¿Peligro eludido u ocasión perdida?

Autor: Stefano Rossi

Traducción: Simone Corvatta

Título original: Scampato pericolo o occasione persa?

Urnas cerradas, el NO ha ganado. Escocia se queda en Gran Bretaña. El referéndum popular que podía significar la independencia en realidad ha aclarado que la mayoría de los residentes en Escocia prefiere quedarse bajo el ala protectora del Reino Unido más que aventurarse hacia una gradual secesión. La campaña electoral ha sido muy intensa en Escocia, pero no se puede negar que haya apasionado a todo el continente.

Bruselas puede soltar un suspiro de alivio, pero en Europa son muchos los decepcionados por el resultado. La gran manifestación  en Barcelona de hace unos días había otorgado un empuje a la hipótesis independentista como opción real para salir del estancamiento que se ha creado en el cuadro europeo. Los otros movimiento independentistas en Italia, España, Bélgica y Reino Unido habían puesto muchas esperanzas en el resultado escocés, pero no es probable que se paren ahora. Todo lo contrario, la gasolina de que nutren los movimientos independentistas es exactamente la negación de la independencia en nombre de la unidad de la nación, entonces van a salir doblemente reforzados ante este acontecimiento.

La primera gran victoria implícita obtenida en Escocia, a pesar del resultado, ha sido demostrar que la secesión se puede pedir, y puede traducirse en una instancia institucional: no es cosa de terroristas o de minorías reprimidas. En los otros Estados europeos la situación jurídica constitucional es diferente, y en muchos de ellos un referéndum como este sería totalmente anticonstitucional, pero eso no quita que el mensaje haya sido enviado fuerte y claramente: la independencia es una opción institucional realista.

La segunda victoria implícita del SI ha sido el plano de fuerte devolution sobre la que Cameron se ha empeñado y que llevará Escocia a un nivel de autonomía mayor respeto a aquello – ya muy significativo – alcanzado con el Scotland Act de 1998. El cual representa, en todos los sentidos, otro paso hacia la descentralización del poder político en Gran Bretaña.

El referéndum escocés no ha de ser visto como un accidente de carretera – tal como propugnaban la City y el mundo de las finanzas – sino como una síntoma de una perdida estructural de legitimación de los Estados nacionales. Las fuerzas disgregadoras cogen más fuerza siempre  y maduran políticamente alejándose del extremismo (el propósito vasco de lucha armada ha fracasado) y minando la base del dogma del Estado como único medio para ejercer la soberanía popular. No hay de qué estar aliviados, si se pensaba que una victoria del NO hubiera apagado por completo las instancias disgregadoras de la soberanía estatal. No debemos ilusionarnos.

Si Europa no hace suyo definitivamente el proyecto político, sustrayendo soberanía a los Estados nacionales y permitiendo en un cuadro federal la difusión del poder político en múltiples niveles, se arriesga a la implosión. Las estructuras estatales son rígidas bajo este punto de vista y se fatigan en absorber los empujones centrífugos: más dejan drenar soberanía hacia abajo, menos se arriesgan al gestionar las diversas autonomías. Solo una Europa federal, que nazca en nombre de la unidad en la diversidad puede representar el cumplimiento (desde arriba) de la superación de los Estados nacionales del ochocientos. Y permitiría, al mismo tiempo, salvar Europa, porque, y esto también los independentistas lo saben, si todas las regiones de Europa se fueran cada una por su cuenta, sería una catástrofe.

Ocho mitos revisados sobre Europa

Por: Miguel García Barea

La integración europea está cada vez más en boca de todos. El aumento de su popularidad puede, sin embargo, dar lugar a malentendidos y al desarrollo de falsos mitos propagados en torno a las instituciones y a la política de la UE. En este artículo intentaremos matizar algunas afirmaciones que los medios de comunicación y la gente de a pie mantienen acerca de Europa. Sin olvidar,no obstante, que en todos los mitos hay una búsqueda de verdad y que estos pueden ser asumidos como tal si nadie lo remedia.

Mito: «En Europa manda Merkel».

Realidad: Esta afirmación suele ir completada de los complementos «desde Bruselas» y «de forma autocrática». Veamos, de entre todas las instituciones políticas de la Unión Europea (Parlamento, Comisión, Consejo Europeo y Consejo de la UE) Angela Merkel no preside NINGUNA. En Europa, los que se encargan de partir el bacalao son los señores Juncker, Durao Barroso, Van Rompuy y de forma provisional, Matteo Renzi, responsables de cada una de las anteriores instituciones. Distinto es que por presidir el país más poderoso y formar parte del partido más votado en la UE, la señora canciller ejerza una mayor influencia de la que debiera (y de la que los europeos desearíamos) pero esto es consecuencia de la desigualdad entre países miembros, de la mentalidad nacionalista aún imperante en la mayoría de ellos y de unas instituciones que poco a poco van adquiriendo competencias pero que aún se encuentran sometidas a los gobiernos estatales. Creédme, en una UE con instituciones eficientes, el rol de Merkel sería mucho menor al actual. No olvidemos que el sueño de los Estados Unidos de Europa se acuñó para evitar que un país dominará al resto del continente. Los problemas de Europa se resolverían en este caso, con más Europa y menos Alemania (o cualquiera que sea el Estado más poderoso del momento).

