la quieran extrapolar también al ámbito cultural) entre las dos Europas, la del Norte, la de los acreedores, y la del Sur, deudora. Por otra parte, varios de entre los euroescépticos acusan a la UE de iniciar un proceso de pérdida de soberanía nacional. Tradicionalmente, la mayoría de las veces que se han creado instituciones supranacionales han ido de la mano de políticas de anexión imperialistas. Sin embargo, la historia de la UE es radicalmente opuesta; no olvidemos que su origen se debió en parte al común deseo de acabar con los procesos de dominación nacional que habían asolado Europa a lo largo de su Historia. La Unión Europea, cómo bien afirmaron sus padres fundadores, debía de estar formada bajo la libre anexión y cooperación de sus estados miembros, esto es, un modelo federalista mucho más próximo al de las 13 colonias inglesas que posteriormente conformarían los Estados Unidos de América o al movimiento de unificación política de los distintos territorios de Italia en el siglo XIX, que a los distintos imperios internacionales.

Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Robert Schuman y Jean Monnet, padres fundadores de la Unión Europea.

No todas las críticas son igualmente acertadas, ni parten de una reflexión crítica y racional, ni tienen una finalidad constructiva. Es importante saber distinguir aquellas destinadas a mejorar las cuestiones que afectan directamente a la Unión o cualquiera de sus miembros de los simples ataques euroescépticos cuya función primoridial se resume en causar inestabilidad, camuflados muchas veces bajo una retórica victimista. En cualquier caso, todas las críticas recibidas son la prueba irrefutable de otra realidad : Europa ha entrado en juego. La Unión Europea, para bien o para mal, ha dejado de ser un ente abstracto, desconocido o ignorado por la mayoría, y se ha convertido en lo que realmente es : un actor importante en nuestro ejercicio de la ciudadanía y en la política internacional.

La actual crisis económica de la Eurozona nos ha hecho ver que buena parte de los problemas que azotan a los estados de la unión y al conjunto de sus ciudadanos son comunes : desempleo, precariedad laboral, emigración ante la falta de oportunidades o desigualdad social, por citar algunos de ellos. Y sí los problemas son comunes, también habrán de serlo las soluciones. Sería interesante para los estados afectados fomentar cumbres de diálogo y cooperación transnacionales, así como la puesta en práctica de políticas comunes, no necesariamente dictadas desde Alemania, para solventar su actual situación económica. Por otro lado, las protestas en la plaza Maidan de Kiev demostraron que la Unión Europea ejerce un agudo poder blando en las relaciones internacionales. Europa es un modelo de desarrollo a imitar, así como lo son sus instituciones, sus vías de participación democráticas y la estabilidad que ha vivido el continente durante las últimas décadas. Una imagen, tal vez idealizada, que desde luego es mucho más atractiva que la de la Rusia post-soviética de Vladimir Putin, la China totalitaria cada vez más de libre mercardo o la de los hasta ahora hegemónicos Estados Unidos, cuyas constantes intentonas de imponer la democracia en el exterior le han otorgado la etiqueta de Imperio que tanto ha dañado su imagen en los países del Tercer Mundo. Ucrania, Túnez, Egipto, Libia y todos los demás países que han vivido revueltas políticas en los últimos años lo han hecho reflejándose en la Unión Europea. Un hecho que, tal vez por resultar evidente o en el peor de los casos por falta de empatía, no suele tenerse en cuenta desde nuestra óptica europea.

Imagen de la Plaza Maidan, en Kiev(Ucrania)

El 25 de Mayo llegará, la gente votará y los escaños se repartirán de una u otra forma entre los distintos grupos parlementarios. Repito, cualquiera que sea el resultado final no cambiará el hecho de que Europa es ya una realidad per se. Factores como que tanto su identidad como sus políticas comunes o instituciones estén en vías de desarrollo no deberían percibirse como una debilidad, sino más bien como una oportunidad democrática otorgada a la ciudadanía para decidir su propio futuro. Las elecciones han de servir necesariamente como un punto de inflexión para hacernos reflexionar sobre la Europa que tenemos, y sobre todo, parafraseando a Ortega y Gasset, sobre la Europa que queremos construir. Una Europa que, ahora más que nunca, queda en nuestras manos.