La isla que volvió del frío

9 diciembre, 2014
Por

De Alistair Spearing

Groenlandia se retiró de la Comunidad Económica Europea en febrero de 1985. Ahora, casi treinta años más tarde, los desafíos del siglo XXI empujan de nuevo la gélida isla hacia los brazos de Europa.

Groenlandia

Pronto se cumplirán 30 años desde que Groenlandia apostó por abandonar la Comunidad Económica Europea. La campaña del referéndum, dominada por un intenso debate sobre cuotas pesqueras, se saldó con una mayoría de 53% a 47% a favor de retirarse de la Comunidad. Desde entonces, la isla ha ido siguiendo su propio camino en la cima del mundo.

A los euroescépticos les encanta recordar este episodio de la historia europea porque creen que demuestra que un país puede salir de la Unión Europea sin sufrir un descenso muy pronunciado del nivel de vida. En realidad, el único motivo por el que esto es posible es un enorme subsidio de Copenhague, que representa aproximadamente la mitad del gasto público de Groenlandia. Huelga decir que, si el Reino Unido u otro estado miembro abandonara la Unión Europea, no contaría con tan generosa ayuda.

Aun así, gobernar siempre es más fácil cuando se reciben 457 millones de euros al año. A principios de 2013, el entonces premier ministro de Groenlandia, Kuupik Kleist, todavía se felicitaba de lo «buena» que era la vida fuera de la Unión. Según Kleist, el factor clave era que Groenlandia había logrado mantener su acceso al mercado europeo para exportaciones de pescado. Cuando se le preguntó por las demás exportaciones, respondió risueño: «Lo único que exportamos es pescado». Hasta hace poco, tenía toda la razón del mundo: los productos pesqueros han representado tradicionalmente alrededor del 90% de las exportaciones groenlandesas. Sin embargo, el paisaje está cambiando debido a un seísmo económico que está realineando la actividad del país.

Las temperaturas en el Ártico están subiendo lenta pero constantemente a medida que aumenta la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera. Los yacimientos minerales del Ártico, antes considerada una región demasiado inhóspita como para explotarlos, se están volviendo cada día más accesibles. Se trata de un verdadero botín de recursos, desde las tierras raras con las que se fabrican pantallas de ordenador y turbinas eólicas hasta el uranio que alimenta centrales nucleares, pasando por el cerio, el itrio y otros minerales de gran valor económico. Se estima que la isla contiene una décima parte de las reservas mundiales de tierras raras. Y todo esto sin contar los depósitos de rubíes, oro y diamantes o las probablemente cuantiosas reservas de petróleo y gas natural.

Aun así, los groenlandeses se muestran temerosos de los problemas que este boom pueda ocasionar: ¿se protegerá el medio ambiente cómo es debido? ¿Cambiará el estilo de vida del país cuando venga toda esta gente del exterior? ¿Se asegurará el gobierno de que los beneficios de la minería recaigan en toda la comunidad, no solo en las empresas explotadoras? ¿Cambiará Groenlandia su dependencia de Dinamarca por dependencia de las grandes multinacionales mineras? Estos temores son particularmente comprensibles si se tiene en cuenta que Groenlandia es un país de tan solo 57.000 habitantes que carece de los recursos humanos, financieros, técnicos y políticos para administrar la explotación de tan suculentos recursos minerales sin ayuda exterior.

La necesidad de tener un aliado con los medios, los conocimientos y la experiencia necesaria para aprovechar estos recursos de modo apropiado es tan evidente que incluso ha dominado la campaña interna de Siumut, que es el partido más votado de Groenlandia… y hace 30 años estaba luchando con uñas y dientes para salir de la Unión. No es de extrañar este debate interno en Siumut, ya que al fin y al cabo es un reflejo del debate público que ha dominado las dos últimas campañas electorales en la isla y finiquitó el gobierno de Kleist hace un par de años.

Damien Degeorges, investigador de la Universidad de Groenlandia, está convencido de que la generación nacida después de 1985 será más pragmática que sus predecesoras, por lo que no tendrá miedo de estrechar lazos con la Unión Europea si es necesario para proteger sus intereses estratégicos.

Una mayor integración de Groenlandia con la Unión Europea sería beneficiosa para ambas partes. Groenlandia tendría a su disposición todo el savoir-faire de Europa para construir y gestionar las minas, asesoramiento regulatorio y, por supuesto, la ingente cantidad de capital necesario para desarrollar el sector. La Unión, por su lado, necesita una ventana al Ártico, uno de los escenarios donde se decidirá la política del siglo XXI, especialmente desde que el Consejo Ártico rechazara su solicitud de convertirse en observador de pleno derecho de la organización.

Bajo el hielo y las rocas de Groenlandia yacen numerosas oportunidades y amenazas: si predominan estas o aquellas dependerá de los próximos pasos, que deben ser objeto de un debate democrático, exhaustivo y que implique a todos los estamentos de la sociedad groenlandesa. Lo que es seguro es que, en una partida con tanto en juego, el gobierno no puede permitirse el lujo de jugar sin todas las cartas que tiene en mano. Y sobre todo, no debe tener miedo de usar su as en la manga: el retorno de Groenlandia a la Unión Europea.

Tags:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Archivo de noticias