 

Mito «Abandonar la zona Euro y  la Unión Europea permitiría a los Estados salir con mayor rapidez de la crisis y recuperar plenamente su soberanía e influencia internacional».

Realidad: Si bien es cierto que ante muchas de las crisis anteriores los gobiernos nacionales solían devaluar la propia moneda para limitar las importaciones y favorecer las exportaciones (medida imposible hoy en día con el Euro) también lo es que el contexto económico y político eran muy distintos al actual. Como bien indica en su libro Alasdair Blair en su libro The European Union, la Unión Europea ejerce una enorme influencia internacional a nivel económico y político, y si uno de sus miembros rompiera relaciones de manera unilateral se vería sometido a esa misma influencia, pero sin capacidad alguna para influir en sus políticas, es decir, se convertiría en una colonia «de facto» de la UE, como lo fueron los países del Tercer Mundo tras la descolonización de sus respectivas metrópolis. Además, no debemos olvidar que a día de hoy Europa sigue siendo dependiente del exterior en materia energética, así que sin una moneda fuerte, el barril de petroleo sería mucho más caro para cada país a nivel individual, por no hablar a cuanto se dispararía la deuda contraída por cada estado miembro si las tradujésemos en francos, liras o pesetas…Por si fuera poco, romper con la Unión supondría renunciar a millones de euros de subvenciones en agricultura, industria y cultura, entre otras cosas, y dificultaría la circulación por los distintos países del continente. Y a nivel geopolítico, en un mundo que tiende a un orden multipolar, renunciar a la UE supondría estar a merced de otro «gigante»( Rusia, China o EEUU). No sé vosotros, pero personalmente,  a pesar de todas las imperfecciones, prefiero quedarme en Europa.

Mito: «Europa es demasiado GRANDE y DIVERSA para que todos los estados miembros puedan llegar a alcanzar acuerdos y políticas comunes».

Realidad: La superficie conjunta de los 28 países miembros de la Unión Europea es de 4.324.782 km², en un ranking estaría superada por Rusia, China, Canadá, EEUU, Brasil y Australia. Sin embargo, estados como Somalia en África, Haití en Centroamérica, Irak en Asia y (salvando las enormes distancias) Bélgica en Europa, todos con extensión menor a la de sus vecinos, presentan por distintas razones una mayor inestabilidad política. Respecto a la población, la UE cuenta con poco más de 500 millones de ciudadanos, superada por tan solo 2 países de economía emergente, que forman parte de las llamadas BRICS, como son India y China. Por tanto, queda de manifiesto que la superficie y/o la población total de un estado no es proporcional a su gobernabilidad, ésta dependerá de muchos más factores como su historia reciente, su sistema político o el reparto de la riqueza entre su población.

Con respecto al tema de la diversidad, el mismo lema de la UE no solo la contempla, sino que la reafirma (su lema es»Unidos en la diversidad»). Y es que desde una óptica federalista, la diversidad no se percibe como un obstáculo para aplicar políticas comunes, sino más bien debiera ser el motor para alcanzar acuerdos que no serían posibles bajo ninguna otra fórmula (una anexión imperial, una unión nacionalista o estrictamente mercantil por ejemplo). El Federalismo Europeo no pretende ningún tipo de estandarización cultural, sino el refuerzo de cada una de los Estados (con sus respectivas culturas y economías) que forman parte de Europa en un marco de cooperación. La Historia enseña que son las relaciones de competencia y rivalidad las principales causantes del Imperialismo y sus consiguientes guerras, no las de solidaridad y cooperación. En el mundo de hoy, la diversidad es un hecho, no una opción. De nosotros depende sacar partido de ella en un marco común europeo, o por el contrario demonizarla al aplicar ideologías del pasado para acabar encerrándonos en unas fronteras que siempre han mutado con el transcurso del tiempo.

Mito: «La Unión Europea es ultraliberal».

Realidad: Crítica compartida por ambos extremos del espectro político que defienden la totalidad de la planificación económica a manos del Estado. Conviene preguntarse qué entendemos por liberalismo. Si se refiere al marco de las libertades individuales, como la de expresión o circulación, la UE (en su conjunto, y varios de sus estados por separado) encabeza el ranking mundial. Si lo entendemos a nivel económico, bien es cierto que se establece una mayor libertad de mercado entre los Estados miembros, mas también existe un cierto proteccionismo con respecto a los mercados exteriores a la Unión. La finalidad de combinar ambas políticas no es otra que el desarrollo de la economía de cada Estado miembro. Por otra parte, la protección social, así como el gasto en Sanidad, Educación y Cultura, suele ser mucho mayor en los Estados de la UE (tanto en cantidad como en procentaje del PIB) que en el resto del mundo. La Unión Europea no es el paraíso anarcocapitalista del libre mercado con el que sueñan los teóricos del Libertarismo, una corriente que, dicho sea de paso, no es muy popular fuera del mundo anglosajón, tampoco en la Europa continental. Las recientes elecciones han puesto de manifiesto la diversidad de corrientes ideológicas, tanto en política como en economía, que existen en Europa (de hecho, en el Parlamento Europeo hay 7 grupos parlamentarios distintos, una pluralidad que no se da en la mayoría de sus miembros por separado). Asociar un conjunto de instituciones a una sola corriente de pensamiento o ideología, más aún en un marco de democracia, es un error que cualquier persona con un juicio crítico, al margen de sus opiniones, no debería nunca permitirse.

Distintos grupos políticos que conforman el Parlamento Europeo actual.

Mito: «La Unión Europea es la nueva Unión Soviética».

Realidad: ¿Pero no habíamos quedado que era un ente ultraliberal? En cualquier caso, esta otra afirmación es igual de rebatible. Si bien es cierto que en ambos casos hablamos de instituciones supraestatales y plurinacionales, podemos encontrar diferencias respecto a sus orígenes, la relación entre sus componentes o su organización política y económica.

En primer lugar, cabe mencionar que ningún país fue obligado a unirse a la UE, todos han entrado por los beneficios que aporta, incluyendo países del área ex-soviética. Nada de esto ocurrió con los países miembros del Bloque soviético, donde fueron ocupados y forzados a entrar, sin posibilidad de salida hasta el colapso de la URSS.

La UE goza además de un equilibrio de poderes entre las instituciones, en el que el Consejo representa a los gobiernos de los países, el Parlamento a los ciudadanos y la Comisión al gobierno central. Sin un acuerdo entre los 3  no pueden salir adelante nuevas leyes o los presupuestos de la UE. En la Unión soviética Moscú ordenaba y los estados satélites debían acatar las órdenes. De todos los países comunistas europeos, solo Yugoslavia consiguió una política más autónoma con respecto a Rusia.

Y en el plano económico, la UE establece un mercado donde hay 4 libertades que garantizan la igualdad de oportunidades para todos (países, empresas y ciudadanos). En la URSS, el sistema económico interno obligaba a los países satélites a comerciar con Rusia (al margen de la citada excepción de Yugoslavia), con ventajas efectivas para el gobierno del Kremlin, además de comprarla todos los productos que esta produjese, sin oportunidad de libre competencia entre ellos para obtener bienes de mayor calidad o mejor precio.

Mito: «Europa y la UE se encuentran en clara decadencia, por lo que deben buscar en el exterior nuevos modelos de referencia «.

Realidad: Cada sistema tiene fallos, y todos podemos aprender y beneficiarnos mutuamente (anda que no le vendría bien a Occidente aprender a tratar a la naturaleza como ciertas tribus de África, América u Oceanía). Desde EEUU hasta Venezuela, pasando por Brasil, Canadá, Uruguay, Suiza o Sudáfrica, varios países se han idealizado recientemente con respecto a Europa. Mas lo cierto es que la UE, a pesar de la reciente crisis le haya golpeado fuerte, sigue encabezando el ránking del PIB nominal y el del IDH (Indice de Desarrollo Humano). En nuestro continuo afán de perfeccionamiento y mejora no debemos olvidar lo que hemos conseguido hasta ahora, pues podríamos echarlo todo a perder.

Tal vez, en lugar de compararse continuamente con el exterior, debiéramos preguntarnos qué tiene Europa que aportar al resto del mundo, y buscar también modelos de referencia internos, como las políticas de gestión cultural de Francia, el modelo federal (y a la vez racional y pragmático) del estado alemán, o la apuesta por las energías renovables de los países nórdicos. Supone una gran contradicción buscar una mayor cooperación económica y política entre Estados y ser incapaces de observar y aprender unos de otros aquello que pudiera resultar beneficioso para todos. Una mayor atención a los asuntos del continente también puede ayudarnos a cooperar para evitar que fenómenos como el racismo, el populismo, la demagogia o el antieuropeísmo se propaguen por el continente y destruyan varios siglos de cultura y civilización comunes.

Mito: «Los ciudadanos de la UE (gobernantes y gobernados) no se sienten europeos».

Realidad: Toda generalización lleva implícita una falta de respeto a las siempre respetables minorías. En cualquier caso, si nos atenemos a las encuestas, esta afirmación tampoco es cierta, al menos en España,  pues una opinión favorable a la UE y cierta conciencia común Europea siguen ganando la partida a un euroescepticismo que, a nuestro pesar, se va abriendo paso.

Bien es cierto que el europeísmo varía entre países (no en todos hay un UKIP o un FN que gocen de un respaldo considerable) pero sobre todo entre generaciones; los jóvenes que han tenido la suerte de vivir en un continente más estable y sin guerras, así como de poder viajar y moverse sin restricciones y que gracias a ello suelen hablar varios idiomas, están mucho más «europeízados» que sus padres y abuelos.

Y además, por mucho que los distintos tipos de nacionalistas se empeñen en defender lo contrario, en el tema de las identidades no hay por qué elegir solo una. Y nuestras vivencias pueden cambiarla, o mejor dicho, ampliarla. Una persona seguramente esté influida, pero nunca estará determinada, por el lugar en el que le ha tocado nacer o por la lengua que le enseñaron sus padres. Tan cierto como que uno tiene derecho a cambiar su lugar de residencia o a aprender varios idiomas a lo largo de su vida. Estos pilares, el aprendizaje y la movilidad sin fronteras, no son otra cosa que 2 de los principios fundamentales del Federalismo Europeo.

Mito: «Europa es aburrida».

Realidad: De entre todas las frases analizadas, esta es sin duda el mayor disparate. Una cosa es la información que se encuentra en los principales medios, que básicamente trata de las cumbres y reuniones de señores con chaqueta y corbata en las que no se sabe muy bien de qué hablan,  y otra muy distinta es la vida en Europa. En cuánto a ocio y calidad de vida, Europa es referente mundial, gracias a sus derechos y libertades garantizados en cada uno de sus estados miembros  (sanidad, educación, libertad de prensa y expresión, vacaciones pagadas…) pero también a la mentalidad, que en el exterior se percibe como «no tan focalizada en el trabajo y en la seguridad, sino en vivir bien».

Por otra parte, la oferta de ocio y cultura, en líneas generales, es también abundante, y no excesivamente cara. Los festivales estivales de música (comunes en varias zonas de manera simultánea), los grandes eventos deportivos o la posibilidad de viajar con total libertad entre países (gracias a al tratado de Schegen) cada vez a un precio más económico son buena prueba de ello. Sobra mencionar el enriquecimiento personal que aporta el practicar cada una de esas actividades.

Personalmente, cuando recuerdo mis distintos viajes a lo largo y ancho de Europa y mi experiencia Erasmus, y alguien afirma sin tapujos lo «aburrido» que le resulta el viejo continente, tales palabras me producen un efecto semejante a un discurso que me intentase convencer de lo tolerantes que fueron el Ku-Klux Klan o la Inquisición. Y aceptando la verdad parcial de esta crítica, desde El Nuevo Federalista y las distintas secciones de JEF-España, seguiremos intentando mostrar a la UE y a Europa desde otra perspectiva, mucho más dinámica, divertida, plural y accesible al ciudadano. No dude en visitar nuestras nuevas secciones de la revista o en informarse de todos nuestros eventos y actividades.

UEFA-Champions League, el acontecimiento deportivo anual con más audiencia del planeta.

En cualquier caso, recordemos que los mitos corren el riesgo de volverse dogmas en el subconsciente popular, y que como bien dijo Einstein, cuesta mucho más destruir un prejuicio que el núcleo de un átomo. Acercar Europa a los ciudadanos, o por el contrario volverla un ente distante, sujeto de múltiples difamaciones, no depende sino de los que a día de hoy formamos parte de ella. Idéntico planteamiento al que se enfrentaron, medio siglo atrás, los padres fundadores de la Comunidad Económica Europea. Y aunque solo sea por el bienestar no solo de nosotros, sino de las generaciones venideras, merece la pena escoger la primera opción.

 

Putin: el cisne negro de la diplomacia europea

Por: Álvaro Ibáñez Fagoaga

La tensión en Europa del Este aumenta cada día. La guerra civil ucraniana no solo esta dejando huellas en su propio suelo, sino que continuos los batacazos diplomáticos han desdibujado la idea concebida tanto de la Europa oriental como de la comunitaria.  La Unión Europea y la Federación Rusa han comenzado a entrecruzar sanciones económicas, un panorama que en el contexto internacional resulta poco alentador.

Nadie cabía esperar hace apenas un año que la nueva estrategia diplomática abordada por Putin tras el giro de los acontecimientos acaecidos en suelo ucraniano lograría generar tal impacto en la sociedad europea. Emulando al término económico del «cisne negro», el nuevo rol diplomático tomado por Rusia está cambiando drásticamente las relaciones políticas y diplomáticas de Rusia y Europa Oriental con la Unión Europea.

Putin, haciendo alarde de un maquiavélico ingenio diplomático, ha logrado utilizar el turbulento conflicto ucraniano tanto para reforzar su presencia en Europa del Este como para volver a  su anterior política, una más que evidente postura agresiva y de confrontación. Con el pretexto de una Ucrania partida en dos, la Rusia de Putin pretende recuperar el poderío y la influencia diplomática que desde la caída del bloque soviético prácticamente no ha cesado de mermar hasta nuestros días.

Tras el golpe de estado perpetrado por los hombres del Euromaidán, Putin y todas sus delegaciones diplomáticas presionaron enormemente para que aquellas zonas que se sintiesen descontentas con el golpe se rebelasen frente a lo que consideraba un intolerable atropello. En apenas unos meses, Crimea, la emblemática región en la que turcos, rusos e incluso británicos disputaron largas y cruentas guerras, volvió una vez más a manos rusas. El sentimiento de proximidad cultural con Rusia era más que evidente, y el derrocamiento del presidente prorruso unido a la habilidad diplomática de Putin logro otorgar a Rusia de una manera pacífica lo que durante siglos de cruentas guerras apenas habían logrado mantener.

Pese a todo, el asunto no quedó resuelto tras este altercado:  otras regiones con una similar proximidad identitaria rusa en el este de Ucrania proclamaron su independencia del poder central ucraniano en lo que ellos consideraron como las «Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk » con una clara intención de imitar a la anterior región de Crimea. Pronto, las milicias prorrusas comenzaron a proliferar en todo aquel territorio, y en menos de lo que la comunidad internacional logró darse cuenta, varias de las más importantes bases militares del este ucraniano pasaron a estar del lado de estas tres repúblicas. Los tanques y el armamento pesado que poseían pasaron a engrosar parte de un «ejército popular» que contó a partir de entonces con un imponente arsenal bélico. Sin embargo, estas milicias comenzaron a ondear las antiguas banderas de la Unión Soviética, y el abierto apoyo que Rusia mostró en los inicios de la confrontación en el Este menguó de una manera súbita y palpable. Putin fue consciente de que en ningún caso podría apoyar a unas milicias abanderadas con el antiguo estandarte soviético, el negro recuerdo que aquel país dejó en el subconsciente colectivo fue enorme, y es consciente de que su intento de ascenso en el panorama internacional se vería totalmente sacrificado si se enlazase la nueva política rusa con la tradicional injerencia soviética que tanto odio despertó en el imaginario colectivo. Así pues, Putin se desentendió completamente de la ilusión de las «repúblicas autónomas» del Este de Ucrania de formar parte del Estado Ruso. Sin embargo, todo el colectivo diplomático sabe que para una resolución verdaderamente fructífera del conflicto será totalmente indispensable el contar con el apoyo y la cooperación de la federación rusa, y que a pesar de su aparente neutralidad, su colaboración será a la larga totalmente necesaria.

Las verdaderas causas del conflicto.

Pero si analizamos el conflicto desde su inicio, veremos que semejante turbación  bélica tuvo su chispa en una negación del gobierno de Victor Yanukovich a firmar un acuerdo comercial con la Unión Europea debido a que su homólogo ruso consideraba aquel tratado como una traición a la tradicional amistad comercial que caracterizaba a los 2 países del este. A partir de entonces, las amenazas de sanciones comerciales recíprocas entre la Unión Europea y Rusia comenzaron a acrecentarse a la par que las tensiones militares sufrían una escalada ya prácticamente insalvable en suelo ucranio.

Y en lo referente a la aplicación de sanciones económicas, esta política  ha terminado por revelarse muy poco fructífera para los intereses europeos. Y es que la inicial connivencia con el movimiento antigubernamental del Euromaidán ha terminado por mostrarnos la cara menos afable de la olvidada Federación Rusa. Tras las iniciales sanciones tanto por parte de la UE como de los EE.UU a diversos magnates de la industria rusa, Putin respondió con una restricción comercial de todos los productos agrícolas europeos en suelo ruso, e incluso llegó a amenazar a la Comunidad Europea con una restricción del gas ruso del que la UE mantiene una especial dependencia. La estrategia comercial y diplomática europea ha resultado escasamente fructífera debido a la aparente negación de la evidencia de que es harto preferible una situación de normalidad en el trato económico tanto con Ucrania como con la Federación Rusa  a una mejora de las relaciones comerciales con el gobierno ucranio a cambio de un claro distanciamiento económico con Rusia. Resulta desconcertante apreciar que la diplomacia europea ha parecido obviar el hecho de que la dependencia energética de la Unión con Rusia nos impide mantener una relación de hostilidad comercial de igual a igual. Aún y todo, España propuso una ampliación de los gaseoductos que tradicionalmente nutrían de gas argelino al país ibérico, y así poder ampliar el suministro a países como Francia o incluso Alemania, pero lamentablemente aquel asunto ha parecido quedarse en agua de borrajas. Algunos afirman ahora que con el mandato del español Miguel Arias Cañete como encargado de asuntos energéticos de la UE esta última vía podría otorgarle una nueva oportunidad al proyecto del gas argelino, pero aún es pronto para confirmarlo. En ocasiones como ésta se echa en falta una mayor determinación de los delegados diplomáticos europeos para atajar de una manera rápida y eficaz sus conflictos de especial importancia.

¿Hacia un nuevo modelo energético?

Así pues, el Cisne Negro que Putin encarna en estos tiempos para los intereses de la Unión Europea podría hacernos ver nuevas posibilidades para el panorama tanto político como económico. La compra de gas a un país como Argelia podría otorgarnos una mayor laxitud en las reglas del juego de los recursos energéticos.  Su poderío político y económico apenas llega a rozar al que ostenta Rusia en estos momentos, y siguiendo este razonamiento se podría afirmar que en ningún caso Argelia podría ocasionarnos las tribulaciones que la Federación Rusa está ocasionando en estos momentos a toda la Comunidad Europea.

 Por otro lado, la apuesta por una política energética orientada hacia las energías renovables generadas en territorio europeo podría rebajar de una vez por todas la dependencia energética de la que tradicionalmente jamás ha podido librarse la UE y que nos impide tener la libertad de acción que otras grandes potencias como la propia Federación Rusa, EE.UU o China ejercen sin miedo a posibles restricciones energéticas. Resulta un asunto que a primera vista podría no parecer de una importancia tan capital, pero que visto en perspectiva podría incluso afirmarse que si la Unión Europea llegara a autoabastecerse en materia de energía prácticamente no acusaría de ninguna dependencia económica de ningún tipo ni de ningún otro país.

En toda Europa se afirma que vivimos  tiempos de cambio y de transición, y que los cambios acaecidos tras estos procesos de crisis tanto económica como política conformarán la Unión Europea que nos deparará en el futuro, futuro en el que se prevé una inminente crisis de oferta energética que la Comunidad Europea debería saber solucionar con el único futuro seguro y convincente: Las energías renovables.

Herramientas para la participación de los Jóvenes en Europa: por una Ciudadanía Activa

Día: 22 de septiembre 2014.

 Lugar:

Sala Europa, Edificio de la Comisión Europea.
    ¿Eres joven universitario/a y tienes planeado una estancia en un país europeo para vivir, trabajar por cuenta propia o ajena o realizar un intercambio académico?
   ¿Quieres conocer más acerca de tus derechos y de qué servicios dispones para ejercerlos?  
 
  ¿Quieres participar de forma activa en la Unión Europea involucrándote en el debate de políticas públicas o en la denuncia de irregularidades?
     ¿Estás pensando en solicitar la residencia en Europa y no sabes cómo resolver tus dudas y problemas administrativos?
>Si has respondido afirmativamente a todas o alguna de estas preguntas, entonces la jornada que organiza Helsinki España te interesa. Durante una mañana tendrás la oportunidad de conocer las herramientas para la participación de los Jóvenes en Europa y podrás conocer:
-Servicios gratuitos de información, asesoramiento y asistencia  que ofrece la Unión Europea.
-Ejercer una profesión regulada, ayuda a la creación de PyMES, prestación de desempleo, seguridad social, reconocimiento de títulos, impuesto de la renta, comenzar como investigador en otro país europeo…
– Peticiones, quejas y denuncias ante el Defensor del Pueblo Europeo.
– Contribuir a la elaboración de las políticas públicas europeas.
La jornada es totalmente gratuita y de carácter práctico, únicamente se requiere inscripción previa.
¿Estás interesado/a?

Haz click en:  Formulario de inscripción

¿Independencia Sí?¿Independencia No? Todos somos Escocia

Autor: Artus Galiay, (Editor Jefe, The New Federalist)
artículo traducido por Juan Joaquín Hernandez Rader.

Título original: Yes or No? We are all Scottish

Escocia nunca ha estado tan cerca de abandonar el Reino Unido. Este crucial debate es un asunto relevante para todos los europeos porque está en juego es la esencia de la unidad de Europa: somos mejores y más fuertes juntos.

El ocho de septiembre, por primera vez en la campaña del referéndum escocés, una encuesta otorgó una ligera ventaja al voto del Sí (47% Sí, 45 % No, 8% indecisos).  Este hecho contrastaba con los 22 puntos de ventaja que tenía el No hace apenas dos meses, los cuales cayeron a una superioridad de 6 puntos la semana pasada, antes de que el Sí tomara finalmente la delantera. Si bien varios analistas advirtieron de que esta era solo una encuesta, y otros sondeos indican que la carrera está muy reñida, la tendencia actual es claramente favorable al Sí.

Desde el inicio de la campaña del Referéndum, las campañas del «Sí Escocia» y «Mejor Juntos» han estado debatiendo amargamente los pros y los contras de una unión que suma ya 307 años de historia. En este debate, varias figuras públicas (incluyendo a la Reina Isabel II) en el Reino Unido y en otros lugares de Europa han adoptado una posición «neutral», argumentando que este era un asunto que debía ser decidido puramente por los escoceses, y por tanto, implicando que esta discusión, de unidad política frente a desintegración, solo importaba a los escoceses. Esto es fundamentalmente erróneo: el debate escocés podría haberse celebrado exactamente en los mismos términos en Cataluña, el País Vasco, Flandes y cualquier otra parte de Europa con aspiraciones regionalistas. Este debate es particularmente engorroso dado que incluye, por un lado, aspiraciones legítimas de una mayor descentralización y autonomía (promovidas por la Unión Europea a través del principio de subsidiariedad), y por otro, reclamaciones impulsadas por el odio y el nacionalismo más desagradable.

Distinguiendo aspiraciones legítimas de nacionalismo

Algunas aspiraciones regionalistas son perfectamente legítimas y están a menudo justificadas por la necesidad de una democracia local, de forma que la gente sienta que puede tener un impacto directo en su vida cotidiana, lo cual les hace sentirse autorizados y responsables, o simplemente eficientes: si las cosas se hacen mejor a nivel local , ¿por qué tienen que llevarlas hasta la esfera nacional? Sin embargo, tales argumentos suelen ser utilizados por nacionalistas o «regionalistas» con objetivos muy distintos: obtener la independencia total de una entidad más amplia a la que pertenecen pero que odian. Esta instrumentalización de argumentos legítimos por parte de nacionalistas tiene lugar en todos los rincones de Europa y podría, si se la acepta a ciegas, conducir meramente a la desintegración de nuestro continente y del proyecto europeo.

La clave para distinguir estas dos ambiciones en apariencia similares pero en el fondo muy diferentes reside en la «exclusividad» del sentido de pertenencia de las personas. Las identidades son múltiples, sobre todo en Europa donde dos mil años de historia han producido patrones culturales y socio-económicos únicos y muy peculiares. Esta diversidad puede ser abordada de dos maneras diferentes: uno puede bien sentirse exclusivamente arraigado en una identidad específica (una ciudad, una región, un país, etcétera), o aceptar que las identidades pueden ser acumulativas y gratuitas. El proyecto europeo está obviamente construido sobre la segunda interpretación: «mi región, mi país y Europa» constituye la trinidad total de identidad en nuestro viejo continente. Cualquier discurso político que llame a la exclusividad de uno de estos tres pilares (incluyendo aquellos que piden una identidad «exclusivamente europea» anulando regiones y países) está fundamentalmente equivocado y raya en el lado del totalitarismo – dado que buscan imponer una identidad única y exclusiva a una población inherentemente diversa. El referéndum escocés es claramente parte de este tipo de iniciativa y por lo tanto no debería ser interpretado como un reclamo amable por una mayor autonomía.

La ilusión de una independencia absoluta

Una de las más importantes cuestiones en la campaña giraba en torno al hecho de si el Reino Unido aceptaría o no compartir la Libra Esterlina con una nueva Escocia independiente. Cualquier solución realista involucraría alguna forma de unión monetaria (sea con el Reino Unido o con la Eurozona): en tal escenario, ¿cómo pueden los nacionalistas siquiera empezar a creer que pueden alcanzar un mejor acuerdo que el que tienen actualmente por medio de la independencia? Solo se pregunte a los griegos, irlandeses, portugueses, chipriotas y españoles cuánto se siente la «independencia» dentro de una unión monetaria. La crisis del Euro ha demostrado cuán insostenible resulta una unión monetaria sin una unión política…¡que es exactamente lo que los escoceses y el Reino Unido tienen ahora! Como ha señalado recientemente Mark Carney (Gobernador del Banco de Inglaterra), «una unión monetaria es incompatible con la soberanía». Una Escocia independiente que use la Libra Esterlina perdería – no ganaría – autonomía respecto a Londres. En un mundo globalizado, la única manera de preservar la soberanía es compartirla, y la situación vigente de Escocia es mejor que cualquier trato que pudiera conseguir mediante la independencia.

¿Pro-Europa? ¿Realmente?

Uno de los razonamientos de Alex Salmond (líder de la campaña independentista) es el siguiente: queremos salir del Reino Unido porque queremos estar en la Unión Europea, comunidad política que el Reino Unido abandonaría en 2017. Esta explosión de eurofilia parecía bastante extraña viniendo de un nacionalista. En efecto, si los nacionalistas dicen que son tan «diferentes culturalmente» del resto del Reino Unido que necesitan independencia, entonces ¿cómo diablos piensan manejar la diversidad con los franceses, españoles, italianos, polacos, estonios, griegos y todas las demás naciones europeas dentro de la Unión Europea? Europa es unidad y diversidad, en todo nivel: uno no puede aplicar este lema a nivel europeo pero ignorarlo a nivel nacional. El Primer Ministro Británico, David Cameron, está también encontrándose a sí mismo en la incómoda posición de estar en los dos lados del debate al mismo tiempo: promoviendo todos los beneficios de la Unidad en la Diversidad, un mercado único y cooperación política en la esfera británica, y a la vez, defendiendo justo lo contrario en el plano europeo.Además, una secesión escocesa del Reino Unido podría bien producir «efectos mariposa» como la desintegración europea: un Reino Unido reducido estaría más dominado por el partido Conservador, y en consecuencia, sería más proclive a abandonar la Unión Europea, otras regiones (empezando por Cataluña) incrementarían la presión en pos de la independencia, mientras que todos los demás movimientos nacionalistas (a nivel regional o nacional) procurarían captar la ola de la desintegración. Y todos sabemos donde puede terminar Europa si está desintegrada.

Por consiguiente, queridos amigos escoceses, el 18 de septiembre de 2014, digan No al Nacionalismo, y Sí a la Unidad: ¡siempre somos mejores y más fuertes juntos!

Manifiesto: ¡Porque una Europa federal es necesaria!

autor: Alexandre Marin.

 

El federalismo europeo no es sólo un sueño de algunos pensadores humanistas. No es sólo un plan para hacer de este continente un espacio sin guerra. También es un proyecto con el objetivo de responder a los desafíos actuales. Si desde 2008 la crisis económica ha golpeado duramente al euro es porque siguen faltando en la construcción europea las bases que permitan una nueva estabilidad en el seno de la Unión. La Unión Europea no ha encontrado los medios para ejercer influencia entre la ciudadanía ni la comunidad internacional. El proyecto federalista se encuentra frente a un triple desafío económico, político, y diplomático. Necesitamos una Europa federal porque es el proyecto el más adecuado para responder a los desafíos de hoy en día.

Frente a la crisis, una federalización de la zona euro

Una federalización más avanzada de la unión monetaria permitiría a cada Estado luchar contra la crisis eficazmente. Los Estados de la zona Euro deben “darse la mano” porque dieciocho Estados reunidos (el total de la zona euro) son más fuertes que dieciocho Estados competidores. En resumen, una Europa económica federada es necesaria al ser garantía de estabilidad y de cohesión.

Desde un punto de vista más práctico, el federalismo europeo quiere promover tres aspectos.

  1. Solidaridad económica completa de los Estados. Solidaridad que sólo es posible si aceptamos que los presupuestos nacionales estén sujetos y sean explicados con trnsparencia en el marco de la Unión Europea. Al racionalizar los presupuestos de los Estados miembros, estos deberían recibir la certeza absoluta de ser apoyados sistemáticamente por unanimidad en caso de crisis económica, medida que permitiría a estados como Grecia o a España salir de la recesión en la que se encuentran.
  2. Armonización fiscal, imprescindible para poner fin a la competencia fiscal que bloquea la Unión y que ha alentado los Estados a reducir poco a poco los impuestos sobre las sociedades y los impuestos sobre las masas patrimoniales más importantes. Tal competencia fiscal ha incrementado los déficits públicos de los Estados miembros e indirectamente ha agravado la crisis económica, que es también una crisis del endeudamiento público. El proyecto federalista busca una legislación común a nivel europeo sobre tasas de imposiciones mínimas, evitando así todos los vicios de la competencia fiscal intra-europea.
  3. Renacimiento a través de la inversión, que, asociada a medidas económicas en coste de funcionamiento permitiría combinar las dos aspectos esenciales en toda economía saludable: creación de empleo e inversiones duraderas en los Estados europeos menos avanzados.

Frente a los nuevos desafíos internacionales, una unión política más fuerte

Se ha criticado mucho a los federalistas por ser maximalistas, es decir, pretender que una federación real funcionase tan bien como algunos Estados federales que tienen más de doscientos años de existencia. Quienes realizan dicha crítica no hacen ninguna distinción entre el proyecto de largo plazo de los federalistas, que es la federación, y las medidas progresivas propuestas por los federalistas a corto plazo desde la lógica y el sentido común(muchas de las cuales han sido adoptadas luego por todo tipo de partidos políticos).

En el ámbito internacional, queda claro que en la Unión Europea no sólo falta la cohesión, sino también la claridad. Además de los problemas institucionales que bloquean toda acción diplomática europea, los diferentes Estados miembros no parecen tomar conciencia de respectiva inoperancia. Si los estados europeos han podido enorgullecerse de ser los líderes del mundo en el siglo XIX, a día de hoy no son más que potencias nivel medio.

Europa ha de tener, en el ámbito internacional, una voz amplia, un poder diplomático real. En este sentido, una Europa federal resultaría conveniente para responder a esta voluntad de unidad y de peso diplomático, sobre todo cuando percibimos como nuestro continente va progresivamente quedándose relegado en las relaciones internacionales, a la par que el centro de gravedad diplomático se desplaza hacia Asia.

Frente a los desafíos del siglo XXI, un continente europeo con una sola voz será siempre más fuerte que veintiocho Estados vacilantes y dubidativos. Europa ya demostró su ineficacia durante la guerra de ex-Yugoslavia o en 2003, frente a la invasión de Irak, pues no consiguió hablar con una única voz ni transmitir un solo mensaje, tal como hicieron los Estados Unidos con sus respectivos aliados.

Los desafíos ecológicos y energéticos del futuro también requieren una respuesta común europea. La importante subida de los precios del petróleo y del gas y la necesaria transición ecológica conducirán a grandes cambios para la ciudadanía europea. El sistema europeo actual de toma de decisión impide actuar con eficiencia, mientras que en una Europa federal tanto la toma de decisiones como su posterior puesta en práctica se llevarían a cabo de una manera mucho más ágil.

Todas estas reformas no serían posibles de otra forma que abogando por una mayor democratización de Europa.

Frente a los nacionalismos que vuelven a resurgir, necesitamos una Europa más democrática

Hay ámbitos en los que la UE realizó un trabajo ejemplar, como por ejemplo con la creación del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, o en la defensa de los derechos del consumidor. En ambos casos la Unión Europea manifestó una gran atención hacia sus ciudadanos. A pesar de estos éxitos recientes, la institución aún padece una evidente falta de legitimidad. Asistimos en este momento, como suele suceder durante las crisis económicas, a una simplificación y a una bipolarización del espacio político europeo. En la mayor parte de los Estados se crea una división que está poco a poco reemplazando la oposición tradicional entre izquierda y derecha. La nueva escisión que ya es visible en Hungría o Grecia en menor medida, reorientará en los próximos años el debate político en torno a la cuestión europea: los partidos tradicionalmente europeístas se enfrentarán a una nueva derecha nacionalista.

Una Europa federal es ante todo una Europa que pone los ciudadanos en el centro de su construcción. Hoy en día, las decisiones son tomadas en cumbres europeas donde se despliegan negociaciones opacas entre jefes de Estado y de gobierno dónde a los ciudadanos europeos no les queda otra que adaptarse a las decisiones de los políticos nacionales. El parlamento europeo es violado y los ministros se apropian la legitimidad popular. El establecimiento de una Europa federal va hacia una mejora de la participación de los ciudadanos a la política europea, y a una defensa más eficaz de estos mismos ciudadanos. Para ello resulta obvio que las instituciones han de ser reformadas, para lograr de este modo:

– una mayor participación de los ciudadanos, a través de un Parlamento Europeo con mayores prerrogativas, sobre todo para el voto del presupuesto europeo y de la iniciativa legislativa. Tal medida pasa por una valoración del presupuesto de la Unión (hoy en día, el 1% del PIB europeo); para que la gente tenga más interés en las instituciones que utilizan su dinero.

  •   La elección de un presidente de la Unión europea por sufragio universal.
  •   Una repartición clara de las competencias entre el nivel federal y los Estados federados, respetando el principio subsidiariedad.
  •    La transformación del Consejo Europeo en una corte representativa de los Estados con los mismos poderes que el Parlamento.

Así, en los ámbitos social y político, el desafío del federalismo es ante todo la lucha contra el nacionalismo, el primer enemigo de la Unión. ¿Acaso existe alguna otra medida para debilitar estos partidos, por esencia contestatarios, que democratizar la Unión? Personalmente, ni se me ocurre ni la deseo.

¡Unámonos por una Europa más federal y más democrática!